quinta-feira, 9 de julho de 2026

El agronegocio brasileño busca revancha

 

Los esfuerzos del gobierno de Lula para combatir la tala ilegal redujeron la deforestación en la Amazonia a la mitad. Ahora, una serie de proyectos de ley impulsados por el lobby del agronegocio brasileño busca revancha. (Nelson Almeida / AFP vía Getty Images)


Traducción: Natalia López

El lobby del agronegocio en Brasil avanza con una serie de proyectos de ley de impacto fulminante. El más trascendental haría que la deforestación de la Amazonia —drásticamente reducida bajo el gobierno de Lula— sea prácticamente imposible de monitorear y sancionar.


No se puede subestimar la centralidad de la agricultura para el capital mundial. En la década previa a 2025, el valor de las exportaciones agrícolas globales aumentó un 34%, alcanzando casi los 2,3 billones de dólares; así, superó a las materias primas metálicas y minerales, ubicándose solo por detrás de los combustibles fósiles. Este gigantesco motor material de producción es apenas la cara tangible del agronegocio, que controla cada vez más enormes circuitos de capital financiero especulativo. Además, la floreciente economía verde le ha dado aún mayor trascendencia a la agricultura a gran escala. Si se tiene en cuenta que los sistemas agroalimentarios generan un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por el ser humano, el agrocapital tiene un impacto desmesurado en el rumbo de la transición climática global.

No sorprende, entonces, que en los países que dependen de las materias primas —que según la ONU representan cerca del 80% de las economías en desarrollo— el agrocapital goce de un poder político y fiscal considerable. Brasil es uno de esos casos. Los productos agrícolas representan el 43% de sus exportaciones, con la soja, la carne vacuna y el café a la cabeza de un coloso comercial de 169.000 millones de dólares. Esta riqueza, además, está ferozmente concentrada: apenas el 10% de los propietarios controla el 73% de la superficie rural de Brasil, mientras que el 50% de las fincas más pequeñas se amontona en apenas el 2% del territorio. Este control desigual de los recursos productivos del país sostiene el eterno dominio de las clases terratenientes sobre el Estado.

En consecuencia, el agronegocio brasileño mueve el lobby más grande y poderoso dentro de un mapa político dominado por intereses corporativos consolidados. La Frente Parlamentar da Agropecuária (FPA), que cuenta con 342 miembros entre ambas cámaras del Congreso, es solo la punta de lanza de un entramado nacional que defiende los intereses de los terratenientes y las corporaciones agrícolas, sin importar qué partido esté en el gobierno. Es la llamada bancada ruralista.

Este mes de mayo, el lobby se movió con una velocidad pasmosa para hacer avanzar un paquete de proyectos de ley que le meten motosierra a las protecciones ambientales y sociales de Brasil. Se trató de un ataque coordinado contra los cimientos de las frágiles victorias ambientales del presidente de izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva; una verdadera campaña legislativa de impacto fulminante. Los proyectos se votaron sobre tablas mediante un trámite exprés, sin pasar por el filtro de las comisiones. Hubo normas que se rechazaron y terminaron resucitadas para volver a votarse horas después. Los proyectos, los tiempos, los espectadores en el recinto: todo estuvo fríamente calculado para lograr el máximo efecto.

Lo que el periodismo ya bautizó como la «Semana del Agro» no es un hecho consumado. Los proyectos todavía deben pasar por el Senado antes de convertirse en ley, y queda la posibilidad de que Lula aplique el veto presidencial. Sin embargo, más allá del resultado final, lo que está en juego nunca estuvo tan claro: ¿para qué sirve la naturaleza y quién puede disfrutar de sus frutos?

Los proyectos de ley

La magnitud de la ofensiva legal del agrolobby se puede ver en el contenido de las reformas propuestas. Entre ellas figuran proyectos para recortar medio millón de hectáreas de la reserva ecológica de Jamanxim, en la Amazonia; otorgar al Ministerio de Agricultura el control sobre qué animales entran en la lista de especies en peligro de extinción; quitar las protecciones al 40% de las zonas boscosas en el estado de Pará y a las áreas de vegetación nativa no boscosa en todo el país; restringir la capacidad del gobierno para monitorear los riesgos delictivos en el financiamiento rural; y, lo más grave, debilitar al Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables (IBAMA) —el organismo de control ambiental del país— entorpeciendo su capacidad para combatir la deforestación ilegal mediante imágenes satelitales.

Si a esto le sumamos que el Tribunal Supremo dio luz verde a las obras de una línea ferroviaria que atravesará territorio indígena, y los intentos constantes del lobby por usar fondos sociales y rentas petroleras para reestructurar las deudas de los productores, se empieza a notar la magnitud de esta tormenta de reacción agrícola.

Aun así, es llamativo lo poco que se construye con esta ráfaga de proyectos. El motor de fondo es la pura venganza: deshacer lo que el sector percibe como un atropello a su libertad de producir y expandirse sin límites.

Tomemos como ejemplo la decisión de la Cámara de Diputados del 21 de mayo de otorgar al Ministerio de Agricultura el control casi total sobre la lista de especies exóticas invasoras y en peligro de extinción, un poder que le quitaron al Ministerio de Medio Ambiente. Esto fue un castigo directo a este último ministerio por haber clasificado a la tilapia —un pez común de criadero— como especie invasora, una medida que, según aclaró el propio organismo, ni siquiera restringía su cultivo. La sola idea de que el Estado avanzara sobre la producción de tilapia desató un pánico moral entre los productores de carne. «Es absurdo, es vergonzoso», gritó el presidente de la FPA. Bajo la presión del lobby, el Ministerio de Medio Ambiente suspendió en diciembre toda su lista de especies protegidas: las 444 que la integraban. El proyecto de ley del mes pasado se llevó al Congreso para garantizar que un susto así no se repita.

La venganza también impulsó la que amenaza con ser la ley más trascendental aprobada este mes: el desmantelamiento operativo del IBAMA. Esta agencia ha sido la herramienta principal del éxito del tercer gobierno de Lula para frenar la deforestación de la Amazonia desde 2022. Bajo una gestión reforzada, la deforestación cayó un 50% en los últimos tres años, y los megaoperativos contra los madereros ilegales derivaron en multas y decomisos de madera clandestina sin precedentes.

Estas victorias se apoyan en dos pilares que hoy están bajo amenaza directa. El primero es el uso de imágenes satelitales por parte del IBAMA para monitorear la deforestación a distancia, sin necesidad de que los inspectores se expongan físicamente en zonas rurales aisladas y muchas veces hostiles. El segundo es la capacidad del IBAMA para aplicar embargos preventivos a las propiedades investigadas por delitos ambientales, bloqueando su acceso a los mercados y al crédito, una medida considerada clave para combatir a un sector delictivo que se mueve rápido y a escondidas. El lobby agropecuario insiste en que ambas facultades exponen a los productores a un riesgo injusto de sanción. El sector se encargó de difundir historias de terror sobre agricultores indefensos que supuestamente podaban sus árboles de caqui y terminaban señalados por satélite como destructores del bosque, una estrategia para pintar al lobby como el defensor del pequeño productor acosado por tecnócratas distantes y sin rostro.

En la realidad, los motivos son bastante menos nobles. Con esta ley, el lobby del agronegocio busca directamente dinamitar una piedra angular de la protección ambiental en Brasil. Limitar las tareas del IBAMA a las inspecciones presenciales equivale, como señaló un funcionario, a querer controlar las infracciones de tránsito con policías escondidos detrás de los arbustos. Y respecto a la propuesta de avisar a los propietarios antes de que el IBAMA aplique bloqueos preventivos para evitar que su soja o madera potencialmente ilegales lleguen al mercado… bueno, por algo a los delincuentes no se les avisa con amabilidad que la justicia está en camino.

De aprobarse, esta ley podría bloquear cerca del 70% de las actividades de monitoreo del IBAMA. La destrucción de la Amazonia, que ya está avanzada, quedaría prácticamente legalizada. Brasil se tambalea, lamentó el viceministro de Medio Ambiente, João Paulo Capobianco, al borde de un «retroceso inimaginable». La semana pasada, advirtió, podría tener un «impacto en la gobernanza ambiental de Brasil de proporciones jamás vistas».

Crisis en el campo

¿Quiénes están detrás de esta oleada de leyes y cuál es su principal motivación? El sector del agronegocio en Brasil no es un bloque homogéneo, y entender las distintas divisiones en sus filas es clave para comprender los reclamos que alimentan su política. Existen brechas profundas entre los intereses y las exigencias de corporaciones multinacionales como Bunge y Amaggi, y la realidad de los pequeños y medianos productores que pueblan el corazón agrícola del país. En una posición cruzada respecto a estos grupos se encuentran los clanes oligárquicos, cuyo dominio cuasifeudal en el norte y noreste brasileño esconde, en realidad, estrechos lazos con el agrocapital financiarizado. Y por debajo de todos ellos se ubican los acaparadores de tierras (grileiros), los mineros ilegales (garimpeiros) y otros criminales extractivos que se han adosado al lobby rural para hacer avanzar su interés común: dinamitar las protecciones ambientales y expandir la frontera extractiva de la Amazonia.

De este modo, los integrantes de la bancada ruralista pueden ubicarse en varios ejes según el tamaño de sus propiedades, su nivel de integración en los mercados mundiales y la legalidad de sus actividades. Lo que unifica a este grupo, a menudo dispar, «de un simple conjunto de intereses sectoriales en un movimiento cada vez más asertivo que compite por la hegemonía en el escenario nacional», como señala Fernando Rugitsky, es un resentimiento compartido hacia el modelo de gobernanza ambiental del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, sumado a la habilidad de la familia Bolsonaro para capitalizar ese descontento y disputar el poder al más alto nivel.

Este «agrobolsonarismo» es el motor de la ofensiva legal del mes pasado. Aunque está defendido por los oligarcas y los grandes terratenientes que llenan las filas de la FPA en el Congreso, la fuerza de empuje del movimiento reside en los pequeños y medianos agricultores. Sus quejas no dejan de tener cierto fundamento: atrapados incómodamente entre los dos pilares del lulismo —los colosos de las materias primas y los trabajadores empobrecidos—, los propietarios de menor escala luchan por mantenerse a flote. Este resultó ser un territorio fértil para el populismo reaccionario de Jair Bolsonaro, que combinó su celebración del emprendedor autónomo con el repertorio conservador de siempre: más armas, menos regulaciones y un desprecio generalizado hacia los sectores populares. Movilizados por la victoria de Bolsonaro en su momento, estos productores frustrados han demostrado ser plenamente capaces de hacer valer sus intereses incluso después de que él fuera desplazado del poder.

Los años transcurridos desde la elección de Lula no han hecho más que acentuar la sensación de crisis en el sector agrícola. A finales de 2025, un 8,2% de las explotaciones agrícolas cayó en cesación de pagos, con tasas de insolvencia que aumentan trimestre a trimestre desde hace dos años consecutivos. Bajo una tormenta perfecta de aranceles estadounidenses, costos de insumos en alza y una seguidilla de desastres climáticos espantosos, muchos productores tendrán suerte si logran salir hechos tras la cosecha de este año. Esta crisis de rentabilidad es el contexto inmediato de la ofensiva legislativa de la FPA.

El sector agrícola brasileño siempre ha visto la protección del medio ambiente como una carga: árboles protegidos a expensas del productor. Al destruir las defensas ecológicas, la bancada ruralista busca eliminar cualquier obstáculo al alcance y la intensidad de la producción agrícola. La satisfacción moral de derrotar al ala ecologista de la izquierda brasileña es, para ellos, un simple beneficio colateral.

El agrolobby también ha presionado para obtener un rescate financiero directo por parte del Estado. La respuesta favorita de la bancada ruralista ante la crisis de deuda no solo implica aumentar drásticamente los subsidios estatales para los productores, sino financiar este alivio financiero con fondos sociales y con las rentas petroleras que se han disparado durante la guerra de Irán. Es un recordatorio brutal de la constante interacción entre la destrucción del planeta y el sometimiento de sus sectores más vulnerables.

Todo esto conforma una respuesta perversa a la COP30, celebrada hace apenas ocho meses en Belém —la capital del estado amazónico de Pará— bajo el mandato del entonces gobernador Helder Barbalho. En una escena de teatro político surrealista, un orgulloso Barbalho observaba cómo el Congreso votaba para diezmar los ecosistemas de su propio estado y avalar el acaparamiento de tierras a gran escala. Puede que Brasil esté dando pasos admirables para ecologizar su matriz energética, pero este fracaso estrepitoso a la hora de proteger sus bosques frente a las topadoras y las motosierras deja un sabor amargo ante las declaraciones del país como «líder climático».

Es cierto que existe un sector creciente del agronegocio que busca subirse a la ola de la transición verde. Las multinacionales se alarmaron ante la decisión de la Unión Europea de prohibir las importaciones de carne brasileña, y las cadenas de suministro manchadas por abusos laborales y destrucción ecológica parecen, cada vez más, un pasivo financiero y un problema de relaciones públicas. Para estos terratenientes «conscientes», el ataque del mes pasado contra las protecciones ambientales es simplemente arcaico. Quienes están dispuestos a cumplir de palabra con la transición climática no tienen por qué renunciar a jugosas ganancias: los bonos de carbono, los bonos verdes y los créditos de biodiversidad ofrecen nuevas formas de extraer valor de la tierra con una fracción del riesgo reputacional. Por ahora, sin embargo, estas estrategias reflejan la postura de una pequeña minoría. El monocultivo a gran escala para la exportación —el modo de producción impuesto por los portugueses— sigue siendo la norma para el campo brasileño. El azúcar le cedió el lugar a la soja, pero muy poco ha cambiado en el fondo.

Un océano de soja

Lula no se ha quedado sin cartas para jugar. El sector del agronegocio sigue dependiendo enormemente del Estado. Sin sus créditos y subsidios, sin sus tasas de interés generosas y la infraestructura financiada con fondos públicos —paradojalmente, el tipo de intervencionismo estatal que sus referentes de derecha dicen aborrecer—, el sector no podría sobrevivir. Sin embargo, a su vez, el lulismo depende de los sectores agrícola y extractivo, ya que necesita sus rentas y divisas para aceitar el modelo de desarrollismo redistributivo propio del PT. Con la perspectiva de una elección reñida en octubre contra Flávio Bolsonaro, Lula difícilmente se encuentra en condiciones de enfrentar de manera directa al lobby más fuerte del Congreso.

De hecho, el apaciguamiento —y no la resistencia— ha definido la relación de Lula con el agronegocio a lo largo de sus doce años en el poder. Lula ha puesto las arcas del Estado a su disposición; los productores, a cambio, han tolerado a regañadientes sus políticas sociales. Este matrimonio por conveniencia —un ascenso social de base financiado por el sector económico más regresivo— es la contradicción insalvable en el corazón del lulismo.

Por lo tanto, la respuesta del Partido de los Trabajadores ante la aplanadora legislativa del mes pasado ha sido, hasta ahora, innegablemente débil. Aquí y allá, la bancada ambientalista logró suavizar alguna redacción, meter algún vacío legal o señalar con el dedo en señal de desaprobación, evidenciando cada vez más que fueron a una guerra con pistolas de agua. Lula todavía podría recurrir al veto si algún proyecto prospera en el Senado, tal como hizo cuando la llamada «Ley de Devastación» se aprobó en julio pasado. Pero esto también parece una respuesta tibia: el veto presidencial puede ser revocado si la mayoría absoluta de ambas cámaras del Congreso vota en ese sentido. Un Congreso dominado por la bancada ruralista suele tener la última palabra; a la FPA le tomó menos de cinco meses revertir cincuenta y seis de los sesenta y tres vetos de Lula a la ley antes mencionada.

Si existe un camino hacia adelante, este se encuentra en manos de los grupos que están en la primera línea de la batalla contra esta contrarrevolución agraria: los movimientos indígenas, de trabajadores sin tierra y quilombolas, que tanto han hecho para poner el saqueo del planeta en el centro de la atención mundial. El verdadero poder de estas luchas populares radica en su demostración práctica de que existen formas de vida y de producción capaces de sostener a este planeta y a sus seres vivos. Como subraya Rugitsky, este es un rumbo que supera el paradigma estéril y defensivo de la «preservación de tierras» que define el enfoque de gobernanza ambiental del PT. Solo si estos movimientos se fortalecen con una base de masas, y solo si logran recorrer la larga marcha a través de las instituciones del Estado brasileño, las futuras generaciones heredarán una tierra en la que valga la pena vivir.

La alternativa —un océano de soja, un paisaje lunar pisoteado por el ganado— es algo que apenas podemos permitirnos imaginar.

quarta-feira, 8 de julho de 2026

A guerra é tudo o que resta

 


Dmitry Orlov – 26 de junho de 2026

Prestigie a escrita de Dmitry Orlov em https://boosty.to/cluborlov

Como a diplomacia, no sentido ocidental do termo, degenerou em uma troca de insultos e no árduo processo de negociação de acordos que ninguém jamais pretende cumprir, tudo o que resta é a guerra. Ou, talvez, a forma plural — guerras — seja mais apropriada, já que há várias ocorrendo ao mesmo tempo. Em cada caso, há um campo de batalha, há ações militares em andamento (ou preparativos para elas) e há, inevitavelmente, um desfecho final. As motivações para esses conflitos variam desde a ilusão total até a conveniência política, passando por imperativos ideológicos e pelas exigências da sobrevivência nacional.

Muito já foi dito e escrito sobre a morte da diplomacia no Ocidente, mas uma troca de palavras recente é simplesmente perfeita demais para ser ignorada. Quando os russos apontaram que os americanos renegaram os acordos alcançados durante a cúpula Putin-Trump em Anchorage, no Alasca, em 15 de agosto de 2025, o secretário de Estado dos EUA, Marco Rubio, argumentou que não se tratava de acordos, mas apenas de propostas. Acontece que foram os americanos que propuseram e os russos que aceitaram as propostas. Assim, os americanos fizeram propostas com as quais eles próprios não concordavam. Qual seria o sentido de tentar chegar a um acordo de paz com pessoas assim? Não há sentido algum, e isso só nos deixa com a guerra.

Embora se pense comumente que o objetivo da guerra seja a vitória — e esse é, na maioria das vezes, o objetivo declarado de qualquer guerra, para preservar o moral das tropas e manter o apoio da população que arca com os custos —, com a mesma frequência o objetivo é a perpetuação do conflito. Um excelente exemplo desse tipo de conflito perpétuo foi a Guerra Fria. É possível argumentar que ela não foi realmente uma guerra porque nunca foi travada; também é possível argumentar que foi travada de forma mais ou menos contínua. A Guerra Fria foi travada em dezenas de guerras regionais, grandes e pequenas. Caso você precise relembrar, aqui está um breve resumo delas:

Coreia (1950–1953): Um grande confronto direto no qual as forças dos EUA e da ONU lutaram contra tropas chinesas e norte-coreanas apoiadas e reabastecidas pela URSS. Os EUA conseguiram levar essa guerra a um impasse permanente, que deixou a península coreana dividida de forma definitiva no paralelo 38, com o Norte aliado à Rússia e à China e o Sul sob ocupação permanente das tropas americanas.

Vietnã (1955–1975): Os EUA intervieram na Indochina Francesa, assumindo o lugar da França colonialista em declínio para impedir a busca vietnamita pela independência, enquanto os soviéticos apoiavam o Viet Cong e as forças militares do Vietnã do Norte em um conflito prolongado e devastador que terminou quando o regime apoiado pelos EUA no sul entrou em colapso, os americanos foram derrotados e o norte triunfou.

Afeganistão (1979–1989): A URSS interveio para apoiar um governo socialista, levando os EUA (e seus aliados) a armar, treinar e financiar os insurgentes mujahedin. As últimas tropas soviéticas deixaram o Afeganistão em 15 de fevereiro de 1989. A retirada foi realizada de acordo com os Acordos de Genebra, e o comandante do 40º Exército, o tenente-general Boris Gromov, tornou-se o último militar a cruzar a ponte fronteiriça sobre o rio Amu Darya, com bandeiras hasteadas, como pode ser visto na foto acima. O governo socialista de Mohammad Najibullah permaneceu no poder por aproximadamente três anos e dois meses após a retirada definitiva das tropas soviéticas do Afeganistão. Seu colapso foi precipitado pela retirada do apoio soviético sob o comando do secretário-geral Mikhail Gorbachev. Uma guerra civil então se alastrou até 27 de setembro de 1996, quando Cabul foi tomada pelo Talibã. Os americanos ocuparam então o Afeganistão de 7 de outubro de 2001 até 30 de agosto de 2021, em uma tentativa fracassada de expulsar o Talibã, tendo acusado falsamente o grupo de cumplicidade nos ataques terroristas de 11 de setembro de 2001.

Cuba: Os EUA e a URSS quase entraram em uma guerra nuclear durante a mal denominada Crise dos Mísseis de Cuba (1962). Na verdade, tratava-se da Crise dos Mísseis da Turquia: os EUA posicionaram mísseis nucleares na Turquia, o que ameaçava a URSS; a URSS respondeu posicionando mísseis nucleares em Cuba, o que ameaçava os EUA; no fim, cada lado retirou seus mísseis.

África: A URSS apoiou ativamente os movimentos de descolonização em todo o continente, ajudando uma série de países a alcançar a independência, incluindo Argélia, Angola, República do Congo, Egito, Guiné, Guiné-Bissau, Moçambique, Namíbia, África do Sul (onde a guerra era contra o apartheid) e Zimbábue. Após o colapso da URSS, essas relações ficaram suspensas por um tempo, mas, desde então, foram renovadas e revitalizadas. A 2ª Cúpula Rússia-África foi realizada em São Petersburgo, na Rússia, nos dias 27 e 28 de julho de 2023. A cúpula reuniu delegados de 49 dos 54 Estados-membros da União Africana, incluindo 17 chefes de Estado. A 3ª cúpula será realizada em Moscou no final de outubro de 2026.

Os movimentos de libertação nacional africanos envolveram um grande número de conflitos armados. Registros oficiais indicam um total combinado de 1.100.000 a 1.800.000 vítimas apenas nos principais conflitos anticoloniais na Argélia, Angola, Moçambique e Zimbábue. Esses foram, para evitar o uso de eufemismos como “conflito”, guerras de libertação nacional.

Bem no meio de todas essas guerras, em 1969, um popular cantor inglês chamado John Lennon cantou “All we are saying is give peace a chance!” (Tudo o que estamos dizendo é: dêem uma chance à paz!). Será que isso representa uma melhoria em relação ao “Exterminem todos os brutos!”, rabiscado no final de um panfleto pelo personagem Sr. Kurtz na novela “Coração das Trevas”, do escritor britânico de origem polonesa Joseph Conrad? Se for o caso, trata-se de um aumento na hipocrisia britânica — pedir humildemente paz àqueles que, por natureza, não a aceitariam, é um exercício fútil destinado a enganar os ingênuos. Quer consideremos massacres militares diretos ou incluamos fomes provocadas por políticas, o Império Britânico, ao longo de sua existência, “exterminou” centenas de milhões daqueles que considerava “brutos”. A definição de “brutos” muda com o tempo — atualmente, são os russos e os ucranianos —, mas a intenção de exterminá-los está profundamente enraizada no sistema operacional britânico.

Ao ouvir as notícias sobre a guerra atual, na antiga Ucrânia, frequentemente ouvimos uma série de eufemismos. O governo russo prefere usar o termo “Operação Militar Especial”. Não se trata de uma guerra, já que uma guerra precisaria ser declarada e exigiria a instauração de uma emergência nacional, a mobilização de reservistas e outras medidas impopulares e, na estimada opinião dos líderes civis e militares da Rússia, desnecessárias.

Embora o regime de Kiev e seus manipuladores ocidentais recorram cada vez mais a métodos terroristas, isso não está sendo chamado de “operação antiterrorista”. Fazer isso exigiria que o governo russo declarasse o regime de Kiev um Estado terrorista, juntamente com todos os seus apoiadores (toda a OTAN e toda a UE, e mais alguns), o que não seria muito útil para manter relações diplomáticas com todos eles, uma vez que tais relações diplomáticas são consideradas de interesse para a segurança nacional da Rússia.

Apesar dessas soluções eufemísticas, a maioria das pessoas sensatas está disposta a admitir que se trata, de fato, de uma guerra. Ela já está em seu quinto ano, o número de vítimas do lado ucraniano ultrapassou 1,2 milhão, e a principal pergunta na mente da maioria das pessoas é: quando isso vai acabar? E o problema é que pôr fim a ela não é do interesse de ninguém. De. Ninguém. Absolutamente.

Vamos enumerar as partes envolvidas na guerra na antiga Ucrânia: a Rússia, os EUA, os países europeus membros da UE e da OTAN, várias outras nações que não são hostis à Rússia e, é claro, a própria antiga Ucrânia (o regime de Kiev e a população da antiga Ucrânia). Cada uma dessas partes envolvidas não tem interesse em um fim rápido para a guerra na antiga Ucrânia, cada uma por suas próprias razões.

O objetivo final da Rússia em relação à antiga Ucrânia é torná-la inofensiva sem sobrecarregar-se indevidamente e sem sofrer muitas baixas. O que precipitou o conflito pode ser resumido a dois fatores principais. Havia a ameaça das tropas da OTAN estacionadas em solo ucraniano, bem na rota de invasão em direção a Moscou seguida tanto por Napoleão quanto por Hitler.

Houve também o genocídio incipiente perpetrado por Kiev contra a população russa nas antigas províncias orientais da Ucrânia, Donetsk e Lugansk, que serviu de gatilho para o lançamento da Operação Militar Especial da Rússia em fevereiro de 2022, como uma missão de R2P (Responsabilidade de Proteger). O aumento dramático dos bombardeios contra Donetsk pelos ucranianos em fevereiro de 2022 forneceu ampla justificativa para isso.

A necessidade imperativa de salvar vidas russas em Donetsk e Lugansk coincidiu com o objetivo secundário da Rússia, que era salvar os numerosos russos que ainda viviam nos territórios controlados pelo regime de Kiev. Assim, bombardear indiscriminadamente cidades ucranianas, como os americanos, os britânicos ou outras forças da OTAN teriam feito (e, de fato, já fizeram em circunstâncias semelhantes), não é algo que o governo russo jamais consideraria fazer.

Muito pelo contrário: aos russos que ainda vivem em territórios controlados por Kiev é oferecida a entrada sem visto na Federação Russa e um caminho para a cidadania russa e a integração na sociedade russa. Como todos os ucranianos falam russo — sendo essa a primeira língua da grande maioria deles —, eles se reintegram facilmente.

Se a guerra fosse terminar, isso poderia ocorrer de pelo menos três maneiras diferentes. A primeira forma, totalmente inaceitável para a Rússia em todos os níveis, seria concordar com um cessar-fogo, congelar o conflito na atual linha de separação (que atravessa o que, segundo a legislação russa, constitui território soberano russo, embora isso não vá durar muito mais tempo, dado o ritmo do avanço russo) e permitir o estacionamento de tropas da OTAN em território ainda controlado pelo regime de Kiev. Esse fim da guerra equivaleria a uma derrota.

Outra maneira pela qual a guerra poderia terminar seria por meio de uma vitória russa repentina e definitiva. As forças ucranianas seriam derrotadas e as Forças Armadas ucranianas se dissolveriam. Os EUA, a OTAN e a UE lavariam as mãos do conflito ucraniano, abandonando seus aliados ucranianos à própria sorte. A Rússia teria então, em sua fronteira, uma área caótica e ingovernável, transformada em desastre humanitário, da qual, de alguma forma, teria de resgatar as pessoas de seu terrível destino.

Os russos estão trabalhando assiduamente para libertar os pequenos trechos remanescentes do que é, constitucionalmente, território da Federação Russa nas regiões de Donetsk, Zaporozhye e Kherson (Lugansk foi completamente libertada em julho de 2022). Acabaram de libertar Konstantinovka. Restam agora apenas duas cidades importantes a serem libertadas: Kramatorsk e Slavyansk. Da mesma forma, grandes avanços estão ocorrendo no sul, em Zaporozhye em particular. Eles também estão avançando na criação de zonas-tampão nas regiões de Sumy e Kharkov para proteger as regiões russas vizinhas contra ataques. Esses são alguns dos objetivos declarados da Operação Militar Especial e estão sendo alcançados, embora de forma um pouco mais gradual do que muitas pessoas gostariam.

Enquanto isso, o regime de Kiev, com o apoio da OTAN, vem lançando uma série de ataques terroristas contra regiões russas. A Crimeia foi particularmente atingida e hoje se viu forçada a impor o estado de emergência para lidar com os danos causados pelos ataques com drones ucranianos. Outras regiões russas também foram afetadas, embora o impacto geral desses ataques seja, em geral, superestimado. Esses ataques terroristas estão sendo utilizados em uma campanha de propaganda no Ocidente que visa convencer a população de que a Ucrânia está vencendo e que, portanto, o apoio contínuo ao regime de Kiev se justifica. Aparentemente, a guerra, assim como a beleza, está nos olhos de quem vê. De que outra forma poderíamos explicar o seguinte: na última segunda-feira, em Gdańsk, na Polônia, o vice-secretário de Estado dos EUA, Jeremy Levin, declarou pomposamente que “a Ucrânia está vencendo a guerra”. Nada poderia estar mais longe da verdade!

O regime de Kiev está perdendo, mas não por falta de esforço. Seu ataque ao território russo durante a noite de 26 de junho foi o mais intenso até agora em 2026. Após analisar dados publicados pelo Ministério da Defesa russo, a agência de notícias RIA informou que os sistemas de defesa aérea russos abateram 660 drones ucranianos. Provavelmente, alguns drones conseguiram passar (nenhum sistema de defesa aérea pode ser 100% eficaz). As notícias na Rússia estão repletas de relatos sobre os danos causados por drones e seus fragmentos: algumas pessoas ficam feridas e algumas casas e prédios de apartamentos são danificados quase todos os dias. Isso é, obviamente, lamentável. Mas a guerra é assim mesmo; pessoas se ferem.

Mas, do ponto de vista do governo russo e das Forças Armadas russas, isso não é de forma alguma totalmente ruim. A Rússia desenvolveu o melhor sistema de defesa aérea do mundo, e o setor de defesa russo estará ocupado vendendo esses sistemas a clientes ansiosos em todo o mundo por muitos anos ainda. O conflito está permitindo que a Rússia acompanhe o desenvolvimento de drones e tecnologias relacionadas, incluindo o uso de sistemas de IA e comunicações via satélite no campo de batalha. E a Rússia ainda tem muitos trunfos na manga caso os ataques terroristas se tornem dolorosos demais. Em particular, a Rússia dispõe de armas capazes de neutralizar o sistema de satélites Starlink, de Elon Musk, que a IA Palantir, de Alex Karp, usa para gerar informações de alvos (o sistema demonstra um interesse perverso por escolas femininas) e que os drones, por sua vez, utilizam para navegar até esses alvos. Mas fazer isso agora privaria a Rússia do grande prazer de derrubar centenas de drones todas as noites.

Do ponto de vista do governo russo, sua guerra não é contra o regime de Kiev (que não sobreviveria mais do que algumas semanas sem o apoio constante do Ocidente), mas contra a OTAN e, cada vez mais, contra a UE. O fato de o governo ucraniano estar absorvendo — e fugindo com — quantidades fabulosas de capital ocidental é positivo para a Rússia: por que não deixar a Europa ir à falência ao alimentar o monstro ucraniano que ela mesma criou? Desse ponto de vista, quanto mais a guerra se prolongar, mais fraca a UE se tornará e menor será a ameaça que representará para a Rússia. Tendo em mente que vários líderes europeus (Merz, da Alemanha, em particular) fizeram declarações no sentido de que a Europa está se preparando para travar guerra diretamente contra a Rússia, uma maneira eficaz de enfraquecer a Europa é forçá-la a continuar apoiando o regime de Kiev.

Passando para os Estados Unidos, é improvável que um fim rápido da guerra na Ucrânia ocorra em termos aceitáveis para eles. Isso torna preferível adiar o momento em que a política de transformar a antiga Ucrânia em um país antirrusso e de desperdiçar incontáveis bilhões em busca do nobre objetivo de enfraquecer a Rússia finalmente fracasse e vá por água abaixo. Além disso, um fim prematuro dessa guerra privaria os fabricantes de armas americanos de vendas. Como as armas para o regime de Kiev estão agora sendo pagas pelos europeus, isso também privaria os EUA de uma forma valiosa de sangrar a economia europeia — um objetivo razoável para eles, já que a UE é o único grande concorrente econômico contra o qual os EUA ainda têm capacidade de competir, sendo cada vez mais deixados para trás pela China, Rússia e Índia. Por fim, muitos nos EUA ainda acalentam a esperança vã de que o conflito ucraniano enfraqueça a Rússia e a impeça de desenvolver sua economia. (Se você acredita nisso, tenho alguns milhares de sanções econômicas para lhe vender a preços de barganha.)

A UE, e em particular o trio formado por Reino Unido, França e Alemanha, gostaria que a guerra na Ucrânia continuasse pelo maior tempo possível, pois ela serve de desculpa para sua própria incompetência. O pretexto de defender a Europa contra a “agressão russa” alivia um pouco a pressão sobre eles para resolver problemas dentro de suas próprias sociedades e economias, em particular a situação desastrosa com os migrantes e os efeitos igualmente desastrosos do “New Deal Verde” sem sentido e de outras iniciativas ambientalistas quixotescas. Também é notável que a corrupção desenfreada dentro do regime de Kiev ofereça inúmeras oportunidades de propinas aos apoiadores do regime na UE. Cada carro de luxo e cada mansão suíça adquiridos por um funcionário ucraniano corrupto representam dinheiro lavado, por meio do qual fundos públicos roubados são adicionados ao tesouro particular de alguém.

Merecem destaque especial os escandinavos e os bálticos: um fim rápido da guerra na Ucrânia desvalorizaria seu principal trunfo, que é a russofobia. Eles usam sua fingida disposição de servir como baluartes contra o fantasma da “agressão russa” para atrair recursos da UE. Se essa “agressão russa” se dissolver como a névoa da manhã aos raios do sol nascente, eles terão que encarar a realidade do que realmente são: sem interesse nem para a Rússia nem para a UE.

Outras nações também estão interessadas na guerra na Ucrânia. Elas observam ansiosamente a transformação do campo de batalha moderno, que passa de um cenário dominado por blindados pesados para outro dominado por drones, mísseis e sistemas de guerra eletrônica, todos sob controle de IA. Acalma seus ânimos ver que a Rússia, sempre disposta a fornecer ao mundo inteiro modelos de exportação de suas excelentes armas, sem restrições operacionais, está acompanhando esses avanços e poderá continuar a atuar como seu fornecedor de segurança por muito tempo no futuro. Além disso, muitos países ao redor do mundo estão encantados ao ver os EUA e a OTAN humilhados no campo de batalha e querem assistir a mais algumas temporadas desse excelente espetáculo.

Não é preciso dizer que o regime de Kiev se oporia veementemente ao fim da guerra na Ucrânia, já que isso significaria seu próprio fim. O fluxo de dinheiro do Ocidente cessaria, a capacidade de manter o aparato estatal desapareceria e, com ela, o próprio Estado ucraniano. A Ucrânia se transformaria rapidamente no que já é, em muitos aspectos: um Estado falido. Obviamente, eles querem manter as hostilidades pelo maior tempo possível.

A única parte interessada cujo interesse em perpetuar a guerra na Ucrânia não pode ser determinado é o próprio povo ucraniano, por uma razão muito simples: seu único e verdadeiro interesse parece ser a morte nacional autoinfligida. Sim, o regime de Kiev se manterá de pé enquanto os fundos do Ocidente continuarem fluindo, e depois por mais um pouquinho, mas a própria Ucrânia já está demograficamente morta, com taxas de mortalidade muito altas e taxas de natalidade muito baixas. Ela está sofrendo uma hemorragia populacional contínua, cuja população agora mal chega à metade do que era na independência, em agosto de 1991. Sua infraestrutura industrial, em grande parte um resquício da era soviética e mantida apenas esporadicamente nas últimas três décadas e meia, está praticamente inoperante. Parece que o propósito dado por Deus a algumas nações é meramente servir de advertência para outras: contemplai a Ucrânia, ó nações, e chorai! É isso que acontece com países que abandonam sua história, cultura, tradição e fé e tentam atrelar seu destino ao Ocidente em declínio.

A guerra na Ucrânia continuará até que não possa mais continuar. Na melhor das hipóteses, ela simplesmente se esgotará. Os EUA se retirarão para o Hemisfério Ocidental, deixando a Eurásia sozinha para resolver seus problemas. A UE perderá a capacidade de armar e abastecer o regime de Kiev. O próprio regime de Kiev se dissolverá e a elite ucraniana se refugiará em suas mansões em países politicamente estáveis. A Rússia poderá reivindicar para si mais algumas antigas regiões ucranianas — Nikolaev e Odessa, em particular — e, em seguida, isolar o que restar da antiga Ucrânia, deixando-a degenerar no que aquele território foi desde meados do século XIV até o final do século XVIII: o Campo Selvagem. É improvável que o que restar da sociedade ucraniana produza algo além do senhorio local e de pequenas ditaduras provinciais.

Como a vitória está nos olhos de quem vê, quando a guerra na Ucrânia finalmente terminar, quase todas as partes envolvidas sentirão que venceram. O Ocidente se orgulhará de ter usado habilmente os infelizes ucranianos para impedir que a Rússia dominasse toda a Europa (não importa que a Rússia nunca tenha tido tais intenções). Os russos comemorarão o fato de terem recuperado várias regiões historicamente russas, ao mesmo tempo em que reforçaram sua segurança nacional. Os aliados e amigos dos russos se alegrarão por alguém ter se encarregado de desenvolver defesas aéreas contra a nova guerra centrada em drones. Os ucranianos não terão nada com que se alegrar, mas apenas a princípio, pois logo passarão a procurar outros para culpar por sua derrota. Para um ucraniano, o oposto da vitória (peremoha) não é a derrota (porazka), mas a traição (zrada). E assim eles procurarão traidores, entre si e em outros lugares, e, ao encontrarem alguns, também se alegrarão por terem feito isso. Apenas os infelizes finlandeses, estonianos, letões e lituanos, tirados de seu cavalo de batalha que é a russofobia, não terão nada com que se alegrar, mas permanecerão bêbados demais para se importarem.

Em

Sakerlatam

https://sakerlatam.blog/a-guerra-e-tudo-o-que-resta/

8/6/2026

 

domingo, 5 de julho de 2026

Paz entre nós, guerra aos senhores – uma tradição rebelde de alianças

 


Paz entre nós, guerra aos senhores – uma tradição rebelde de alianças

No dia da independência da Bahia, 2 de julho, dois militantes da Teia dos Povos relembram séculos de resistência indígena e preta no capitalismo colonial brasileiro, resgatando a herança de uma tradição de rebeliões que indicam a necessidade de pensar alianças entre os povos para conquistar terra e território.

Enquanto escrevemos estas palavras, o mau governo galopa ligeiro no fascismo. O Estado brasileiro, porém, é desde seu nascimento uma maquinaria de guerra contra os povos. O bolsonarismo não criou qualquer tipo de violência nova – a novidade agora é que um importante setor das classes dominantes já não se importa mais em maquiar sua aparência, ou iludir a opinião pública com urbanidades típicas da hipocrisia dos neoliberais. O que chamamos de “Brasil” sempre foi um genocídio racista estruturado no escravismo. Não há “retorno ao normal” para as maiorias oprimidas nas favelas, nos campos, nos mangues e nas florestas. Nossos povos seguem em risco mesmo sob governos “democráticos e populares”; do Quilombos de Alcântara no Maranhão aos Juruna na construção de Belo Monte. No capitalismo não há — nunca houve, porque não pode haver — paz para os povos.

Olhando atentamente para a conjuntura, não se pode ver sinais de que as instituições da república vão usar seus freios e contrapesos para impedir um fascismo terceirizado das milícias e grupos paramilitares de fanáticos anti-comunistas. É difícil enxergar militares entregando tranquilamente o poder após os crimes cometidos por este governo — na destruição desenfreada da terra ou na ocultação de mortos pela pandemia.

A tarefa que nosso tempo nos impõe não é, portanto, apenas derrotar o bolsonarismo como força política. É preciso derrotar o racismo como estrutura de poder político e desmontar a lógica da desigualdade do neoliberalismo. A esquerda institucional brasileira já tentou seu caminho — com o máximo respeito que temos aos companheiros, é chegada a hora de tentar outro. É aí onde a longa história de rebeliões dos povos no território brasileiro ainda tem muito a nos ensinar.

O caminho dos de baixo

Nosso caminho passa por reconstruir o poder desde baixo, a partir da aliança com os povos – em uma rebelião preta, indígena e popular. Não se trata de conquistar o poder de Brasília — se o poder emana do povo, então é desde o povo que precisamos construí-lo, organizando o território e tomando de volta as terras. Não falamos nada novo. A escolha desse caminho parte da escuta sensível de nossa história e atenção à nossa ancestralidade — absorvendo a memória do mais antigo sistema de resistência ao capitalismo: a resistência indígena e preta.

Palmares sobreviveu entre os séculos XVI e XVIII, por um total de 130 anos — uma experiência de resistência ao capitalismo mais longeva do que a União Soviética ou a China Popular. A ciência por trás desta longevidade, e de sua capacidade rebelde, está na aliança dos povos. A federação de quilombos que impôs por tantos anos derrotas às potências imperiais de sua época — Portugal e Holanda — era formada por pretos e indígenas, assim como por brancos pobres e marginalizados. A cultura material encontrada em Palmares pela arqueologia atesta que os povos indígenas da região de Alagoas e Pernambuco ensinaram àqueles pretos sua cerâmica, sua culinária, seu fabrico de instrumentos. Palmares era uma verdadeira federação dos de baixo, com registros de judeus e muçulmanos confederados.

Se temos dificuldade de enxergar essa tradição de resistência é porque ela não foi sistematizada na forma de um pensamento teórico, nos moldes europeus. Contudo, se olharmos em uma escala histórica, é possível ver as similitudes, permanências e continuidades em diversas rebeliões que se levantaram contra o domínio colonial e contra o latifúndio. Optar pelo caminho dos de baixo envolve nos conectarmos à essa história.

Alianças e traições

Ministro britânico no Rio de Janeiro, Henry Stephen, escreveu o seguinte sobre os rebeldes cabanos em 1835:

A facção vitoriosa, ou seja, a tropa de selvagens que agora domina o Pará, consiste principalmente de índios (deles existe uma numerosa população entre as províncias do Pará e Maranhão) e de várias raças mestiças entre índios e negros, classificadas com a denominação geral de Cafuzos, estando, creio eu, entre as variedades mais sem valor da espécie humana. Se derem liberdade aos negros africanos e os receberem como seus pares e camaradas, ou eles os retiverem de fato como escravos em seu próprio serviço, não temos como sabê-lo, mas uma união entre as duas raças de cor, com a finalidade de cometer violências contra os seus donos em comum, parece ser o resultado mais provável.

Cabanagem, Balaiada, Praieira, Canudos — o século XIX foi repleto de ações rebeldes construídas por meio da unidade dos povos. Quando falamos de Cabanagem, precisamos dizer que são Sataré-Mawé, Mura, Mundurukus e outros povos indígenas se aliaram a pretos, cafuzos, arrendatários de terra e brancos pobres para lutar contra o poder do latifúndio no norte do País. Um pouco distante dali, em 1839, sabemos que a Vila Viçosa no Ceará enviou mais de 60 casais de Tabajaras e outros povos para lutar na Balaiada no Maranhão:

Serra e Vila Viçosa, lugares estes que tem grande número de índios e outros de iguais sentimentos, e onde não há homens de qualidade que contenham os impulsos desses incautos, e onde já desobedeceram ao presidente quando os mandou reunir para vir socorrer a esta província, em cujo lugar já ousam chamar a Raimundo Gomes, nosso irmão, e com a maior satisfação dizem que o que se tem praticado no Brejo é justo (Carta do Subprefeito de Ibiracuruca escreveu ao Barão de Parnaíba)

Raimundo Gomes era um mestiço preto, vaqueiro, que articulou apoio à Balaiada pelo interior dos atuais estados do Maranhão e Piauí. A Balaiada contava com organizações militares chefiadas por quilombolas (Preto Cosme), vaqueiros (Sete Estrelas, Raio), indígenas não aldeados (Domingos Silva ou Matroá) e pretos forros. A aliança preta, indígena e popular representava a força de trabalho de seu tempo e lutava em duas dimensões: contra a administração política fruto da colonização, e contra os latifúndios que geriam a violência contra os povos. Foram massas populares em ação, que travaram a economia de seu tempo, atacaram frontalmente o poder político e construíram o poder popular — ainda que por breves períodos. Muitos desses experimentos alternativos de poder desfrutaram de maior longevidade que a famosa Comuna de Paris.

Os povos tradicionais também não ficaram incólumes, aqui no Brasil, aos ventos proletários da primavera dos povos de 1848. Na Revolução Praieira de Pernambuco (1848-50), participaram indígenas aldeados em Jacuípe e Barreiros. Tratavam-se de Caeté, Tabajara, Potiguá e Kariri juntando-se a luta por aquele socialismo cosmopolita, mostrando mais uma vez que os povos disputaram as concepções de mundo e não ignoram os sistemas políticos.

A lista de rebeliões populares no Brasil com aliança de povos é imensa. Quando Euclides da Cunha escrevia que o “sertanejo é, antes de tudo, um forte”, Carlos Estevão de Oliveira respondia que “o sertanejo é, antes de tudo, um índio”. Em Canudos, firmou-se uma aliança com o povo indígena Kiriri, que lutou lado a lado com os rebelados de Antonio Conselheiro, levando quase ao desaparecimento da etnia com o massacre militar. Os últimos xamãs que guardavam o idioma original do povo, e conversavam com os encantados, caíram nesta guerra. Estamos falando de ao menos 500 Kiriri de Mirandela mortos na batalha. Segundo a tradição oral desse povo, o primeiro combatente que caiu em Canudos foi Kiriri. A aliança também foi espiritual: chamavam Antônio Conselheiro de “Bom Jesus” e deram a Nossa Senhora de Assunção — santa protetora de sua vila em Mirandela — para a igreja de Belo Monte. Talvez por essa confluência espiritual, a aliança profunda levou quase ao extermínio do povo. O impacto foi tão avassalador que os poucos sobreviventes que voltaram ao seu território ancestral não puderam voltar a ocupá-lo, pois o latifúndio havia tomado enquanto viveram no Belo Monte. Até hoje os Kiriri não detém o seu território tradicional. O exemplo de Canudos é poderoso: a maior chacina do país com 35 mil mortos e todos as construções destruídas. Tanto era preciso apagar a memória desta orgulhosa insurgência dos povos que o encobriram pelas águas do Cocorobó.

Por outro lado, a traição aos povos é marca da aliança “nacional” com os brancos a frente. Se voltarmos a olhar a independência da Bahia em 1823, quando os pretos receberam promessas de alforria, qual foi o resultado? Se olharmos a aliança que os pretos fizeram na Farroupilha, qual foi o destino deles? No Massacre de Porongos, em 1844, farroupilhas e governo imperial negociaram a morte dos lanceiros negros para evitar ter pretos armados livres no império. Na anistia, os crimes políticos cometido pelos brancos na ditadura de 1964 foram perdoados, mas os companheiros pretos de cárcere – torturados e perseguidos pela mesma polícia ilegítima – foram relegados ao completo abandono. O mesmo padrão aparece quando se dá conta dos números muito superiores de assassinatos indígenas na ditadura frente aos “assassinatos políticos”. É uma história que tem se repetido tantas vez que a presença na memória coletiva talvez participe silenciosamente da desconfiança de muitos povos frente às organizações políticas de esquerda que não se reformaram para entender nossa história e sua estrutura racial fundante.

A história latinoamericana é testemunha das distintas formas pelas quais as esquerdas tentaram alcançar o poder. Aqui e ali acreditou-se que o poder passaria às mãos do povo pela via das instituições burguesas, e assim se conseguiria consolidar um outro futuro. Do assassinato de Salvador Allende no Chile ao golpe na Bolívia de Evo Morales, a lição recorrente é a de que alçar ao poder representantes vindos das esquerdas não basta — e certamente não significa ter poder. Daí a necessidade de se falar em Terra e Território. É a partir da democratização da terra que se poderá construir uma base real para a soberania popular. 

Os próprios capitalistas não têm a menor dúvida sobre o poder que a terra tem. Como não ver o assédio violento e incessante do capital sobre as terras indígenas, sobre as matas, florestas e mangues, antes mesmo do mau governo Bolsonaro tomar posse? Ou não se alarmar com o Banco Oportunity de Daniel Dantas comprando e tomando terras — seja de formas legais ou ilegais — em todo país?

Não nos cansam de dizer que a inteligência artificial, as moedas digitais, o 5G, a nanotecnologia e a biotecnologia dominariam os mercados do mundo e o destino de um capitalismo cada vez mais “imaterial”. A pergunta que fica é: se a acumulação agora se dá nas nuvens, então por que então toda esta pressão avassaladora sobre a terra? Por que o saque agressivo sobre os territórios tradicionais? A resposta é simples: apesar de todo avanço do capitalismo cognitivo, terra continua sendo poder.

O inferno é isso que estamos vivendo

Cacique Babau Tupinambá disse recentemente:

Minha gente, não existe inferno. O inferno é isto que estamos vivendo. Morrer 1470 pessoas no mesmo dia e o presidente dizer que é mentira. (…) Aproveita a pandemia, meu povo, marcha pra terra! Um homem só domina um milhão de hectares de terra. Para que ele quer um milhão de hectares de terra? Aonde tem uma favela com 300 mil pobres amontoados um sobre os outros. Saiam 300 mil pobres, vá procurar esse fazendeiro que tem um milhão de hectares. Se liberte. E a partir de lá você construa vida. Morra lutando por vida, mas não morra de pandemia esperando um respirador de ar. Quem nos dá o ar sagrado é a floresta.

Direitos são bons e necessários, mas o que garante o direito é o poder. E a terra é poder. Por pressão, temos conseguido concessões em termos de representatividade, de protagonismo,  de espaço de fala pelas redes. Mas terra, ao contrário, continuamos perdendo. Os povos seguem sendo arrancados dela, enquanto a roda da acumulação por despossessão continua a girar, esmagando os de baixo. E, no entanto, a tarefa permanece, cada vez mais urgente: é preciso construir soberania alimentar, energética e pedagógica nos territórios. A simples propriedade da terra, por si só, pode recair também em uma lógica capitalista. Então há que se passar da “terra” para o “território”, e estabelecer uma nova relação de habitar — proteger as águas, riachos e nascentes, pertencer a uma natureza vista não como um “bem natural” a ser explorado, mas como um todo no qual estamos inseridos. Território não é apenas um espaço – é a vida frente à lógica da mercadoria.

E não há como ter território sem construir alianças. Ou se aprende isso pelo amor, ou se aprenderá pela dor. Seja porque os fascistas de hoje nos enfiam a todos em um mesmo saco chamado “marxismo cultural”, seja porque a história — essa história do progresso incessante e crescimento infinito — nos empurra para a mesma cova. Uma organização política, um movimento social, não será capaz de assegurar um território sem uma política de vizinhança, sem costurar laços de solidariedade entre camaradas — urbanos ou rurais — na difícil tarefa de construir soberania. 

Essa aliança, entretanto, não pode ser qualquer aliança. Unidade dos povos é para vencer o capitalismo e o racismo. Deve-se aprender com o exemplo da aliança campesina e indígena de povos, descendentes dos maias, como os Choles, os Tzeltales, os Tzotziles, os Tojolabales que formaram o Exército Zapatista de Libertação Nacional no México. Por todos os meios necessários, como dizia Malcolm X, não significa “de qualquer jeito”. Tal como a Balaiada, a Cabanagem, precisamos de uma aliança que possa representar a força de trabalho do nosso tempo. E hoje a força de trabalho não pode ser pensada apenas em quilombos, assentamentos e territórios dos povos originários. A concentração de força de trabalho está nas periferias das grandes cidades. Se no final do século XIX era notória a existência de nações pretas como benguela, nagô, malê, hauçá e tantas outras, hoje não se pode dizer que os povos pretos estão reunidos e organizados nas antigas nações. 

Para se fazer alianças, há que levar em consideração três condições: (1) princípios comuns; (2) confiança mútua no trabalho político; (3) conhecimento da nossa diversidade. Em outra época as alas progressistas da Igreja Católica exerceram uma influência hegemônica na orientação dos movimentos sociais, na história dos partidos socialistas uma pequena burguesia intelectual, e uma classe média ilustrada, têm desempenhado uma liderança desproporcional nas direções. Para trilhar um outro caminho, é preciso acreditar que a interação entre os movimentos, territórios e povos é que formará uma vanguarda comum para a orientação dos povos.

Tarefas para avançar

Não há indenização que pague os séculos de escravidão e de genocídio. A única reparação possível é a devolução da terra aos povos que vieram de África e aos que habitavam aqui antes da invasão colonial. A conclusão, portanto, é que não haverá acordo com as elites, estruturalmente incapazes de satisfazer essa demanda de justiça. Será preciso construir uma aliança indígena, preta e popular para retomar o que é, por direito, dos povos.

Para garantir nossa existência nessas terras devastadas pelo capital, será necessário realizar um trabalho árduo para conquistar soberania alimentar e recuperar as florestas destruídas. Isso passa por criar formas de trabalho que fortaleçam a autonomia e a liberdade, assim como destruir as formas de propriedade privada que a elite explora até hoje para escravizar os despossuídos. Implica também questionar a temporalidade da civilização capitalista, e reconstruir o nosso tempo: o tempo dos povos originários, dos povos pretos, o tempo da liberdade e de outras civilidades.

Ailton Krenak e Davi Kopenawa oferecem boas pistas para reconstruirmos nossa ancestralidade e espiritualidade. A tarefa que temos a frente envolve reaprender outras formas de se alimentar, festejar, ritualizar. Vamos precisar disso se quisermos fortalecer uma cultura capaz de superar todo um período de servidão e pôr em movimento uma permanente revolução capaz de consolidar os ganhos de nossas vitórias e impedir novos retrocessos. Essa tarefa só será realizável a partir de uma grande aliança dos Povos para impor uma derrota às elites proprietárias, vingando as tantas gerações derrotadas e esmagadas no meio do caminho — é a volta do cipó de aroeira no lombo de quem mandou dar. Só assim para realizar o antigo sonho de Ernesto Guevara: “o ser humano deixará de ser escravo e se converterá verdadeiramente em arquiteto do seu próprio destino”.

Por isso, nós na Teia dos Povos temos buscado a articulação de movimentos, povos, territórios e organizações políticas. Estamos semeando as bases para uma rebelião preta, indígena e popular. Entendemos, certamente, a necessidade de alianças urbanas, pois sabemos da importância de ajudar na organização dos povos nas periferias das grandes cidades — a força de trabalho de nosso tempo —, reconstruindo os povos que foram dissolvidos, tornados massas de populações negras, bem como construindo novos territórios que superem a violência racial imperante. A Teia dos Povos não se constitui como organização que busca hegemonizar-se sobre as demais, mas como articulação onde, por exemplo, o povo Payayá precisa trabalhar com os movimentos sem-teto, onde pescadores cooperam, trabalham juntos com sem-terras para construir soberania e enfrentar, de forma coordenada, o capitalismo e o racismo. Não sabemos mais do que as organizações políticas irmãs em luta. Não queremos ensinar, nem ser tutores da luta alheia. Podemos saber pouco, mas temos a consciência de que trilhamos um bom caminho. O que queremos é estar juntos na caminhada de superação de uma sociedade que escraviza as pessoas e destrói a terra. Aqui ensinamos a importância da palavra dos mais velhos e também a palavra da história – que é mais velha que nossos mais velhos. Então que nos ajude um ensinamento malê muito caro na Bahia, que sintetiza a necessidade de — para vencer — convivermos com nossas diferenças: “paz entre nós, guerra aos nossos senhores”.

é professor de educação básica no IFBA (Valença-BA) e mestre em história pela UFBA.

é agricultor do Assentamento Terra Vista (Arataca-BA), ex-dirigente nacional do MST e fundador da Teia dos Povos.

Em

Jacobina

https://jacobin.com.br/2020/07/paz-entre-nos-guerra-aos-senhores-uma-tradicao-rebelde-de-aliancas/

2/7/2026