sábado, 6 de maio de 2017
Entrevista a Claudio Katz: “La aplicación de Gramsci a Venezuela implicaría hoy asumir decisiones revolucionarias”
Rebelión
En el marco de las “Jornadas Gramsci
y América Latina”, organizadas en Buenos Aires a fines de abril por el Instituto
de Estudios de América Latina y el Caribe, entrevistamos a Claudio Katz, uno de
los conferencistas del encuentro.
¿Cuál es el significado de estas jornadas en la actual coyuntura
latinoamericana?
Nos permite evaluar la situación de la región a la luz de algunos conceptos de
Gramsci. No cabe duda que el principal dato del momento es la restauración
conservadora que presenta tres modalidades. Primero los gobiernos derechistas
continuados, que en países como México, Perú o Colombia llevan muchos años
aplicando políticas neoliberales de expansión del desempleo, la precarización y
la desigualdad.
Segundo los nuevos mandatarios derechistas que lograron cortar el ciclo
progresista con sus victorias electorales. Es el caso de Macri que implementa un
proyecto reaccionario sin las mediaciones tradicionales. Encabeza la gestión
estatal de una Ceocracia embarcada en la demolición de conquistas populares.
Finalmente, en otros países la derecha accedió al gobierno por medio de golpes
institucionales. Una banda mixta de parlamentarios corruptos, jueces y dueños de
de los medios de comunicación consumaron en Brasil, la misma asonada que en
pasado perpetraban los militares. A toda velocidad recortan planes sociales,
flexibilizan el empleo y desfinancian las jubilaciones.
Esta modalidad golpista se inició en Honduras en el 2009 y continuó en Paraguay
en el 2014. Sigue un modelo de imponer el cambio por la fuerza para convalidarlo
luego en los comicios. Introduce además todas las manipulaciones imperantes
desde hace décadas, en el sistema político mexicano.
¿Pero qué implicancias tiene ese proceso desde una mirada gramsciana?
Supone un mayor peso de las formas coercitivas de dominación, en comparación a
las modalidades persuasivas de hegemonía que utiliza la clase dominante.
En algunos regímenes derechistas simplemente persiste el autoritarismo y el
terror. Más de un centenar de luchadores ambientalistas han sido ultimados junto
a Berta en Honduras. También supera el centenar el número reciente de militantes
sociales asesinados en Colombia y en nueve años se contabilizan 253 muertos en
Perú por represión a las protestas.
En México persiste la impunidad. En lugar de esclarecer los crímenes de
Ayotzinapa, el gobierno respondió con ocho nuevos muertos a las manifestaciones
de los docentes. Con estos modelos en mente Macri tantea acciones represivas
apaleando maestros, desalojando piqueteros y adiestrando gendarmes para actuar
en las calles. Temer trabaja en la misma dirección.
¿Es factible ese curso represivo en un contexto económico tan adverso?
Lo intentan. La prosperidad de la década pasada quedó atrás y desde el 2012
impera un ciclo recesivo. Brasil padeció en los últimos dos años el peor
retroceso económico desde la crisis del 30. Los precios de las materias primas
oscilan entre nuevas caídas y leves recuperaciones, sin recuperar el elevado
promedio de la década anterior. Las remesas y la inversión externa retroceden y
el previsible repunte de la tasa de interés estadounidense disuade la llegada de
capitales.
Además, al cabo de un intenso proceso de expansión del agro-negocio retrocede la
industria local y crece el desempleo. Como los gobiernos derechistas retoman la
ortodoxia neoliberal se agrava la pobreza, la desigualdad y la precarización.
Ahora buscan acuerdos de libre-comercio con la Unión Europea y aceptan la agenda
china de invasión importadora y saqueo de los recursos naturales. También
reactivan las privatizaciones inconclusas o fracasadas de los años 90 e
implementan un brutal recorte de los derechos populares, con mayor
flexibilización laboral y contra-reformas en el sistema de jubilaciones.
Esa cirugía agrava el escenario social y ahonda la división por arriba. En la
nueva reorganización neoliberal se afianza el capital financiero, despuntan
problemas en las actividades primarias y la industria se desmorona.
En términos de Gramsci se podría afirmar que la reestructuración por arriba
potencia las divisiones en las elites y obstruye la conformación de un bloque
estabilizado de las clases dominantes.
¿Por eso pierden legitimidad los gobiernos derechistas?
Es otro rasgo compartido por regímenes signados por un alto grado de
corrupción. En la república de delincuentes que impera en Brasil se acrecienta
el número de ministros y congresistas involucrados en malversaciones de fondos.
Macri es un presidente off shore, al frente de una cleptocracia de millonarios
que se enriquece endeudando al estado. El sistema de coimas organizadas que
destapó el caso de Odebrecht ensucia a varios presidentes y ministros de Perú,
Colombia y Panamá.
Como la restauración conservadora combina fragilidad económica con ilegitimidad
política se afianza un escenario de gran turbulencia. Pero si recordamos las
distinciones que establecía Gramsci entre distintos tipos de crisis (corto y
largo plazo, dominación, dirección), convendría precisar que el contexto actual
es de enorme inestabilidad pero no de crisis orgánicas. No se observa aún el
tipo de colapso que conocimos a principio del milenio en Argentina, Bolivia o
Ecuador.
Me parece que el dato de la ilegitimidad es clave. Ya no rige el marco de los
años 80, cuando Gramsci era leído para explicar la novedad de los sistemas
constitucionales pos-dictatoriales. Las discusiones sobre esa forma de
dominación de la burguesía han quedado atrás. Las elecciones son habituales y
las expectativas en los políticos, el parlamento o las instituciones han decaído
al mismo nivel que el resto del mundo.
Sin embargo mencionaste en el seminario que la movilización callejera de la
derecha es un nuevo y preocupante dato
Si efectivamente las derechas han comenzado a reinventarse en las calles, con el
padrinazgo de los medios de comunicación y un sofisticado manejo de las redes
sociales. Construyen su propio imaginario político combinando ideas liberales y
antiliberales. Por un lado enaltecen el individualismo y la consiguiente
fantasía de actuar por decisión propia sin ningún condicionante. Por otra parte
retoman el discurso de hostilidad a la política por la impotencia de esa
actividad para resolver el flagelo de la inseguridad o la corrupción.
Los vimos en la marcha del 1 de abril en Argentina. Ponderan la “plaza
republicana” y desprecian la “plaza populista”. Despliegan un gran revanchismo y
un desenfrenado odio de clase. En un clima de 1955 retoman los mitos del
gorilismo tradicional, descalificando a los morochos “arreados” a las marchas
por un simple choripán.
Pero a diferencia de los cacerolazos de los últimos años, los derechistas ya no
gritan sólo contra Venezuela y Cuba. Ahora insultan a los docentes y exigen
represión de los piquetes o prohibición de las huelgas. Repiten un libreto
acorde al giro conservador de los intelectuales mediáticos decepcionados con el
progresismo que han copado la pantalla.
Un proceso semejante se observó en Brasil en los manifestantes que el año pasado
determinaron la caída de Dilma. Ese beligerante grupo social desplegó la bandera
de la anti-política y opera como sostén de la cirugía conservadora que motoriza
el Juez Moro.
El mismo sentido reaccionario tiene el movimiento de Uribe, que logró el triunfo
del No en el plebiscito de Colombia o las fuerzas callejeras, que desde el 2015
gestaron la candidatura de Lasso en Ecuador. La diabolización del chavismo es el
guión común de esas campañas reaccionarias.
La presencia callejera de la derecha recién despunta y afronta muchas
limitaciones. Se sostiene exclusivamente en las clases medias y altas. En pocos
casos logran superar en número a las marchas rivales de la izquierda o el
progresismo. Pero configura el dato más peligroso del momento. Si se afianza
podría aportar un sostén más consistente a la restauración conservadora.
¿Como el fascismo en la época de Gramsci?
Sólo en cierta medida y primero tienen que ganar. Pero tu analogía nos advierte
sobre los casos más extremos. Por ejemplo en Venezuela, el sanguinario elemento
pinochetista está muy presente en todo el conglomerado antichavista.
En cualquier caso me parece que las teorías del revolucionario italiano nos
permiten entender el enorme peso de la ideología conservadora, en la irrupción
callejera de la derecha. Esas creencias reaccionarias retoman el modelo de temor
al comunismo que se forjó durante la guerra fría, pero con una inédita
incidencia de los medios de comunicación.
Cuando en los 80 las teorías de Gramsci recobraron influencia se debatía
intensamente cuál era el canal de transmisión predominante de la ideología
burguesa: las ilusiones en el sistema constitucional, la mercantilización de la
sociedad o la radio y la televisión. Una respuesta actual sin duda enfatizaría
la primacía de los medios.
En tu exposición también subrayaste la centralidad de la resistencia popular.
¿Cuál es la gravitación de esa lucha?
Enorme y decisiva. Hay una batalla social en curso en toda la región con
movilizaciones gigantescas en Argentina. En marzo pasado hubo un millón de
personas en las manifestaciones de los sindicatos y el paro general tuvo un
nivel de efectividad que corroboró la gran capacidad de acción de la clase
trabadora.
Lo mismo comienza a observarse en Brasil. Este año no sólo los movimientos
sociales sustituyeron a la derecha en la ocupación de las calles. Se realizó la
primera huelga general en décadas con un gran acatamiento. En México el
gasolinazo marcó un punto de giro, luego de las intensas luchas de los maestros
y las víctimas de Ayotzinapa. En Chile la batalla contra los Fondos de Pensión
congrega multitudes y en Colombia se acrecientan las protestas de los
movimientos sociales.
Es necesario subrayar la gravitación de estas acciones por abajo, si queremos
retomar el énfasis asignado por Gramsci a la voluntad y a la subjetividad en la
transformación de la sociedad. Ese es el sentido de su filosofía de la praxis,
en contraposición al fatalismo o la resignación.
Y también un aliento a la militancia…
Por supuesto. Hay nueva generación luchadores que resiste la restauración
conservadora. Participaron activamente en la experiencia política de la década
pasada, sin padecer las frustraciones y derrotas que afectaron a sus antecesores
de los años 70.
Actúan en un marco también distinto al escenario de entre-guerra que vivió
Gramsci. Pero hay ciertas batallas políticas en el contexto latinoamericano que
actualizan los planteos del revolucionario italiano. Gramsci trabajó para unir
el campo popular en un bloque histórico, forjando alianzas de la clase obrera
con los campesinos. Esa misma política supone en la actualidad hermanar a los
asalariados con los informales y la clase media.
La derecha sólo puede prevalecer imponiendo una desgarradora guerra de pobres
contra pobres. Por eso alienta la hostilidad contra las huelgas. Coloca en toda
la región muchas fichas, en la erosión de la solidaridad con los combativos
movimientos de la docencia. Frente a situaciones de ese tipo Gramsci sugeriría
actuar con radicalidad y audacia.
Pero en el plano político situaste el eje de la resistencia en la batalla de
Venezuela. ¿Por qué razón?
Porque ahí se define el resultado de toda la etapa latinoamericana. No cabe la
menor duda que hay un golpe reaccionario en marcha, que combina el sabotaje de
la economía con la violencia callejera y las provocaciones diplomáticas. En un
plazo más prolongado es lo mismo ocurrió con Salvador Allende.
El trasfondo obvio de esa agresión es el petróleo. Venezuela es la principal
reserva continental de crudo y provee el 12% del combustible importado por
Estados Unidos. Para confiscarlo el Departamento de Estado promueve una
situación de caos, tendiente a repetir lo operativos de Irak, Libia o Panamá.
Saben que una vez derrocado el gobierno ya nadie se acordara dónde queda
Venezuela.
En ese operativo la hipocresía de los medios no tiene límite. Transmiten en
cadena escenarios terminales con denuncias macabras del país, luego de silenciar
el golpe de Brasil, Paraguay u Honduras. No le asignan ni cinco minutos a los
crímenes en Colombia y México o al fraude electoral de Haití. Legitiman a los
golpistas, ocultando que Leopoldo López estaría condenado a perpetua en Estados
Unidos por su responsabilidad en las muertes de las guarimbas. Acusan al
gobierno de cualquier tropelía, omitiendo que el grueso de los asesinatos afecta
a militantes del chavismo.
La derecha ha provocado el desastre actual intentando tumbar una y otra vez al
gobierno desde la Asamblea. Cuenta con la descarada complicidad de las clases
dominantes de la región. Esos gobiernos se amoldan a Trump conspirando desde la
OEA contra Venezuela.
En términos de Gramsci esta batalla presenta un doble significado. En el plano
moral definirá un resultado de confianza o resignación en el movimiento popular.
Si gana la derecha se creará un escenario de derrota y una sensación de
impotencia frente al imperio.
En otro terreno Venezuela sintetiza una lucha antiimperialista, directamente
conectada a los anhelos nacionales que subrayaba Gramsci. Es controvertible su
interpretación de esa dimensión pero no la centralidad que le asignaba. Hoy
Venezuela es la principal trinchera contra Trump. Su programa de avasallar la
región empezando por el muro en México, transita por la confiscación del
petróleo venezolano.
Igualmente señalarse críticas al gobierno bolivariano
Ciertamente y en varios planos, aunque en el marco de la gran decisión de Maduro
de resistir. A diferencia de Dilma o Lugo no se entrega. Esa firmeza explica el
odio de los poderosos de la región.
Pero hasta ahora el gobierno ha priorizado el enfrentamiento con la derecha en
términos burocráticos de un poder del estado contra otro. El Ejecutivo o
Judicial versus el Legislativo. Reacciona por arriba y responde a un golpe de la
Asamblea con una acción del Tribunal de Justicia. Apuntala más el sostén del
ejército que el respaldo por abajo. Por eso en la durísima confrontación del
último año no apeló al poder comunal y en ausencia de ese basamento el pueblo
tomará distancia.
Lo más grave es la tolerancia de la corrupción y sobre todo de la fuga de
capitales. No expropian a los empresarios que provocan el colapso de la economía
con manipulaciones de las divisas y los bienes importados.
Pero estamos en medio de la batalla y no está escrito el resultado final. Hubo
una interesante reactivación de los mecanismos para paliar el desabastecimiento
y se adoptó la excelente iniciativa de retirar al país de la OEA. La única forma
de vencer a la derecha es transformar en hechos el discurso socialista. En las
situaciones límites y frente al abismo el proyecto bolivariano puede renacer con
un perfil más radical.
La aplicación de Gramsci a Venezuela implicaría hoy asumir decisiones
revolucionarias. El líder comunista convocaba a adoptar esas decisiones sin
ninguna vacilación. Por eso ponderó la acción de los bolcheviques como una
“revolución contra El Capital”, en el sentido de procesos que vulneran todas las
prescripciones previas. Subrayó la inexistencia de un curso predeterminado de la
historia. Aplastar el sabotaje de los capitalistas con el poder comunal sería el
equivalente a la acción de los soviets que reivindicaba Gramsci.
Hay otro tema que discutiste en las jornadas, al conectar el legado del pensador
italiano con los debates sobre el ciclo progresista
Si efectivamente es un problema clave. Yo creo que el ciclo progresista en
Sudamérica fue un resultado de rebeliones populares que tumbaron gobiernos
neoliberales, modificaron las relaciones de fuerza, evitaron los brutales
ajustes aplicados en otras regiones y permitieron mejoras sociales o conquistas
democráticas.
Pero no fue un periodo pos-liberal. Las transformaciones no tuvieron la solidez
requerida para dejar atrás el neoliberalismo. No se alteró la estructura
primarizada de las economías y se mantuvieron los privilegios de los grupos
dominantes. La restauración conservadora determina el declive de ese período,
aunque la derrota de la derecha en Ecuador indica una indefinición. La disputa
final se define en Venezuela.
Cualquiera sea el diagnóstico es indiscutible el retroceso del ciclo
progresista. Especialmente en Brasil y Argentina ese declive obedece a las
inconsistencias económicas de un modelo neo-desarrollista, que renunció a
implementar las transformaciones básicas para superar la dependencia de las
exportaciones primarias. En el terreno político mantuvieron el viejo sistema de
alianzas y corrupción de los grupos dominantes y cuando aparecieron las
protestas sociales se asustaron y facilitaron la demagogia de la derecha.
Sufrieron el desgaste que sobreviene a la ausencia de radicalización.
En tu presentación contrapusiste este balance con el expuesto por los teóricos
del progresismo.
Si. Es un debate importante porque muchos de ellos se auto-definen como
marxistas y gramscianos. Pero exponen un balance idílico de Kirchner o Lula,
estimando que fueron gobiernos exitosos. A lo sumo destacan la existencia de
errores en la connivencia con los bancos, las disputas con los medios de
comunicación o la batalla cultural para aproximar a una clase media atada al
consumismo.
Yo creo que esa lectura es superficial y elude reconocer que los gobiernos
progresistas declinaron por su adaptación a la agenda de las clases dominantes.
Esa mirada repite los mismos desaciertos que cometieron los gramscianos
socialdemócratas de los 80, cuando presentaban al constitucionalismo burgués
como un nuevo camino hacia la emancipación.
Al igual que en ese momento el gramscismo liberal considera indispensable acotar
cualquier cambio a lo marcos del capitalismo. Se guían por el principio de
impedir el desborde de ese sistema y olvidan que una política antiliberal
consecuente exige transitar por senderos anticapitalistas. Ese estrecho vínculo
entre Gramsci y Lenin es desconocido por los socialdemócratas.
La consecuencia política de esta postura es la promoción de una estrategia
exclusivamente centrada en el retorno electoral a la presidencia en el 2018 y
2019. Ese objetivo tiene total prioridad frente a la resistencia social. Dan por
seguro el fracaso de la derecha y suponen que todo puede recomenzar como si nada
hubiera ocurrido. Recrean a futuro la misma fantasía de un capitalismo
humanitario y redistributivo que propagaron en la última década.
Pero ese no es el único balance del ciclo progresista.
Ciertamente. Hay una interpretación opuesta que niega la existencia de ese
proceso o supone que concluyó hace mucho tiempo. Considera que los gobiernos
centroizquierdistas o radicales coincidieron con sus pares derechistas en la
primarización extractivista y estima que finalmente adoptaron un perfil
autoritario y populista.
Esta mirada considera que Lasso y Moreno expresaron en Ecuador dos vertientes
complementarias del neoliberalismo y que en Venezuela la burguesía derechista
confronta con sus pares chavistas.
Es una errónea simplificación de la realidad latinoamericana. La continuada
dependencia de las exportaciones agro-mineras no equipara a gobiernos tan
contrapuestos. La centralidad del petróleo, el gas o el litio no asemeja a
Maduro, Evo Morales o Raúl Castro con Lula o Correa y menos aún con Peña Nieto o
Macri. Es equivocado, además, impugnar a los gobiernos progresistas con los
mismos razonamientos de vago republicanismo que utilizan los liberales.
¿Pero no sería acertado observar esos procesos con la óptica de la “revolución
pasiva” que estudio Gramsci?
Es una idea interesante pero de dudosa aplicación a lo ocurrido en la última
década. El contraste entre jacobinismo y bismarkismo no tiene correspondencia
con lo sucedido en Sudamérica y es muy discutible la propia concreción de una
modernización conservadora. Esta noción choca con la primacía del agro-negocio y
la ausencia de transformaciones económicas significativas. El período estuvo
signado además por importantes conquistas populares. Igualmente es un tema
abierto y todo depende de la interpretación asignada a la noción de revolución
pasiva.
Pero el mayor problema no radica en la aplicación de ese concepto gramsciano,
sino en la mirada general de los teóricos autonomistas. Renuevan la estrategia
de soslayar la batalla por el manejo del estado. Retoman la idealización de los
movimientos sociales y la fascinación con el ámbito defensivo de la
territorialidad.
Me parece que la promoción de metas anticapitalistas debe ser complementada con
la definición de políticas socialistas para alcanzarlas. Gramsci postulaba esa
conexión y por eso compartía la prioridad asignada por Lenin a la transformación
de la sociedad mediante la conquista del poder.
Pero la lectura de Gramsci ha servido para subrayar la complejidad de ese camino
que es ignorada por muchas corrientes…
Sin duda. Esa omisión salta a la vista entre quiénes simplemente proclaman que
todos los gobiernos de América Latina son indistintamente burgueses. Las
consecuencias extremas de esta ceguera se han observado recientemente en
Ecuador, entre las vertientes de izquierda que llamaron a votar a Lasso con
argumentos insólitos.
Afirmaron que el banquero facilitaría un mayor respeto de la democracia o que
sería más fácil desenvolver la lucha por mejoras populares. Hay que remontarse
varias décadas para encontrar algún precedente de semejante miopía.
Yo creo que el mayor peligro actual de las posturas sectarias se verifica en
Venezuela. Algunos hacen causa común con la derecha en la crítica a Maduro.
Repiten las mismas acusaciones de los medios de comunicación hegemónicos o
recurren a despistadas comparaciones con Gadafi y Hussein. No exponen sus
cuestionamientos desde un terreno de lucha común contra el golpe.
Aquí conviene recordar el rechazo total de Gramsci a teoría del social-fascismo,
que en su época equiparaba a Hitler y Mussolini con los adversarios
socialdemócratas. Al igual que Trotsky promovía estrategias de frente único
contra la derecha, que son vitales en el contexto actual de Venezuela.
A escala regional es el momento de la solidaridad. Tal como ocurrió con Cuba
durante el periodo especial hay que poner el hombro en las circunstancias más
difíciles de acoso, demostrando que la izquierda se ubica en el campo opuesto de
la reacción.
¿El trasfondo de los problemas que señalas no es la atadura al modelo
revolucionario de 1917 que Gramsci comenzó a renovar?
Puede ser. Pero yo evitaría cualquier sugerencia de contraposición entre Lenin y
Gramsci. Me parece que existe una complementariedad, derivada de la
incorporación de temporalidades más largas a la vertiginosa experiencia
soviética de doble poder. Hay complementariedad y no antagonismo entre la
"guerra de posición" y la "guerra de maniobra". Son momentos sucesivos de una
misma estrategia
Los procesos de China, Vietnam o Cuba ya demostraron en condiciones bélicas la
preeminencia de períodos revolucionarios prolongados. También los escenarios
institucionales vigentes en las últimas décadas obligar a reconsiderar las
temporalidades. Exigen replantear la tradición que concibe al gobierno de los
trabajadores, la captura del estado y la transformación de la sociedad como
procesos simultáneos. Actualmente son válidas las hipótesis de gobiernos
populares, estados en disputa y grandes fracturas en la sociedad a lo largo un
periodo significativo.
¿Cuál sería entonces el principal legado de Gramsci para la coyuntura
latinoamericana actual?
No hay una sola faceta, pero quizás conviene resaltar lo más obvio: la necesidad
de forjar identidades políticas propias de la izquierda, con nítidos perfiles
anticapitalistas. Como ese cimiento supone la reivindicación abierta de nuestras
tradiciones socialistas, antiimperialistas y revolucionarias, una actitud
gramsciana actual se contrapone con la fascinación que despierta el Papa
Francisco.
Resalto este dato porque Bergoglio fue elogiado primero como eventual sustituto
de Chávez y ahora como una alternativa mundial progresista a Trump. Es asombrosa
la falta de realismo de esta actitud, que confunde necesidades de supervivencia
de los procesos radicales con expectativas favorables hacia la institución más
reaccionaria del planeta.
¿Pero cuál es la conexión con Gramsci?
Su crítica frontal al Vaticano. Gramsci fue un militante comunista empeñado en
revolucionar la conciencia de los oprimidos para que actuaran al servicio de sus
propios intereses. En cambio la Iglesia recluta fieles y no quiere
protagonistas. Rechaza a los militantes y disuade la lucha. Busca apaciguar o
disciplinar a los rebeldes. Con ese propósito elaboró una doctrina social contra
el ideal comunista.
La filosofía de la praxis apunta hacia la dirección opuesta de expandir la
conciencia socialista. Actualmente ya no interesa tanto el ámbito elegido por
los intelectuales orgánicos para enlazar la teoría con la práctica. Retomar a
Gamsci implica priorizar la vigencia y primacía del proyecto socialista.
In
REBELION
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226296
6/5/2017
sexta-feira, 5 de maio de 2017
La provocación de Estados Unidos en Corea del Norte: un pretexto para la guerra con China
James Petras
Rebelión
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo
Introducción
Estados Unidos comenzó a construir su imperio a escala mundial durante la
Segunda Guerra Mundial y el periodo posterior a esta. Washington intervino
directamente en la guerra civil china (proporcionando armas al ejército de
Chiang Kai-shek mientras el Ejército Rojo luchaba contra los japoneses), apoyó
la guerra de recolonización de Francia contra el Viet Minh en Indochina e
instaló regímenes títere en Corea del Sur, Taiwán y Japón.
Mientras el imperio se edificaba a trompicones, con avances y derrotas, el
objetivo estratégico seguía siendo el mismo: prevenir el establecimiento de
gobiernos comunistas o nacionalistas laicos independientes e imponer regímenes
vasallos compatibles con los intereses de Estados Unidos.
Las armas empleadas fueron guerras y golpes de estado sangrientos (“cambios de
régimen”). Los regímenes coloniales europeos derrotados fueron reemplazados e
incorporados como aliados subordinados a Estados Unidos.
Para realizar las conquistas imperiales, Washington utilizó siempre que estuvo
en su mano a ejércitos de mercenarios entrenados, equipados y dirigidos por
'asesores' estadounidenses. Cuando esto no fue suficiente, por lo general si el
régimen clientelista y las tropas vasallas se mostraban incapaces de derrotar al
ejército del pueblo, las fuerzas armadas de Estados Unidos intervinieron
directamente.
Los estrategas imperiales trataban de intervenir y conquistar brutalmente al
país elegido. Cuando no conseguían alcanzar su objetivo 'máximo', iniciaban una
política de asedio para cortar los vínculos de los centros revolucionarios con
los movimientos populares de países limítrofes. Si los países lograban resistir
la conquista armada, los constructores del imperio imponían sanciones económicas
y bloqueos para erosionar la base económica de los gobiernos populares.
Los imperios, como los sabios romanos reconocieron hace tiempo, no se construyen
en un día, en semanas o en meses. Se firman a conveniencia convenios y acuerdos
temporales que se quiebran cuando ya no resultan útiles porque los diseños
imperiales están por encima de todo.
Los imperios fomentan las divisiones internas entre adversarios y los golpes de
Estado en países vecinos. Pero, sobre todo, construyen una red mundial de
avanzadas militares, agentes clandestinos y alianzas regionales en las fronteras
de los gobiernos independientes para recortar las potencias militares
emergentes.
Una vez concluidas con éxito las guerras, los centros imperiales dominan la
producción y los mercados, los recursos y la mano de obra. Sin embargo, con el
tiempo es inevitable que surjan problemas en los regímenes dependientes e
independientes. Los rivales y los competidores ganan acceso a los mercados y
aumentan su poderío militar. Mientras que algunos estados vasallos sacrificaron
su soberanía política-militar para conseguir un desarrollo económico
independiente, otros optaron por la independencia política.
Las contradicciones primeras y últimas de la expansión del imperialismo
Las dinámicas inherentes a los estados y sistemas imperiales experimentan
contradicciones que replantean y cambian constantemente los contornos del
imperio.
Estados Unidos ha dedicado inmensos recursos para mantener su supremacía militar
entre los estados vasallos, pero ha experimentado un grave declive en su cuota
de mercado mundial, especialmente con el rápido aumento de nuevos productores
económicos.
La competencia económica obligó a los centros imperiales a reconfigurar el
centro de sus economías: la “renta” (finanzas y especulación) desplazó a los
beneficios del comercio y la producción. Las industrias imperiales se
trasladaron al extranjero en busca de mano de obra barata. La economía nacional
está ahora dominada por las finanzas, los seguros, los bienes inmuebles, las
comunicaciones y las industrias militares y de seguridad. Esto ha creado un
círculo vicioso: con la erosión de su base productiva, el imperio ha
incrementado aún más su dependencia del ejército, del capital financiero y de la
importación de bienes de consumo baratos.
Justo después de la Segunda Guerra Mundial, Washington puso a prueba su destreza
militar a través de la intervención en terceros países. Debido a la gran
resistencia popular y la proximidad de la URSS, y más tarde la República Popular
China, la construcción del imperio en el Asia post colonial se contuvo o fracasó
militarmente. En Corea, las fuerzas estadounidenses alcanzaron transitoriamente
un punto muerto después de matar a millones de personas. En China, su derrota
provocó la huida de los “nacionalistas” a la isla de Taiwán. La resistencia
popular y el apoyo material de las potencias socialistas obligaron a EE.UU. a
retirarse de Indochina. A causa de ello, no tuvo más opción que recurrir a las
sanciones económicas para estrangular a los gobiernos revolucionarios.
El crecimiento de la ideología unipolar
Ante el creciente poder de sus competidores económicos en el extranjero y su
mayor dependencia de la intervención militar directa, el imperio de EE.UU.
aprovechó la desintegración interna de la URSS y el giro de China hacia el
“capitalismo de Estado” en las décadas de los ochenta y los noventa. Con la
desintegración forzada de Yugoslavia, Estados Unidos se expandió por la región
del Báltico, Europa oriental y central y los Balcanes. Los estrategas imperiales
anticiparon “un imperio unipolar”, un Estado imperial sin rivales. Los
constructores del imperio eran libres para invadir, ocupar y saquear estados
independientes en cualquier continente e incluso para bombardear una capital
europea, Belgrado, con total impunidad. Se iniciaron múltiples guerras contra
señalados adversarios que carecían de aliados globales fuertes.
Países del sur de Asia, Oriente Medio y el Norte de África fueron objeto de
destrucción. América del Sur estaba bajo el control de los regímenes
neoliberales. La antigua Unión Soviética fue saqueada y desarmada por vasallos
del imperio. Rusia estaba gobernada por gánsteres cleptócratas aliados con
títeres de Estados Unidos. El papel asignado a China era el de convertirse en un
taller de esclavos para producir artículos de consumo baratos para los
estadounidenses y generar grandes beneficios para las corporaciones
multinacionales y minoristas como Wal-Mart.
A diferencia de lo que ocurrió con el Imperio Romano, la década de los noventa
no iba a ser el preludio de un imperio indiscutible de larga duración para
Estados Unidos. Los “unipolaristas” se embarcaron en múltiples guerras caras y
destructivas de conquista y no fueron capaces de confiar en el crecimiento de
las economías industriales emergentes para obtener beneficios; el poder global
de EE.UU. se deterioró.
La desaparición de la unipolaridad: El siglo XXI
En los primeros diez años del siglo XXI, la visión de un imperio unipolar
indiscutido se vino abajo. La acumulación “primitiva” de China dio paso a una
acumulación interna avanzada de la que se beneficiaron el pueblo y el Estado
chinos. El poder de China se expandió por el extranjero mediante inversiones,
comercio y adquisiciones, desplazando a EE.UU. como principal socio comercial en
Asia y mayor importador de materias primas de América Latina y África. China se
convirtió en el principal fabricante y exportador de bienes de consumo para
América del Norte y la Unión Europea (UE).
La primera década del siglo XXI fue testigo del derrocamiento o la derrota de
los estados vasallos de Estados Unidos en América Latina (Argentina, Bolivia,
Venezuela, Ecuador y Brasil) y de la aparición de regímenes agro-minerales
independientes dispuestos a formar alianzas comerciales regionales. Fue un
período de aumento de la demanda de sus recursos naturales y materias primas que
coincidió con el proceso de desindustrialización de EE.UU., inmerso en costosas
guerras desastrosas en Oriente Medio.
En contraste con la creciente independencia de América Latina, la UE incrementó
su participación militar en las brutales guerras en el extranjero lideradas por
Estados Unidos mediante la ampliación del 'mandato' de la OTAN. Bruselas siguió
la política sistemática de cercar a Rusia para debilitar su independencia a
través de duras sanciones. La expansión hacia el exterior de la UE (financiada
gracias a las políticas internas de austeridad) acentúo las divisiones en el
seno de la organización, provocando el descontento popular. Reino Unido votó a
favor en un referéndum para separarse de la UE.
En los noventa, los desastres internos del régimen vasallo de Estados Unidos en
la Rusia de Boris Yeltsin empujaron a los votantes a elegir a un nacionalista,
Vladimir Putin. El gobierno del presidente Putin se embarcó en un programa para
recuperar la soberanía de Rusia y su posición como potencia mundial,
contrarrestar la intervención de EE.UU. en el país y alejar de las fronteras el
cerco creado por la OTAN.
Los defensores del imperio unipolar continuaron iniciando múltiples guerras de
conquista en Oriente Medio, África del Norte y sur de Asia, con un coste de
billones de dólares, que provocaron una pérdida de los mercados globales y de
competitividad. A medida que los ejércitos del imperio se expandían por todo el
mundo, la economía doméstica (“la República”) se contrajo. Estados Unidos quedó
atrapado en la recesión y asediado por el aumento de la pobreza. La política
unipolar permitió un crecimiento de la economía global multipolar, al imponer de
forma rígida prioridades militares.
El Imperio contraataca: La opción nuclear
La segunda década del siglo XXI marcó el comienzo de la desaparición de la
unipolaridad ante la consternación de muchos 'expertos' y la negación ciega de
sus arquitectos políticos. El advenimiento de una economía mundial multipolar
intensificó el impulso desesperado del imperio por restaurar la unipolaridad por
medios militares, a cargo de militaristas incapaces de adaptarse o evaluar sus
propias políticas.
Bajo el régimen del “primer presidente negro”, Barack Obama, elegido bajo la
promesa de refrenar a los militares, los estrategas imperiales intensificaron su
belicismo, enfrascándose en siete guerras, nuevas y antiguas. Para los
legisladores y los propagandistas de los medios de comunicación de masas de
EE.UU. y la UE, fueron guerras imperiales exitosas, que vinieron acompañadas de
declaraciones prematuras de victoria en Somalia, Irak y Afganistán. Estos
delirios de grandeza llevaron a la nueva administración a poner en marcha nuevas
guerras en Ucrania, Libia, Siria y Yemen.
Cuando la nueva ola de guerras y golpes de Estado (de “cambio de régimen”) para
volver a imponer la unipolaridad fracasó, se pusieron en marcha políticas
belicistas aún mayores que desplazaron a las estrategias económicas para
conseguir la dominación mundial. Los
militaristas que dirigen el aparato de Estado permanente, siguieron sacrificando
mercados e inversiones con total inmunidad a las desastrosas consecuencias de
sus fracasos en la economía nacional.
Breve renacimiento de la unipolaridad en América Latina
Argentina, Brasil, Paraguay y Honduras han sufrido golpes de Estado y los
gobiernos progresistas de Bolivia, Venezuela y Ecuador han estado a punto de
sufrirlos. Sin embargo, el retroceso a favor del imperio en América Latina no es
política ni económicamente sostenible y amenaza con socavar cualquier
restauración de la dominación unipolar en la región.
EE.UU.no ha proporcionado ninguna ayuda económica ni ampliado el acceso a los
mercados para premiar y apoyar a sus regímenes clientelares recién adquiridos.
Su nuevo vasallo en Argentina, Mauricio Macri, transfirió miles de millones de
dólares a los banqueros depredadores de Wall Street y entregó a Estados Unidos
el acceso a las bases militares y los recursos lucrativos sin recibir por ello
flujos recíprocos de capital de inversión. De hecho, las políticas serviles del
Presidente Macri han creado mayores niveles de desempleo y han reducido el nivel
de vida, creando descontento popular. El “chico nuevo” del imperio unipolar en
su feudo Buenos Aires se enfrenta a una defunción temprana.
Del mismo modo, la corrupción generalizada, una profunda depresión económica y
los niveles de dos dígitos de desempleo sin precedentes en Brasil amenazan al
ilícito régimen vasallo de Michel Temer con la crisis permanente y el aumento de
la lucha de clases.
El efímero éxito en Oriente Medio
El poder devastador de los bombardeos aéreo y naval de Estados Unidos y de la
OTAN pareció otorgar un breve triunfo a la nueva ola de guerras revanchistas en
Oriente Medio y África del Norte. Luego, esa aparente victoria se desvaneció en
medio de la destrucción y el caos, inundando Europa con millones de refugiados.
Importantes brotes de resistencia a la invasión estadounidense de Irak y
Afganistán precipitaron el retroceso hacia un mundo multipolar. Los insurgentes
islamistas obligaron a EE.UU. a refugiarse en sus guarniciones fortificadas y
tomaron el control del campo y las ciudades cercadas en Afganistán; en Irak,
Siria, Yemen, Somalia y Libia forzaron la huida de los regímenes y mercenarios
respaldados por EE.UU..
La pulsión unipolar y el Estado permanente: Reagrupamiento y ataque
Frente a sus fracasos, los defensores del imperio unipolar se reagruparon para
poner en marcha una estrategia militar aún más peligrosa: el aumento de su
potencia nuclear de “primer ataque” dirigida a China y Rusia.
Orquestada por los políticos designados por el departamento de Estado de Estados
Unidos, el gobierno de Ucrania fue sustituido por vasallos de EE.UU. dando lugar
a la ruptura de ese país, todavía en marcha. Temerosos de los neofascistas y los
rusófobos, los ciudadanos de Crimea aprobaron en referéndum su unión con Rusia.
Las mayorías étnicas rusas de la región de Donbass en Ucrania entraron en guerra
con Kiev, lo que ha provocado miles de muertos y millones de desplazados que
buscan refugio en Rusia. Los imperialistas de Washington financiaron y
dirigieron el golpe de Estado de Kiev liderado por cleptócratas y fascistas
siendo inmunes, como siempre, a sus consecuencias.
Mientras tanto, EE.UU. está aumentando su número de tropas de combate en
Afganistán, Irak y Siria para apuntalar a sus poco fiables aliados y
mercenarios.
Lo que es crucial para la comprensión de la ascensión y caída del poder imperial
y de las eufóricas declaraciones unipolares de la década de 1990 (especialmente
durante el apogeo del reinado sangriento del presidente Clinton), es que los
avances militares y políticos no han sido apuntalados en ningún momento por la
construcción de economías fuertes.
EE.UU. derrotó y posteriormente ocupó Irak, pero también destruyó
sistemáticamente su sociedad civil y su economía, creando un terreno fértil para
la limpieza étnica, las oleadas de refugiados y el levantamiento islamista
posterior que se extendió por los territorios adyacentes. De hecho, han sido las
políticas deliberadas de EE.UU. en Irak y otros lugares las que han creado la
crisis de refugiados que agobia Europa.
Durante las dos primeras décadas de este siglo se ha producido una situación
similar: las victorias militares han instalado líderes impopulares e ineficaces
respaldados por el imperio y sus impulsores dependen cada vez más de la chusma
tribal más retrógrada, los extremistas islamistas, los clientes de ultramar y
los mercenarios. El ataque deliberado de Estados Unidos a las mismas personas
capaces de liderar naciones multiculturales modernas como Irak, Libia, Siria y
Ucrania es una caricatura de los notorios ataques de Pol Pot a las clases
educadas de Camboya. Por supuesto, EE.UU. perfeccionó sus habilidades especiales
para “matar a los profesores de escuela” cuando entrenó y financió a los
muyahidines de Afganistán en la década de los ochenta.
El segundo punto débil, lo que llevó al colapso de la ilusión unipolar, ha sido
su incapacidad para replantear sus supuestos y reorientar y reequilibrar su
paradigma militarista estratégico tras el increíble desorden mundial que
crearon.
Estados Unidos se negó rotundamente a trabajar con las élites económicas
educadas en los países conquistados y promoverlas. Ello habría requerido
mantener intacto el sistema económico de la seguridad social en los países que
habían triturado de manera sistemática. Habría supuesto rechazar el paradigma de
guerra total, rendición incondicional y ocupación militar pura y dura, con el
fin de permitir el desarrollo de aliados económicos viables, en lugar de imponer
regímenes vasallos flexibles pero grotescamente corruptos.
El enorme aparato de inteligencia policial-militar profundamente arraigado y
fuertemente financiado, que cuenta con muchos millones de personas, ha creado un
estado imperial paralelo al régimen civil elegido en EE.UU.
El llamado “Estado profundo” es en realidad un estado gobernado por
“unipolaristas”. No es una “entidad sin rostro”: Tiene una identidad de clase,
ideológica y económica.
A pesar del grave coste que supone perder una serie de guerras catastróficas y
el robo de miles de millones de dólares perpetrado por los regímenes vasallos
cleptocráticos, los unipolaristas han permanecido intactos, e incluso aumentado
sus esfuerzos para conseguir una conquista o una victoria militar temporal.
Digámoslo abierta y claramente: los unipolaristas se dedican ahora a culpar de
sus terribles fracasos militares y políticos a Rusia y China. Esta es la razón
por la que buscan, directa e indirectamente, debilitar a los aliados internos y
externos de Rusia y China. De hecho, la campaña salvaje para “culpar a los
rusos” de la elección del presidente Trump refleja su profunda hostilidad hacia
Rusia y su desprecio por los votantes de clase trabajadora y media baja (la
“canasta de deplorables”) que eligieron a Trump. La incapacidad de esta élite
para reconocer sus propios fracasos y la incapacidad del sistema político para
eliminar a estos estrategas desastrosos es una seria amenaza para el futuro del
mundo.
La fabricación de pretextos para la guerra mundial
Mientras el Estado unipolarista sufría predecibles derrotas militares y guerras
prolongadas al tiempo que una dependencia de inestables regímenes civiles, los
ideólogos continúan echando la culpa a Rusia y China por todas sus derrotas
militares. Su monomanía se ha transformado en un aumento provocativo de su
capacidad nuclear a gran escala en Europa y Asia, lo que aumenta el riesgo de
una guerra nuclear al participar en un letal “juego de la gallina”(1).
Los expertos físicos nucleares que editan el boletín de los Científicos Atómicos
publicaron una importante descripción de los planes de guerra unipolaristas.
Según ellos, “el programa nuclear en marcha ha implementado nuevas tecnologías
revolucionarias que aumentarán enormemente la capacidad letal del arsenal
nuclear. Estas nuevas tecnologías triplican la potencia letal global de los
actuales misiles balísticos de Estados Unidos” . Esto es exactamente lo que un
observador objetivo podría esperar de unos Estados Unidos provistos de armas
nucleares dispuestos a iniciar una guerra desarmando a China y Rusia siendo los
primeros en lanzar un “ataque sorpresa”.
El estado unipolar se ha centrado en varios países como pretexto para lanzar una
guerra. El Gobierno de Estados Unidos ha instalado bases de misiles en los
países bálticos y Polonia a modo de provocación. Estos regímenes han sido
elegidos por su afán de violar las fronteras o el espacio aéreo de Rusia y
porque su locura les predispone a aceptar la inevitable respuesta militar y la
reacción en cadena en contra de sus propias poblaciones. Otro lugar con enormes
bases militares estadounidenses y dispuesto a albergar una expansión de la OTAN
es la región de los Balcanes, especialmente las antiguas provincias yugoslavas
de Kosovo y Montenegro. Se trata de Estados mafiosos etno-facistas en bancarrota
y potenciales polvorines de conflictos provocados por la OTAN, que justificarían
un ataque de Estados Unidos. Esto explica por qué los más furibundos
militaristas del senado estadounidense han estado presionando para lograr la
integración de Kosovo y Montenegro en la OTAN.
Pero es en Siria donde los unipolaristas están creando un pretexto para la
guerra nuclear. El senado de Estados Unidos ha enviado más fuerzas especiales a
zonas altamente conflictivas para apoyar a sus mercenarios aliados. Esto
significa que las tropas estadounidenses se encontrarán (ilegalmente) cara a
cara con el avance del ejército sirio, respaldado (legalmente) por la fuerza
aérea militar rusa. EE.UU. planea apoderarse de Raqqa en el norte de Siria,
controlada por ISIS, para convertirla en base de operaciones con la intención de
negar la victoria del gobierno sirio sobre los yihadistas-terroristas. La
probabilidad de “incidentes” armados entre EE.UU. y Rusia en Siria es cada vez
mayor para satisfacción de los unipolaristas estadounidenses.
EE.UU. ha financiado y apoyado a los combatientes kurdos en su avance por
territorio sirio bajo control de los yihadistas-terroristas, especialmente a lo
largo de la frontera con Turquía. Esto está provocando un conflicto inevitable
entre Turquía y los kurdos apoyados por Estados Unidos.
Otro sitio probable para la expansión de la guerra es Ucrania. Después de tomar
el poder en Kiev, los clepto-fascistas lanzaron una guerra y un bloqueo
económico contra los ucranianos bilingües de origen ruso de la región de
Donbass. Los ataques de la junta de Kiev, las innumerables matanzas de civiles
(incluyendo la quema de decenas de manifestantes de habla rusa desarmados en
Odessa) y el sabotaje de los envíos de ayuda humanitaria rusos podrían provocar
represalias por parte de Rusia y ser el pretexto de una intervención militar de
Estados Unidos contra Crimea a través del Mar Negro.
Pero el lugar que cuenta con más probabilidades de convertirse en el inicio de
la Tercera Guerra Mundial es la península de Corea. Los unipolaristas y sus
aliados en el aparato del Estado han creado sistemáticamente las condiciones
para desencadenar una guerra con China usando el pretexto del programa de armas
defensivas de Corea del Norte.
El aparato estatal de los unipolaristas ha unido a sus aliados en el Congreso y
a los medios de comunicación para crear histeria generalizada. El congreso y la
administración del presidente Trump consideran el programa de misiles de Corea
del Norte “una amenaza para Estados Unidos” . Esto ha permitido que el estado
unipolarista ponga en marcha una estrategia militar ofensiva para contrarrestar
esta falsa “ amenaza ”.
La elite ha descartado todas las negociaciones previas y los acuerdos
diplomáticos con Corea del Norte con el fin de prepararse para la guerra -en
última instancia, en contra de China. Esto se debe a que China es el adversario
económico global más dinámico y exitoso al que se enfrenta Estados Unidos para
mantener su hegemonía mundial. EE.UU. ha sufrido una derrota económica pacífica,
pero humillante, a manos de una potencia emergente de Asia. La economía de China
ha crecido tres veces más rápido que la de EE.UU. durante las últimas dos
décadas. Y el banco de desarrollo de infraestructuras de China ha atraído a
decenas de participantes regionales y europeos después de que el muy publicitado
acuerdo comercial de Estados Unidos en Asia, desarrollado por la Administración
de Obama, se viniera abajo. En la última década, mientras los sueldos y salarios
se han estancado o retrocedido en EE.UU. y la UE, se han triplicado en China.
Si la tendencia continúa, la economía china superará a la de EE.UU. en un futuro
cercano y lejano. Eso supondrá que China sustituya inevitablemente a Estados
Unidos como potencia económica más dinámica del mundo.... a menos que se
produzca un ataque nuclear por parte de EE.UU.. No es de extrañar que China está
embarcada en un programa para modernizar sus sistemas de misiles defensivos y su
seguridad marítima y fronteriza.
Mientras los unipolaristas se preparan para la “decisión final” de atacar a
China, se dedican a instalar sistemáticamente sus misiles nucleares más
avanzados en Corea del Sur bajo el absurdo pretexto de contrarrestar al régimen
de Pyongyang. Para exacerbar las tensiones, el alto mando de Estados Unidos ha
iniciado ataques cibernéticos contra el programa de misiles de Corea del Norte.
Ha participado en descomunales maniobras militares con Seúl, lo que provocó que
el ejército de Corea del Norte “probara” cuatro de sus misiles balísticos de
medio alcance en el Mar de Japón. Washington ha ignorado los esfuerzos del
gobierno chino para calmar la situación y persuadir a Corea del Norte de que
resistiera las provocaciones de Estados Unidos en sus fronteras e incluso
redujera su programa de armas nucleares.
La maquinaria de propaganda de guerra de Estados Unidos afirma que la respuesta
nerviosa de Pyongyang a los provocadores ejercicios militares de Washington
(apodados “Foal Eagle “) en la frontera de Corea del Norte son una “amenaza” a
Corea del Sur y una prueba de la locura de sus líderes . En última instancia,
Washington tiene la intención de dirigirse a China. Para ello, ha instalado su
Terminal High Altitude Area Defense System (THAAD), un sistema de vigilancia y
ataque ofensivo (a pesar de su nombre), diseñado para atacar las principales
ciudades de China y complementar el cerco marítimo estadounidense a China y
Rusia. Utilizando a Corea del Norte como pretexto, instaló el sistema THAAD en
Corea del Sur, cuyo alcance supera los 3.000 kilómetros, lo que le permite
llegar a los centros vitales de China en cuestión de minutos. Los misiles
dirigidos del THAAD están diseñados específicamente para identificar y destruir
el sistema de misiles de defensa de China.
Con la instalación del THADD en Corea del Sur, el extremo oriental de Rusia está
ahora rodeado de los misiles ofensivos de los Estados Unidos, lo que complementa
su potencia de ataque desde Occidente.
A los estrategas unipolares se les ha unido ahora el gobierno japonés, cada vez
más militarista, una circunstancia de lo más alarmante para los coreanos y los
chinos dada la historia de brutalidad japonesa en la región. El Ministro de
Defensa de Japón ha propuesto dotarse de capacidad para un “ataque preventivo”,
una repetición imperial de su invasión y esclavización de Corea y Manchuria.
Japón apunta a Corea del Norte, pero a quien amenaza realmente es a China.
Corea del Sur, un régimen profundamente corrupto y ciegamente sumiso, aceptó de
inmediato el sistema THADD en su territorio. Washington encontró al dócil Estado
profundo de Corea del Sur dispuesto a sacrificar sus cruciales vínculos
económicos con Pekín: China es el mayor socio comercial de Corea del Sur. A
cambio de servir como plataforma para futuras agresiones de Estados Unidos
contra China, Corea del Sur ha sufrido pérdidas en el comercio, las inversiones
y el empleo. Incluso si llegara el caso de que un nuevo gobierno de Corea del
Sur quisiera revertir esta política, EE.UU. no trasladaría su instalación THAAD.
China, por su parte, ha reducido en gran medida sus relaciones económicas y de
inversión con algunos de los mayores conglomerados empresariales de Corea del
Sur. El turismo, los intercambios culturales y académicos, los acuerdos
comerciales y, sobre todo, la mayor parte de las exportaciones industriales de
Corea del Sur se enfrentan a importantes pérdidas.
En medio de un gran escándalo político que involucra al presidente de Corea del
Sur (que se enfrenta a la destitución y el encarcelamiento), la alianza militar
entre EEUU y Japón ha incorporado brutalmente al desafortunado pueblo de Corea
del Sur a una escalada militar contra China. Dicho proceso pone en peligro las
pacíficas relaciones económicas de Seúl con China. Los surcoreanos son
abrumadoramente partidarios de la paz, pero se encuentran en primera línea de
una potencial guerra nuclear.
China ha respondido a la amenaza de Washington incrementando enormemente su
propia capacidad defensiva en términos de misiles. Los chinos afirman ahora
poseer la capacidad de destruir rápidamente las bases THAAD en Corea del Sur, si
EE.UU. les obliga a ello. Asimismo, China está reequipando sus fábricas para
compensar la pérdida de las importaciones industriales de Corea del Sur.
Conclusión
La ascensión y caída del imperio estadounidense unipolar no ha desplazado al
aparato de Estado permanente, que sigue adelante con sus estrategias
alucinantes.
Por el contrario, los unipolaristas están acelerando su campaña de conquista
militar global apuntando a Rusia y China, a los que acusan insistentemente de
ser la causa de sus guerras perdidas y de su declive económico global. Ellos
viven en sus delirios de la “edad de oro” de los noventa, cuando George Bush
padre podía devastar Irak y Bill Clinton bombardear ciudades yugoslavas con
total impunidad.
Atrás han quedado los días en que los unipolaristas podían hacer pedazos la
URSS, financiar antiguos regímenes soviéticos separatistas y violentos en Asia y
el Cáucaso y organizar elecciones fraudulentas para sus clientes borrachos en
Rusia.
Los desastres de la política de Estados Unidos y su decadencia económica interna
han dado lugar a rápidos y profundos cambios en las relaciones de poder en las
últimas dos décadas, haciendo añicos cualquier ilusión de un “siglo americano”
unipolar.
La unipolaridad sigue siendo la ideología del aparato permanente de seguridad
del Estado y sus élites en Washington. Ellos creen que la unión del militarismo
en el extranjero y el control financiero en casa les permitirá recuperar su
“Jardín del Edén” unipolar perdido.
China y Rusia son los nuevos protagonistas esenciales de un mundo multipolar.
Las dinámicas de la necesidad y su propio crecimiento económico les han empujado
a buscar con éxito estados y mercados alternativos e independientes.
Esta realidad obvia e irreversible ¡ha hecho que los unipolaristas se obsesionen
con prepararse para una guerra nuclear mundial! Los pretextos son infinitos y
absurdos; los objetivos son claros y globales; los medios militares ofensivos y
destructivos están disponibles; pero también lo están las formidables
capacidades defensivas y de represalia de China y Rusia.
El Estado unipolarista acaricia el delirio de ganar una guerra nuclear mundial,
lo que pone a los estadounidenses en la disyuntiva de resistir o rendirse ante
un imperio en decadencia demencialmente peligroso que está dispuesto a iniciar
una guerra que traería la destrucción mundial.
Nota del traductor:
(1): El “juego de la gallina” (game of chicken) es una competición en la que
dos coches se lanzan uno contra otro; el primero que se desvía de la trayectoria
del choque pierde y es humillado por comportarse como un gallina. Se basa en la
idea de crear presión psicológica hasta que uno de los participantes se echa
atrás y la expresión se aplica como metáfora a una situación en la que dos
bandos se enzarzan en una escalada en la que no tienen nada que ganar y en la
que sólo el orgullo evita que se echen atrás. Bertrand Russell fue el primero
en usarla en relación con la carrera armamentística.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una
licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras
fuentes.
In
REBELION
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226216
5/5/2017
quinta-feira, 4 de maio de 2017
1917. Cuatro notas en el centenario de la revolución bolchevique
Higinio Polo
Rebelión
1. 1917 es una fecha germinal, que puso ante la mirada de los trabajadores del
mundo la certeza de que acabar con el capitalismo y construir el socialismo es
posible. En esa fecha termina el viejo mundo burgués que había ensangrentado el
planeta en el siglo XIX y se inicia una nueva era, donde la unión obrera y
socialista creada por la revolución bolchevique se enfrentará al proyecto de
modernidad capitalista que representó el nazismo. La revolución bolchevique
cambió de manera radical el destino de Rusia y del mundo. Cincuenta años después
de la publicación de El capital, Rusia se convertía en una referencia global, y
la revolución llevó al país a ser una de las dos superpotencias mundiales. El
empeño de la derecha liberal de rebajar la revolución bolchevique a una suerte
de “golpe de Estado” no tiene ninguna credibilidad, más allá de su utilidad
propagandística para la derecha, ni resiste la prueba de los hechos: la
revolución de octubre contó con un impresionante apoyo popular que, empezando en
Petrogrado, recorrió toda la geografía rusa, en un clima revolucionario donde
millones de trabajadores, soldados y campesinos se organizaban y se reconocían
en los sóviets. Esa revolución puso la igualdad entre los seres humanos en el
centro de los objetivos políticos y de las demandas universales, y se embarcó en
la construcción de una sociedad sin clases, al tiempo que hacía visible el
protagonismo de las muchedumbres obreras en los combates políticos del siglo XX.
Tampoco fue un baño de sangre: se olvida con frecuencia, pero la revolución
bolchevique apenas causó seis muertos, y fue la intervención imperialista para
ayudar a los restos del zarismo lo que hizo estallar la guerra civil posterior
que causó una mortandad que superó a la de la gran guerra. Si de 1914 a 1917
Rusia padeció entre dos y cuatro millones de muertos, esa agresión de las
potencias capitalistas en la Rusia revolucionaria, tras el fin de la gran
guerra, causó ocho millones de muertos más a causa de los combates, de la
destrucción de las cosechas y del hambre. Sobreponerse a esa situación,
reconstruir el país, fue una tarea de titanes, pero no sería la peor prueba del
siglo XX para Rusia. La revolución superó un acoso que ningún otro país en el
siglo XX tuvo que soportar: del ataque de esas trece potencias capitalistas
(desde Estados Unidos hasta Francia, de Checoslovaquia a Gran Bretaña, de
Polonia a Japón) que apoyaron a los blancos zaristas en la “guerra civil” de los
años veinte, se pasó a las amenazas latentes de Londres y París y, después, al
ataque de la Alemania nazi que abrió la Segunda Guerra Mundial donde la URSS
perdió a veintisiete millones de ciudadanos. Suele prestarse poca atención al
hecho de lo que supuso administrar un país que había perdido casi cuarenta
millones de personas en un lapso de treinta años, y ponerlo a la cabeza del
desarrollo en el mundo posterior a la guerra de Hitler. Además, en la
postguerra, cuando casi no se había iniciado la reconstrucción, tuvo que hacer
frente a la presión occidental derivada de la doctrina Truman que dio inicio a
la guerra fría.
Tras el “comunismo de guerra” y la NEP, Octubre empezó la planificación estatal
de la economía, impugnando el monopolio burgués que había conquistado todos los
países. En el plano interior, se estableció la jornada laboral de ocho horas
tras la revolución, que quedaría reducida posteriormente a siete horas, se
aseguraron las leyes para la igualdad entre hombres y mujeres; se acabó con el
analfabetismo; se creó el primer sistema sanitario público y gratuito del mundo,
la jubilación a los sesenta años para hombres y cincuenta y cinco para las
mujeres, un sistema universal de pensiones, se legislaron veinte meses de baja
por maternidad, y la seguridad en el trabajo hizo que los trabajadores no
temiesen al desempleo, al tiempo que disponían de viviendas facilitadas por el
Estado, y tantas otras conquistas sociales que no podemos detallar aquí. La
Unión Soviética puso siempre la solidaridad entre los pueblos, el
internacionalismo, como uno de sus fundamentos, y nunca impulsó una política
agresiva contra Occidente. Esa mentira, repetida y amplificada por la
propaganda, tuvo como objetivo extender el miedo entre la población de los
países capitalistas y disciplinar a los aliados europeos de Estados Unidos
alrededor de la OTAN, el nuevo instrumento de intervención imperialista.
Octubre convirtió a un país atrasado en una potencia industrial y científica en
pocos años, aunque fue acompañado por la dura represión de Stalin. El primer
estado socialista de la historia tuvo como conceptos definitorios el trabajo y
la función determinante de la clase obrera en la sociedad; la amistad y la
solidaridad entre los pueblos, el internacionalismo, la justicia social, la
cultura y el progreso científico, el rechazo al nacionalismo y a la opresión.
Hubo también rasgos negativos: la dura represión política (hija del temor nacido
en la guerra civil, en el acoso militar posterior, en la agresión nazi y,
secundariamente, en las luchas internas de poder), el temor ante los órganos del
Estado, las evidentes insuficiencias democráticas, y la ineficiencia ligada a la
burocratización y a los focos de corrupción, así como a la aparición de señales
de irresponsabilidad y desidia en el trabajo, que, no obstante, no invalidan,
como pretende la derecha, el conjunto de la experiencia soviética. Los
laboratorios ideológicos del liberalismo siguen poniendo el énfasis en la
represión, aunque quienes aluden a los muertos causados por la revolución
bolchevique y el estado socialista, suelen ocultar la enorme mortandad causada
por el capitalismo tanto en la expansión colonial en el siglo XIX, como a lo
largo del siglo XX. Y las matanzas no se han detenido en el siglo XXI: ahí está
el caos de Oriente Medio provocado por las agresiones y guerras dirigidas por
Estados Unidos.
El mundo no es mejor sin la URSS: ni siquiera la amenaza atómica ha
desaparecido, pese a los supuestos “dividendos de la paz” que el neoliberalismo
prometió. Ni siquiera se han reducido los peligros de guerra: según el SIPRI, el
comercio mundial de armas está en su punto más álgido desde el fin de la guerra
fría, y el caos creado en Oriente Medio por Estados Unidos es una causa evidente
de ello, junto a la desconfianza por los propósitos de Washington. Desde luego,
el mundo no es mejor para los habitantes del antiguo espacio soviético, y así lo
ponen de manifiesto en todas las encuestas, pese a que un cuarto de siglo de
veneno nacionalista haya hecho aflorar los rasgos más miserables del ser humano
en muchos territorios, como en Ucrania, donde las bandas paramilitares fascistas
recorren desafiantes las calles.
2. El camino abierto por octubre de 1917 termina abruptamente cuando se arría la
bandera roja el último día del año triste de 1991, mientras Yeltsin y los suyos
se emborrachan en las estancias del Kremlin. La reforma iniciada por Gorbachov,
saludada con entusiasmo porque prometía la renovación y el “retorno a Lenin”,
derivó en un desorden económico y organizativo que, lejos de resolver los
problemas de la Unión Soviética, los agudizó, haciendo aparecer la escasez y
alimentando los nacionalismos destructivos y reaccionarios. Tras las
vacilaciones y graves errores de Gorbachov, fueron los propios dirigentes del
país, con Yeltsin a la cabeza, junto con la ambición de personajes como el
ucraniano Leonid Kravchuk, el bielorruso Stanislav Shushkiévich, seguidos
después por el uzbeko Islom Karimov, el kazajo Nursultán Nazarbáyev, y el azerí
Gueidar Aliev, entre otros, quienes se lanzaron a la destrucción del país. El
Tratado de Belavezha, suscrito por Yeltsin, Kravchuk y Shushkiévich el 8 de
diciembre de 1991, violó la constitución soviética e incumplió la voluntad de la
población, que se había pronunciado en un referéndum de marzo de 1991 rechazando
la división de la URSS, pero impuso la destrucción del país, apenas oculta con
los ropajes de la CEI, una ficción creada apresuradamente para cubrir el miedo
al vacío. Destruyeron también el COMECON, y el Pacto de Varsovia.
La destrucción no era inevitable, como sigue manteniendo la doctrina liberal.
Las reformas necesarias en la URSS eran posibles, pero el proyecto gorbachoviano
apenas consiguió generar descontento y caos. La parálisis política de Gorbachov,
en su etapa final, y el estímulo a la división impulsada por Yeltsin, Kratchuk y
Shushkiévich, solo pueden calificarse como una traición a su propio país: la
retórica nacionalista llegó después, con el objetivo de consolidar su propio
poder en todas las repúblicas huérfanas de la URSS. Es cierto que algunas
reclamaciones nacionalistas habían aparecido antes, en Armenia y en el Báltico,
aunque esas tensiones nacionalistas en las tres república del Báltico fueron
estimuladas por dirigentes como Alexander Yakovlev, mientras en el Cáucaso la
incompetencia gubernamental permitió también el crecimiento nacionalista: en
Georgia, el conservador y dictatorial Zviad Gamsajurdia pudo hacerse con la
presidencia gracias a la negligencia y falta de iniciativa política del ministro
de exteriores de Gorbachov, Eduard Shevardnadze. En Azerbeiján, el traidor y
tránsfuga Gueidar Aliev se apresuró a hacerse con todos los resortes del poder.
En Armenia, donde existía una fuerte conciencia nacional, estalló una dinámica
de guerra con Azerbeiján, tras la escalada de tensión que tuvo su origen en la
matanza de Sumgaít, donde bandas de azeríes atacaron a la población armenia,
asesinando a decenas de personas, en una confusa provocación de la que todavía
hoy se desconocen sus inspiradores. La guerra civil entre armenios y azeríes
hizo el resto: duró tres años, y las heridas aún no se han cerrado veinticinco
años después. En las cinco repúblicas soviéticas de Asia central, donde no
existían reclamaciones nacionalistas, los dirigentes se apresuraron a proclamar
la independencia tras la conjura de la firma del Tratado de Belavezha. En
conjunto, las guerras y conflictos que se iniciaron entonces (en Moldavia y en
Chechenia, en Nagorno-Karabaj y en Osetia, en el Cáucaso y en Asia central,
causaron la muerte de centenares de miles de personas. Estados Unidos contempló
con complacencia las dictaduras creadas en muchas de las antiguas repúblicas
soviéticas, cerrando los ojos a la corrupción, la represión política y los
rasgos grotescos de los nuevos regímenes, que van desde las correrías de las
hijas de Karimov, hasta el nombramiento de Dariga Nazarbayeva, hija del dictador
Nazarbáyev, como viceprimera ministra de Kazajastán; pasando por el hijo de
Aliev, Ilham Aliev, convertido en nuevo dictador y que acaba de nombrar a su
mujer, Mehriban Alieva, vicepresidenta del país.
A la incompetencia y el oportunismo de los conversos y tránsfugas que iniciaron
esa fuga hacia adelante en busca de la consolidación de su propio poder, se
unieron muchas provocaciones, la mayoría de las cuales siguen sin aclararse.
Conocemos algunas, como la masacre de la torre de la televisión en Vilna, la
capital lituana, en enero de 1991: allí, una matanza de catorce personas
conmovió al mundo, y las cancillerías y la prensa internacional acusaron al
ejército y al gobierno soviéticos. Sin embargo, sabemos ahora que fue una
masacre causada por los nacionalistas del Sajudis y por el propio gobierno
nacionalista lituano, cuyos pistoleros dispararon contra sus propios seguidores,
para acusar así a la Unión Soviética y precipitar la independencia. Así lo
reconoció años después Audrius Butkevičius, que era entonces el jefe militar del
gobierno lituano. No fue la primera mentira, ni sería la última: en 2008, cuando
el gobierno georgiano de Míjeil Saakashvili (un oculto agente de la CIA, que
confiaba en que su aventura sería amparada por Washington y la OTAN) lanza una
provocadora ofensiva militar sobre Osetia del sur, que dio lugar a una breve
guerra con Rusia, la cadena CNN sirvió al mundo imágenes de tanques georgianos
como si fueran rusos, y la destrucción causada por los bombardeos de Georgia en
Osetia fue presentada como si fueran los efectos de ataques rusos en la ciudad
de Gori, donde no hubo apenas desperfectos. Después de todo, esos partidarios de
la mentira tienen consumados maestros en Washington, uno de cuyos
representantes, el secretario de Estado Colin Powell, llegó a agitar, el 5 de
febrero de 2003, un tubo ante los ojos del Consejo de Seguridad de la ONU y ante
el mundo, asegurando que podía contener ántrax y mostrando grandes diapositivas
que, según el gobierno norteamericano de Bush, demostraban que Iraq tenía “armas
de destrucción masiva”. Todo era mentira.
Suele recurrirse a la acusación de “teorías conspiratorias de la historia” para
desactivar algunas molestas evidencias. Sin embargo, las cosas son más
sencillas, y, al tiempo, más complejas: todas las potencias internacionales
defienden sus intereses y sus proyectos, y utilizan para ello todo tipo de
recursos, desde la diplomacia a la presión política. Muchas, recurren a la
mentira, las provocaciones y la organización de grupos terroristas, y, en esos
menesteres, Estados Unidos y sus aliados son maestros aventajados. Sabemos hoy,
por ejemplo, que los servicios secretos norteamericanos trabajaron desde Bakú,
con la complicidad del gobierno de Aliev, para incendiar Chechenia y crear
nuevos focos de conflicto en el Cáucaso, y no han renunciado a seguir utilizando
esa carta en el futuro. Washington sigue conservando en su poder los recursos
para reactivar conflictos en el sur de Rusia, como mueve sus peones en Asia
central para dificultar un hipotético reagrupamiento de las viejas repúblicas
soviéticas alrededor de Moscú. A veces, solo hay que incendiar la mecha, y las
guerras toman una dinámica propia.
Los problemas que afrontaba la URSS a finales de la década de los ochenta, (por
la incompetencia de los gobiernos de Gorbachov, que los agravaron con proyectos
e iniciativas que crearon graves disfunciones en la economía soviética) eran
casi una broma si los comparamos con el desastre apocalíptico que llegó en la
década de los noventa, bajo la dirección de Yeltsin, Chubais, Gaidar y
Chernomirdin (asesorados por el gobierno norteamericano, el Banco Mundial, el
Fondo Monetario Internacional, y por expertos estadounidenses), que destruyó la
economía, colonizó la estructura del Estado, y, según diversas investigaciones,
causó una atroz mortandad entre la población soviética: solamente en Rusia (que
contaba con la mitad de los habitantes de la URSS), la investigación de David
Stuckler, de la Universidad de Oxford; Lawrence King, de la Universidad de
Cambridge, y de Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical
Medicine, publicada por la revista médica Lancet, llegó a la conclusión de que
la terapia de choque de Yeltsin había causado un millón de muertos. Ese programa
delirante fue posible gracias al golpe de Estado de 1993, que causó una matanza
en Moscú y en otras ciudades, y que contó con el apoyo de Occidente, que amparó
una suerte de vía militar al capitalismo. La destrucción de la URSS permitió a
las nuevas élites crecidas al amparo de la confusión gorbachoviana, y a los
conversos, apoderarse de las propiedades públicas y afianzar su poder en todas
las repúblicas.
El golpe de estado de Yeltsin en 1993, bendecido por Clinton y por Major, por
Kohl y Mitterrand, en una irresponsable y delirante operación, llevó casi a la
destrucción de la propia Rusia, y dejó el país en ruinas, como recoge la propia
Hélène Carrère d'Encausse. A juicio del Partido Comunista ruso, veinticinco años
después de la desaparición de la URSS, siguen sin superarse sus consecuencias.
La privatización de la economía fue llevada a cabo por delincuentes, destruyó
miles de empresas y combinados industriales e hizo posible que la mayor parte de
la riqueza soviética esté hoy en manos privadas, en Rusia y en las otras
repúblicas.
3. Putin representa hoy la nueva derecha rusa conservadora, patriota, de
compleja significación: por un lado, utiliza los presupuestos públicos y los
recursos del país para su propio enriquecimiento, creando una oligarquía
obscenamente rica, mientras degrada las condiciones de trabajo, el derecho a la
vivienda, la sanidad y la educación de los ciudadanos; por otro, detuvo la
destrucción del país, e inició su reconstrucción, alejando el fantasma de la
partición de la propia Rusia (objetivo al que no han renunciado los estrategas
del Pentágono y de los servicios secretos norteamericanos). En política interior
Putin no ha dudado en aplicar programas neoliberales que dañan a los
trabajadores y a la mayoría de la población, y, aunque mantiene importantes
áreas de propiedad pública, no por ello desiste de privatizar: el Partido
Comunista ruso criticaba en febrero de 2017 el intento del gobierno de Medvédev
de privatizar casi ochocientas empresas de propiedad pública. Putin es un
ejemplo más de esos dirigentes que han hecho de la política y del ejercicio del
poder el centro de su existencia, personajes que se adaptan a cualquier época y
que se sustentan en complejos equilibrios siempre que ello les permita
mantenerse en el poder. Si bien su política exterior intenta recobrar el
protagonismo perdido, no está en el centro de sus preocupaciones combatir el
imperialismo norteamericano, aunque, consciente de que tras las sangrientas
aventuras de Washington en Afganistán, Iraq y Libia, y de que la expansión de la
OTAN amenaza a la propia Rusia en sus fronteras, se ha enfrentando a sus
propósitos en Siria, hilvanando al mismo tiempo una alianza estratégica con
China que limite el poder estadounidense en el mundo. Una parte de la izquierda,
poco avisada, que se nutre de rudos análisis sin matices, ha llegado a equiparar
la política exterior rusa con la norteamericana, aludiendo a un supuesto
imperialismo común, aunque enfrentado, obviando que mientras Washington mantiene
más de setecientas bases militares en unos ciento veinte países del planeta,
Moscú sólo tiene una base en el exterior. Otra parte, confunde a Putin con un
dirigente comunista.
El partido de Putin, Rusia unida, navega entre la complejidad y la ambigüedad:
su nacionalismo le lleva a asumir con orgullo la condición de superpotencia de
la URSS, pero, al mismo tiempo, rechaza que el desarrollo y fortalecimiento del
país fuese la consecuencia de la revolución bolchevique de 1917 y del
socialismo. Mientras Putin sigue trabajando para limitar la influencia comunista
en el país (sus agencias de inteligencia han creado en los últimos años tres
partidos “comunistas” para dañar la fortaleza del Partido Comunista dirigido por
Guennadi Ziugánov), tiene buen cuidado de no atacar frontalmente al socialismo
soviético (a diferencia de lo que ocurría en los años de Yeltsin), sabedor de
las simpatías que sigue conservando entre los rusos. La revolución bolchevique y
el socialismo, asumiendo también los rasgos negativos que desarrolló, siguen
siendo defendidos por los trabajadores: la última encuesta realizada por el
Levada Center entre la población rusa, a finales de enero de 2017, revela que la
mayoría de los ciudadanos tienen buena opinión de Breznev y Stalin, y aunque el
22% rechaza la figura del georgiano, apenas un 9% tiene mala opinión de los años
de Breznev, y el apoyo al socialismo es ampliamente mayoritario hasta el punto
de que querrían el retorno de la Unión Soviética. De forma contradictoria,
también Putin mantiene una considerable aprobación, que, sin duda, obedece al
hecho de que acabó con la criminalidad mafiosa en las calles que aterrorizó al
país en los años de Yeltsin, y a su nuevo protagonismo que otorga peso
internacional al país.
Putin navega entre dos aguas: recuperó el himno soviético, el desfile de la
victoria sobre el nazismo, mantiene la bandera roja con la hoz y el martillo en
el ejército mientras intenta desarrollar una nueva imagen rusa, simbolizada en
la bandera tricolor, sin olvidar que ahora ha previsto dedicar una calle y
erigir un monumento a Fidel Castro; pero también asiste a los ritos de la
iglesia ortodoxa, mantiene excelentes relaciones con el patriarca Kiril, y ha
visto con agrado que el ayuntamiento de Moscú erigiese una estatua al zar
Alejandro I, rival de Napoleón, muy cerca del jardín de las murallas del Kremlin
donde se recuerda a las ciudades héroes de la resistencia contra los nazis
durante la Segunda Guerra Mundial; así como un monumento, también junto al
Kremlin, al príncipe Vladímir, como “reunificador de las tierras rusas”, gestos
todos ellos dirigidos a cultivar el orgullo nacional. La nueva Rusia no ha
podido recuperar toda la influencia que ejerció la URSS en el escenario
internacional, y aunque desde la intervención de Putin en la Conferencia de
Múnich de 2007 su gobierno ha levantado la voz para denunciar la expansión
norteamericana hacia sus fronteras, no pudo evitar el golpe de Estado en Kiev,
ni el peligroso foco de guerra del Donbás en sus fronteras, ni la llegada de
fuerzas de la OTAN a Ucrania: la recuperación de Crimea es apenas un premio de
consolación, aunque haya fortalecido su prestigio entre los rusos. Al mismo
tiempo, Putin es consciente de que el potencial militar ruso no es comparable al
soviético, pero conserva una parte importante de su poder de disuasión gracias
al arsenal atómico heredado de la URSS, que el gobierno de Medvéded está
renovando.
Los rasgos que caracterizan a otras antiguas repúblicas soviéticas son diversos,
desde la existencia de una supuesta democracia en Estonia, Letonia y Lituania,
que convive con la marginación y falta de derechos cívicos de los rusos que
viven allí y con la complacencia hacia los nacionalismos sectarios y los grupos
de nostálgicos nazis, elevados a la categoría de héroes de cada nación, hasta
las satrapías de Turkmenistán, Uzbekistán o Kazajastán, por no hablar de la
extrema derecha que se apoderó del gobierno en Ucrania. A su vez, los antiguos
países socialistas europeos se han convertido, de momento, en reductos de la
derecha nacionalista y de la ultraderecha: desde Polonia, a Hungría, pasando por
Rumanía, Bulgaria, incluso en Chequia o Eslovaquia, presentan inquietantes
rasgos xenófobos, de extrema derecha o directamente fascistas.
La Unión Soviética fue una referencia y un acicate para el movimiento obrero
mundial, y el ataque a las conquistas sociales en muchas regiones del planeta ha
sido posible, también, por la desaparición de la URSS. Aunque ya se había
iniciado el ataque sistemático del neoliberalismo contra los derechos de los
trabajadores, la ausencia de la URSS estimuló la revancha: el incremento de la
explotación, la reducción de salarios, el aumento de la edad de jubilación, la
pérdida de derechos en la sanidad, la educación, la precarización del trabajo,
el aumento arbitrario de las horas laborales, la pérdida de pensiones, han ido
de la mano de un ambicioso proyecto de dominación que Estados Unidos lanzó en
muchas regiones del planeta: desde las guerras de Yugoslavia, hasta la creación
de Kosovo, las guerras en Afganistán, Iraq, Libia, Siria, el golpe de estado en
Ucrania, por citar solo las más graves, y, también del acoso a Rusia en sus
fronteras europeas con el acantonamiento de nuevas tropas de la OTAN y con el
despliegue de su escudo antimisiles, así como el programa de contención a China,
designado como el nuevo enemigo global. Ese proyecto de dominación que
Washington inició tras la desaparición de la URSS se ha visto entorpecido por
dos fenómenos imprevistos por sus centros de investigación y por su diplomacia:
el impresionante fortalecimiento chino tras su entrada en la OMC, y el nuevo
papel ejercido por Rusia, que con Putin ha dejado atrás la subordinación
política de los años de Yeltsin y Kozirev.
4. Una parte de la izquierda, socialdemócrata o izquierdista, celebró como una
victoria la desaparición de la Unión Soviética, con una evidente miopía política
y una falta de perspectiva estratégica que la catástrofe humana, con millones de
muertos a causa de las reformas capitalistas en todo el antiguo bloque
socialista europeo, no les ha hecho revisar. Tampoco los retrocesos posteriores
de los derechos sociales en el mundo occidental les han llevado a interrogarse
sobre los efectos de la ausencia soviética. La destrucción de la URSS debilitó a
los partidos comunistas en todo el mundo, aunque no debe perderse de vista que
la mayor organización política del mundo tiene esa ideología: el Partido
Comunista Chino, y que existen relevantes partidos de la misma tendencia en
todos los continentes, que se proclaman hijos de la revolución de octubre. Al
mismo tiempo, para su sorpresa, dañó a los partidos socialdemócratas, cuya
complicidad con las políticas neoliberales (de Francia a Grecia, de España a
Italia, de Venezuela a Gran Bretaña) en el último cuarto de siglo les ha llevado
a una crisis que puede ser terminal.
En esos veinticinco años transcurridos desde el eclipse de la URSS, las
propuestas y la acción de gobierno de los defensores del capitalismo se han
basado en el aniquilamiento del llamado Estado del bienestar, en los despidos
arbitrarios de trabajadores, en la precarización del trabajo, en la reducción
unilateral de los salarios, en el ataque a la instrucción pública, en el intento
de eliminación de los sistemas públicos de salud y de las pensiones pagadas por
el Estado; y la izquierda y los sindicatos han sido incapaces (pese a luchas y
resistencias muy honrosas) de hacer frente a ese programa de devastación de la
dignidad humana y de la confianza en un mundo más justo.
Los laboratorios ideológicos del neoliberalismo han intentando destruir el
orgullo y la conciencia obrera, marcar a fuego a los trabajadores como toscos y
zafios habitantes de la periferia del sistema; han pretendido hacer arraigar la
noción de que las ideas de izquierda, del socialismo, del comunismo, son ásperos
recuerdos de un mundo que ha perecido, y que la modernidad reside en la
adaptación servil y en el consumo de la basura ideológica que escupen todas las
pantallas que utiliza el sistema capitalista y todos los nuevos mecanismos de
control de la información. Esa operación ha hecho mella en la izquierda, que ha
visto cómo se reducían sus militantes, cómo se volaba la memoria histórica del
movimiento obrero, cómo se declaraban obsoletos el marxismo y la lucha de
clases, se acusaba a la izquierda de impotencia para actualizarse, incluso se
declaraba desaparecido el mundo obrero de ayer (y, por tanto, la necesidad de
sindicatos y partidos de izquierda), pese a la evidencia de que, hoy, existen
más trabajadores fabriles en el mundo que en ningún otro momento de la historia.
Porque los problemas de la izquierda vienen de lejos. Achille Occhetto, el
artífice de la svolta della Bolognina que liquidó el Partido Comunista Italiano,
afirmó entonces, con la tramposa retórica de quienes se atribuyen siempre lo
nuevo para arrojar a sus oponentes al infierno de las ideas muertas de la
historia, al pozo oscuro del pasado obsoleto: “No hay que continuar por viejas
carreteras sino inventar nuevas para unificar a las fuerzas de progreso". En
realidad, se limitaron a transitar por los viejos caminos de la sumisión al
capitalismo que desembocaron en ese triste e impotente Partito Democratico.
Desde entonces, en Europa han aparecido partidos y movimientos que, de manera
confusa, pretenden articular las energías de la izquierda, de la oposición:
desde Syriza hasta Podemos, desde el MoVimento 5 Stelle hasta Die Linke, desde
el efímero Partido anticapitalista francés hasta los verdes (ayer, antagonistas,
y hoy integrados) todas esas fuerzas se mueven en el terreno de la moderación y
el miedo: son hijos de la derrota, y se revelan incapaces de romper el cordón
umbilical con el capitalismo, de proponer un horizonte socialista, con la
excepción de Die Linke. Una opción es articular amplios bloques sociales para
lidiar en las calles, en las elecciones y en los parlamentos (sin olvidar, el
imprescindible trabajo político en las fábricas y empresas), y otra muy distinta
apostar por la creación de partidos vagamente de izquierda que renuncien a
combatir por el socialismo. Porque el espejismo que se agita ante el rostro de
los trabajadores y de los excluídos, de nuevo, es el de volver a construir una
izquierda tímida, dócil, que renuncie al socialismo, resignada ante el poder
capitalista. Además, esa nueva y limitada izquierda se revela incapaz de atraer
a los trabajadores, que, en un mundo lleno de incertidumbres, sucumben con
frecuencia a los populismos demagógicos que articulan el discurso de la extrema
derecha. Porque una evidencia se impone: para el conjunto de la humanidad, el
capitalismo ha sido incapaz de resolver sus problemas, y la acumulación y la
expansión depredadora y sin límites ha puesto al planeta al borde de la
catástrofe. Sin embargo, el estallido de la crisis ha creado espejismos para una
notable parte de la población, y de los trabajadores: legiones de ciudadanos
esperan que la peor parte de las dentelladas neoliberales no les afecte, y
reaccionan políticamente ante el miedo a perderlo todo, ante las nuevas
migraciones causadas por las guerras coloniales, refugiándose en los nidos de
víboras de la nueva extrema derecha que les ofrece un retorno a la vieja
seguridad, a los estados nacionales, a las ilusorias fortalezas donde resistir
la llegada de otros trabajadores más pobres y de los refugiados de las guerras.
Además, esa extrema derecha lanza sus propuestas (de Le Pen a Trump, de
Kaczyński a Orbán, de Petry a Wilders), envueltas en ocasiones en una retórica
que no por hipócrita deja de parecer incluso “progresista”, y reclaman
proteccionismo para las industrias nacionales, mirándose en el espejo de los
años treinta del siglo XX sin ver que aquel programa trajo duros pleitos
comerciales, nuevas aventuras coloniales y, finalmente, la guerra. Las
instituciones europeas se revelan impotentes para hacer frente a la
ultraderecha, como la socialdemocracia y esos nuevos y vagos movimientos de
izquierda, y ante el peligro del nuevo fascismo es urgente oponer un bloque
social como el que levantaron los partidos comunistas en muchos países de la
Europa de entreguerras.
No es posible la reforma del capitalismo, y las opciones que se empeñan en
transitar vías de esa naturaleza, recuperando viejos esquemas socialdemócratas,
están abocadas al fracaso. La derecha pretende, en todos los países, hacer
retroceder los derechos de los trabajadores, privatizar las propiedades
públicas, acabar con la sanidad y la educación gratuita, convertir a los
jubilados en rehenes de compañías de seguros y entidades financieras. Y ello no
se combate con tímidas ideas reformistas. El drama de la izquierda, muy presente
en Europa, pero también en otros continentes, es que siendo consciente de la
imposibilidad de la reforma del capitalismo, resta paralizada para proponer vías
socialistas por la presión del poder y de los medios de comunicación. La
democracia representativa burguesa y el parlamentarismo han mostrado sus
límites, y el movimiento obrero y los nuevos movimientos sociales deben
recuperar la acción en las fábricas e incrementar la presencia de los
trabajadores en las calles.
La historia no es como la esperábamos, pero recordar la revolución bolchevique
no es un ejercicio de nostalgia del pasado, sino de apuesta por el futuro, y el
socialismo y el carácter social que deben tener las fuerzas productivas deben
estar en el centro de las preocupaciones de la izquierda. El nuevo horizonte de
los hijos de la revolución bolchevique debe desarrollar, junto a la propiedad
pública de los medios de producción, cuatro aspectos esenciales: la liberación
de la mujer, la ampliación de la democracia y la libertad, una justa
distribución del trabajo y del bienestar en el mundo, y la quiebra ecológica. La
revolución bolchevique de 1917 ha sido el punto de partida de las nuevas luchas
revolucionarias en el mundo, y su aportación a la construcción del socialismo no
ha desaparecido, porque el capitalismo no puede resolver los problemas de la
humanidad, y aquí reside el valor de la revolución bolchevique y de la mirada de
Lenin. Esa revolución, enterrada mil veces, acusada por sus carencias
democráticas y libertarias, creadora del país símbolo de la victoria contra el
nazismo que lo hizo víctima de la matanza más cruel de la historia; artífice del
único país que durante décadas se enfrentó en solitario al imperialismo
occidental; estímulo de nuevas revoluciones en el mundo y sostén de la lucha
anticolonial, sigue abonando el fermento de la revuelta, porque, pese a todo, el
legado bolchevique sigue vivo, y la elección sigue siendo entre socialismo o
barbarie.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una
licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras
fuentes.
In
REBELION
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226190
4/5/2017
quarta-feira, 3 de maio de 2017
“As bases impuseram a greve às centrais sindicais, não o contrário”
Gabriel Brito
Quarenta e quatro dias depois dos massivos atos de protestos e greves de 15
de março, também no bojo da forte mobilização das mulheres, o Brasil se
deparou com uma grande greve geral, a antecipar o fim de semana prolongado
pelo primeiro de maio. Ao menos 35 milhões cruzaram braços e o otimismo
quanto ao barramento das reformas do governo Temer cresceu.
“Foi certamente a maior greve geral da história do país. É óbvio que o setor
de transportes foi determinante, mas atingiu fábricas, bancos, comércios,
todos os estados. Foi sequência do que já vinha ocorrendo: as bases
sindicais tinham clareza total das reformas trabalhistas e
previdenciária. Elas impuseram às centrais a dinâmica da greve, não
foram as centrais que foram responsáveis pela paralisação”, disse Paulo
Pasin, presidente da Federação Nacional dos Metroviários, ao Correio.
Dessa forma, é preciso ir além das celebrações e cantos de vitórias das
velhas direções dos organismos da classe trabalhadora e vislumbrar
todo o tabuleiro que se joga. Afinal, estamos falando de centrais que deram
toda sua anuência à invenção da figura de Michel Temer como fiador da
governabilidade lulista, adequado à chapa que venceria duas eleições ao
lado de Dilma.
“Dia 28 de abril de 2017 entra para a história da luta de classes no Brasil.
Foi uma das mais expressivas e abrangentes greves gerais do país,
constituindo-se como uma resposta ao desmonte dos direitos sociais e
trabalhistas levado a cabo pelo golpismo. Milhões de pessoas cruzaram os
braços, centenas de milhares participaram de manifestações e a grande
maioria do povo brasileiro apoiou a realização da greve. Coloca-nos em
outro patamar de enfrentamento ao grande capital, ao seu governo e ao
conjunto dos poderes da República que estão unidos em torno do desmonte da
Constituição Federal”, concordou Edson Carneiro, o Índio da
Intersindical.
Desconfiados das intenções de tais centrais em imprimir seu próprio
sentido à greve, muitos se perguntaram se o chamado do 28 de abril não foi
demorado, dado o sucesso e vigor dos protestos de março. De acordo com os
nossos entrevistados, também reflete as desconexões entre direções e
bases, ainda que seja um aspecto menos relevante nesse momento de ofensiva
reformista de um capitalismo que não sabe eludir sua própria crise – que
já há 10 anos paralisa todo o globo, não só o Brasil.
“Não sei se dava pra fazer antes. A ofensiva publicitária e midiática do
governo é muito forte no sentido de vender que não há perda de direitos. O
tempo entre o 15M e a greve geral permitiu informar uma amplitude maior de
setores. No entanto, o mais preocupante é em relação às centrais: no
próprio dia da greve a Força Sindical já fazia propaganda, a concordar com
pontos da reforma da previdência, como idade mínima, mas não para 65 anos, e
já falando numa regra de transição próxima à sugerida pelo governo”,
ponderou Pasin.
“O Brasil é imenso e comporta realidades muito distintas. Para algumas das
categorias mais organizadas ou outras que paralisaram no 15 de março,
pareceu que final de abril seria tarde. Mas para outros setores esse tempo
foi importante para compreender o tamanho do ataque e preparar a
resistência. Nem todas as pessoas haviam assimilado o que Temer e a mídia
chamam de reformas. Com o debate, restou claro que seria o fim da
aposentadoria. O tema da ‘reforma’ trabalhista não tinha chegado com
força nas preocupações do povo”, complementou Índio.
Lula lá?
Dois dias depois da paralisação, saiu a pesquisa do DataFolha a informar
que o ex-presidente Lula continua sendo o grande nome no imaginário
popular como possível solução. Enquanto a burguesia e seus dispositivos
de propaganda fazem de tudo para inviabilizá-lo, seu nome continua sendo
sinônimo de um país que deu certo, pelo menos de um ponto de vista menos branco
e neoliberal, como tanto se publiciza.
A sombra de sua enorme figura é inelutável a qualquer debate de
conjuntura, goste-se ou não de se conviver com tal realidade.
“A antecipação, inclusive das pesquisas, para 2018 é um equivoco para
nós. O crescimento do Lula representa um repúdio ao governo Temer, o qual
a classe trabalhadora identifica como agressor de direitos trabalhistas
e sindicais. Mas em hipótese alguma se pode mirar a disputa eleitoral
agora”, observou Pasin.
Por sua vez, Índio oferece um ponto de vista mais pragmático, talvez por ver
de perto as sensações que o nome do ex-presidente causam no trabalhador
comum.
“O Brasil atravessa um dos momentos mais graves de sua história recente. O
golpe instalou na presidência da República um governo disposto a levar a
cabo tudo aquilo que o grande capital não conseguiu fazer desde a
promulgação da Constituição. Minha opinião é que o lulismo optou por
políticas que não armaram a classe trabalhadora para o enfrentamento
político fundamental e a orientação geral pelo aumento do acesso ao
consumo despolitizou o processo. Já a opção da presidente Dilma pelo
ajuste fiscal facilitou a movimentação golpista da direita. Em suma,
fizeram um governo distante das nossas aspirações. Mas à sua maneira e
com suas contradições, foram um freio ao avanço dessas três pautas
fundamentais: desmonte da aposentadoria, fim da CLT e legalização da
terceirização irrestrita”, analisou.
“A primeira coisa a ser feita é discutir um projeto para a sociedade
brasileira, e não reeditar a velha saída da conciliação de classe,
representada pelo PT no poder. Enfrentar a contraofensiva do governo é
a primeira tarefa. E no médio prazo preparar um projeto alternativo de
sociedade, um programa político e econômico da classe”, reforçou Pasin,
ciente de que o eleitoralismo petista já está na ordem do dia, por mais que
se tente reforçar o caráter amplo e plural da greve, com o imperativo de
resistir a uma brutal rodada de retirada de direitos trabalhistas e
sociais.
Se a força e a fraqueza das resistências ao governo Temer giram em torno do
ex-presidente, o tempo dirá. De toda forma, ambos concordam que no curto
prazo a esquerda não disporá de uma opção mais combativa e musculosa.
Restaria a preparação de um programa político que vise o médio prazo, cuja
ausência da cena quatro anos após as manifestações de junho de 2013 e o
recorde histórico de greves registrado entre 2009-2012 ensejaria outro
debate.
“A esquerda socialista não foi ainda capaz de se constituir como polo
organizador, capaz de barrar o neoliberalismo radical pretendido pelo
capital para a superação da crise econômica internacional”, sintetizou
Índio.
Mídia, manipulação e repressão
Outro aspecto que não será esgotado nesta matéria é o da cobertura
midiática. Em linhas gerais, um grosseiro e por vezes nauseante esforço
de convencer o telespectador a discordar da greve. Já na manhã da sexta, a
reportagem da Globo estava em Francisco Morato, típico reduto de pobres
que só aparece na desgastada cobertura dos bangue-bangues entre polícia e
bandidos. No entanto, dessa vez a cidade contava com o lamento
televisivo de que seus moradores não conseguiam usar a linha de trem para
“avançar” rumo ao local de trabalho.
“Primeiro, a mídia tentou não informar a existência da greve, acreditando
que assim a classe trabalhadora não ia saber, nem participar. Mas existem
mídia alternativa e as próprias bases sindicais. Depois, no dia da greve,
tentou caracterizar como greve de transporte, sem participação do resto
da classe. Por fim, tentou investir na imagem do vandalismo, atos
supostamente violentos etc. Já no dia seguinte, tentou esconder o
tamanho da paralisação e diversidade de setores que a ela aderiram”,
enumerou Paulo Pasin.
E este dia 2 não deixa o metroviário mentir. Na Globo, nova fuga para a
delinquência social em regiões periféricas, desta vez em Duque de Caxias
(RJ), que amanheceu com ônibus em chamas e uma operação policial contra o
tráfico que prendeu 26 pessoas. Novamente, o capricho semântico se fez
presente: apesar de não saber quem tocou fogo nos veículos (“que
prejudicaram o acesso de seus moradores ao trabalho”), a palavra
“mascarados” foi reiteradamente utilizada na especulação – nunca uma
afirmação firme e checada – sobre como teriam começado os distúrbios. Uma
espécie de contrabando ideológico para futuras vidraças de banco
quebradas, evidentemente.
Já na Folha de São Paulo desta terça-feira, parece que o dia 2 de maio foi
antecedido pelo 30 de abril no calendário. Não há absolutamente
nenhuma referência às manifestações do dia 1º. Mas há uma coluna
deveras infantilizada de Hélio Schwartsmann em defesa da reforma
trabalhista, a sugerir a “livre negociação” entre patrão e empregado (o
articulista não usa tais categorizações) como um dos mais celebráveis
valores da democracia.
“Reitero meu temor com a cúpula das centrais sindicais, apesar de todos
reconhecerem o sucesso da greve, em utilizar sua força não para novos e até
mais contundentes enfrentamentos, mas o contrário, entrando na lógica de
negociar emendas pontuais em tais reformas. Por fim, a classe
trabalhadora deve repudiar a repressão ordenada do governo Temer, seja
na prisão arbitrária de prender militantes do MTST, a violência da PM de
Goiás e a violência policial no Rio. Mas a greve foi tão forte que eles são
obrigados a admitir. Outro ponto fundamental é: não existe sociedade
democrática com tamanho monopólio dos meios de comunicação, como é o
caso brasileiro”, pontuou Pasin.
De todas as maneiras, nenhuma vitória efetiva da classe trabalhadora foi
garantida, por mais que tais manifestações e adesão popular animem todas
as organizações e grupos participantes dos atos. A batalha é longa e
reflete a tentativa de se redefinir um pacto social duramente
estabelecido e mesmo assim jamais cumprido.
“Acrescento que nem toda a esquerda nem o conjunto da classe ainda se deram
conta do significado que o desmonte da CLT, a legalização da
terceirização irrestrita e a pejotizacao terão sobre a organização
social e política da classe trabalhadora. Sua aprovação, além do
desmonte da aposentadoria, seria um tiro de morte nas conquistas do século
20, com capacidade de colocar a nossa classe e a economia brasileira em
condições muito mais difíceis na América Latina”, concluiu Índio.
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esquerda“O 8 de março marca um novo momento de enfrentamento ao
conservadorismo”
Gabriel Brito é jornalista e editor do Correio da Cidadania.
In
CORREIO DA CIDADANIA
http://correiocidadania.com.br/34-artigos/manchete/12524-as-bases-impuseram-a-greve-as-centrais-sindicais-nao-o-contrario
2/5/2017
terça-feira, 2 de maio de 2017
Lutas ideológicas no capitalismo contemporâneo
por Prabhat Patnaik [*]
A globalização provocou sofrimento agudo para os trabalhadores de todo o
mundo. Este sofrimento não se limita apenas ao período da crise pós bolha
imobiliária, nem apenas aos trabalhadores dos países capitalistas
avançados. A descoberta de Joseph Stiglitz de que o salário médio real de
um trabalhador masculino americano em 2011 era algo mais baixo do que em
1968 sugere claramente que este sofrimento tem tido uma longa duração. Da
mesma forma, a presunção de que o sofrimento aflige apenas os
trabalhadores de países capitalistas avançados cujas oportunidades de
emprego contraíram-se porque o capital metropolitano tem relocalizado a
actividade económica em países do terceiro mundo com baixos salários, e
que os trabalhadores destes últimos consequentemente tem sido os
beneficiários da globalização, é completamente falsa: esta relocalização,
longe de reduzir as enormes reservas de trabalho do terceiro mundo, foi
pelo contrário acompanhada por um aumento da dimensão relativa de tais
reservas e, portanto, por um esmagamento das taxas de salários reais. Isto
tem sido assim, dentre outras razões, devido ao assalto maciço ao sector
da micro produção nestes países, e o despojamento de micro produtores,
que a globalização implicou.
Tal sofrimento está a despertar um forte ressentimento entre os
trabalhadores de todo o mundo, o qual é mais claramente visível, como
agora, nos países capitalistas avançados. E em face desta oposição estão a
emergir pelo menos três diferentes posições ideológicas nestes países. Uma
destas é uma posição de Esquerda, a qual comentarei depois. As outras duas
são posições dentro do próprio campo burguês, cuja principal
característica é que elas não visualizam qualquer coisa para além do
capitalismo.
Destas duas, uma que emergiu com força gritante é aquela da
ultra-direita. Se bem que as posições de Donald Trump dos EUA, de Marine
Le Pen de França e de Nigel Farage na Grã-Bretanha, e de seus equivalentes
em outros países europeus, não sejam idênticas, no entanto pode ser
detectado um certo elemento comum entre elas. Eles encaram a globalização
como implicando uma pioria das condições dos trabalhadores, devido à
imigração de trabalhadores estrangeiros e à emigração de capital
produtivo, nomeadamente para destinos com baixos salários. Portanto, esta
posição vê o problema básico como decorrente da competição de
trabalhadores de outros países – e a panaceia para isso é restringir tal
competição através do impedimento da imigração, da protecção contra bens
estrangeiros e da penalização do capital que tenta emigrar para o exterior
a fim de se relocalizar em países de baixos salários. Contudo, em tudo
isto há pouco reconhecimento do papel do capital financeiro, do facto de
que a procura global na economia mundial, à qual podem ter acesso todos os
países em conjunto, não pode ser aumentada por causa de hegemonia do
capital financeiro. O capital financeiro globalizado, confrontando
Estados-nação, os quais quer queiram quer não têm de aceder às suas
exigências, insiste por toda a parte em manter a dimensão do défice
orçamental dentro de limites. Igualmente, o outro possível meio de
financiar maiores gastos do governo para ampliar a procura agregada,
nomeadamente através de impostos sobre capitalistas, é também impedido por
ele. (Maiores gastos do governo financiado por impostos sobre os
trabalhadores, os quais consomem o grosso dos seus rendimentos, não ajudam
a aumentar a procura agregada).
É significativo que Trump, que tem proposto agressivamente uma política
proteccionista de "empobreça meu vizinho", chegando ao ponto de penalizar
investimento directo estrangeiro por firmas americanas para atender o
mercado interno dos EUA, não tenha uma palavra a dizer sobre restrições ao
capital financeiro globalizado. (Isto tem levado alguns autores a
afirmarem mesmo que as suas políticas são anti-capital manufactureiro, mas
favoráveis à finança; isto entretanto é um exagero uma vez que ele também
está ansioso por reduzir impostos corporativos em geral ).
Em relação a esta oposição, há a posição neoliberal habitual, totalmente
aprovada pela finança globalizada, a qual atribui o sofrimento dos
trabalhadores não à globalização mas a toda espécie de outros factores e
que afirma mesmo que proteccionismos de qualquer espécie simplesmente não
podem melhorar a condição dos trabalhadores. Em suma, nada deveria ser
feito para alterar o presente cenário de globalização. Se algo precisa
ser feito, então tem de ser em outras áreas e não em relação ao actual
regime de globalização. Christine Lagard, a actual
directora-administradora do FMI, articulou esta oposição explicitamente em
oposição à administração Trump e desde então muitos comentaristas
financeiros têm reflectido seus pontos de vista. De facto, o FMI acaba de
lançar um documento argumentando em favor desta posição.
Esta posição está em tamanha bancarrota intelectual que a adesão a ela
pela assim chamada "burguesia liberal" só está a servir para reforçar o
apelo da ultra-direita, a qual pelo menos tem o mérito de tomar
conhecimento do sofrimento do povo. Sua bancarrota pode ser ilustrada pelo
exame de um artigo de Martin Wolf, um influente jornalista que escreve
regularmente em The Financial Times, de Londres. Seu argumento é que o
proteccionismo ao elevar a produção e o emprego em sectores competitivos
importadores só afastará recursos dos sectores exportadores. Isto
abaixaria mesmo as exportações quando reduz importações, deixando intacto
o défice comercial e portanto, por implicação, o nível da procura agregada
e do emprego.
A falácia deste argumento está no facto de que um aumento na produção por
substituição de importações será a expensas da produção de exportação só
numa economia onde haja pleno emprego de recursos (de modo que um sector
da produção possa ascender só a expensas de outro), não numa economia que
tenha simultaneamente desemprego e capacidade não utilizada. Segue-se
portanto que o autor está a argumentar que o proteccionismo não pode
aumentar o emprego, só através da assunção de que não existe nenhum
desemprego de modo algum. É a crueldade destes comentadores "liberais",
exibida através de tais ideias absurdas e logicamente falaciosas, que faz
os trabalhadores voltarem-se para os partidos da ultra-direita a expensas
dos partidos "liberais burgueses", comprometidos com a ortodoxia do
capital financeiro, que tais comentadores favorecem.
Exactamente o mesmo raciocínio falacioso está subjacente a outra
proposição de Wolf. Começando pelo truísmo de que o défice em conta
corrente de um país deve ser igual ao excesso dos bens e serviços que ele
absorve em relação ao que produz, ele argumenta que o actual défice
corrente dos EUA nunca poderá ser ultrapassado a menos que a sua absorção
de bens e serviços do resto do mundo seja reduzida. Isto é absurdo porque
um excesso de absorção sobre o produto pode decorrer não só por a
absorção ser demasiado alta como também porque o produto é demasiado baixo
e, na verdade, esta última hipótese deve ser o caso numa economia afligida
pela crise. O proteccionismo neste caso reduzirá o défice corrente e
aumentará a produção interna e o desemprego. (Isto não acontecerá se já
houver pleno emprego na economia, o qual é o que Wolf deve estar
implicitamente a assumir mesmo em meio a uma crise ).
O argumento de que o proteccionismo da espécie que Trump está a promover
não pode logicamente elevar o emprego e a produção está obviamente errado.
Mas ele pode promover o emprego só se os outros países não retaliarem
contra o proteccionismo dos EUA. Uma vez que o proteccionismo "exporta
desemprego" para outros países, ele pode certamente "funcionar" se os
outros países estiverem desejosos de importar desemprego. Mas se não
estiverem, o que naturalmente é o cenário provável, então o proteccionismo
cessa de funcionar e o proteccionismo competitivo pode mesmo agravar a
condição de todos tomados em conjunto.
A terceira posição, que é a posição da Esquerda, toma pleno conhecimento
do papel do capital financeiro na globalização contemporânea. Ela gostaria
de uma globalização despida da hegemonia da finança, na qual governos
democraticamente eleitos são capazes de controlar a finança ao invés de
serem por ela controlados. Há sérias diferenças dentro da Esquerda sobre o
grau em que um país deveria desligar-se da globalização se a hegemonia da
finança não for vencida. No contexto europeu este dilema toma a forma de
se um país deveria permanecer na União Europeia se as suas tentativas de
se livrar das cadeias da finança não derem fruto. O Syriza [NR] na Grécia
decidiu permanecer na UE apesar não conseguir livrar-se da "austeridade"
imposta pela finança sobre o povo grego. Nas últimas eleições francesas
Melenchon, o candidato da esquerda apoiado pelo Partido Comunista exigiu
uma renegociação do acordo da UE e controle político sobre o Banco Central
Europeu, enquanto deixava aberta a questão de abandonar a UE
(presumivelmente até o resultado das negociações de todas estas questões).
Como o trumpismo e a ultra-direita em geral fracassam, uma vez que não
enfrentam a questão básica da hegemonia da finança, e como a esquerda
adquire maior clareza sobre a necessidade do desligamento da globalização
no caso de a hegemonia da finança continuar a persistir, a bancarrota da
posição "liberal burguesa" levará cada vez mais trabalhadores a apoiar a
esquerda. Isto já está a acontecer com a ascensão de figuras como Corbyn,
Sanders e Melenchon; isto aumentará de ímpeto se a esquerda abandonar sua
ambivalência residual sobre a globalização.
30/Abril/2017
[NR] A classificação do Syriza como partido de esquerda deve-se
certamente à má informação do autor.
[*] Economista, indiano, ver Wikipedia
O original encontra-se em
peoplesdemocracy.in/2017/0430_pd/ideological-struggles-contemporary-capitalism
In
RESISTIR.INFO
http://resistir.info/patnaik/patnaik_30abr17.html
1/5/2017
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