sexta-feira, 12 de fevereiro de 2021

La indefinición imperial contemporánea

 
 





          *CLAUDIO KATZ, ECONOMISTA *, *PROFESOR DE LA UBA*

    El neoliberalismo trastocó el funcionamiento del sistema, pero el
    imperialismo continúa sin brújula. Serán definitorios el choque con
    el rival asiático y las resistencias populares

El imperialismo es el principal instrumento de dominación del
capitalismo. Este sistema exige despliegues militares, presiones
diplomáticas, chantajes económicos y sojuzgamientos culturales. Un
régimen social basado en la explotación necesita mecanismos de coerción,
disuasión y engaño para proteger las ganancias de los poderosos. Los
mismos instrumentos se utilizan para zanjar los conflictos entre las
potencias rivales.

El imperialismo opera en distintas latitudes a través de múltiples
dispositivos. Pero su dinámica ha presentado formas muy cambiantes en
cada época. Una revisión histórica esclarece esa mutación y el sentido
actual del concepto.

*VARIEDAD DE MODELOS*

Los imperios precedieron al capitalismo. Pero en los regímenes feudales,
tributarios y esclavistas, los mecanismos de sujeción se asentaban en la
expansión territorial o el control del comercio. En esa distinción se
basa la conceptualización propuesta por la historiadora marxista Ellen
Meiksins Wood.

Señala que Roma forjó un imperio de la propiedad cimentado en la
coerción militar, el rédito de la esclavitud y la conquista de
territorios. Gestó sistemas de gobierno que asociaban a las
aristocracias de cada lugar, con procesos de colonización y
administración de un espacio gigantesco. Ese imperio combinó la
extensión de la propiedad privada con el poder militar y cohesionó a las
elites locales romanizadas a través de una ideología asentada en la
religión.

También España comandó un vasto imperio territorial, organizado en torno
al otorgamiento de tierras a cambios de servicios militares. Los
conquistadores asumieron el control pleno de poblaciones que fueron
devastadas mediante el sobre-trabajo. Los emisarios de la Corona
justificaban esa empresa con mensajes de cristiandad (Wood, 2003: 24-41).

Los imperios comerciales asumieron otro perfil. La variante
árabe-musulmana vinculó a comunidades dispersas en una actividad común
regida por leyes, códigos morales y culturas articuladas por los líderes
religiosos de las elites urbanas.

En las ciudades italianas, el imperio comercial fue controlado por las
aristocracias financieras que monopolizaban el intercambio, en el
fragmentado universo feudal. El uso de mercenarios para perpetrar
acciones militares ilustró esa prioridad del manejo mercantil. Holanda
desenvolvió otra modalidad del mismo tipo comercial, dominando las rutas
marítimas a través de grandes compañías. No buscaba tributos, tierras, o
minerales, sino el manejo pleno de esas conexiones (Wood, 2003: 42-70).

Esta mirada destaca que ningún imperio comercial alcanzó un status
capitalista. Se sostenían en ganancias surgidas del intercambio y en la
consiguiente secuencia de comprar barato y vender caro. No incluían el
principio básico de un proceso de acumulación, sostenido en la
competencia por reducir costos mediante el aumento de la productividad.
Sólo corporizaron distintas modalidades de imperios pre-capitalistas.

Este enfoque considera que Gran Bretaña inauguró el pasaje a las formas
actuales del imperialismo, a través de prolongadas transiciones y
distintos cursos. La expansión imperial inglesa en América Norte
sintetizó esa combinación de formas que obstruían y propiciaban el
capitalismo. En el primer tipo se inscribe la reintroducción de la
esclavitud permanente y hereditaria en las plantaciones de algodón, a
fin de abaratar la industrialización inglesa. En el segundo terreno se
sitúa la introducción de reglas de la agricultura capitalista, mediante
el traslado de colonos que consumaron la apropiación del Nuevo Mundo
(Wood, 2003: 71-86).

Ese imperio de colonos -ensayando en el laboratorio de Irlanda-
incorporó relaciones capitalistas en el agro americano, a través de la
ocupación de tierras y el exterminio de la población indígena. En las
trece colonias de Nueva Inglaterra emergió el principio de la
competencia por ganancias surgidas de la explotación, que posteriormente
se extendió a la acumulación industrial en las ciudades. Ese nuevo pilar
del lucro (ya no comercial) fue introducido mediante una forma de
colonialismo pro-capitalista.

Wood igualmente recuerda que el modelo inglés en otras regiones (como la
India) adoptó las viejas modalidades del tributo. Comenzó como una
empresa comercial y se extendió a la conquista territorial. Bajo la
administración de una compañía privada forjó un lucrativo mercado para
la industria británica a costa de los artesanos locales.

Esta interpretación postula, por lo tanto, que el imperialismo
capitalista sólo emergió en el siglo XIX bajo la conducción inglesa, en
mixturas con las formas arcaicas precedentes. Gran Bretaña combinó tres
modalidades anticipatorias del imperialismo contemporáneo. Lideró formas
de colonialismo (implantación de poblaciones en territorios
conquistados), de imperio formal (dominación explícita sobre otras
naciones) y de imperio informal (preeminencia a través de la supremacía
económica).

Esa diversidad de variantes inglesas se verificó en sus dominios
coloniales (Canadá, Australia), formales (India), informales (América
Latina) e híbridos (África austral). Pero en general apuntaló el
componente capitalista, mediante la expansión del libre-comercio a fin
de asegurar la colocación de los excedentes fabriles.

El imperialismo capitalista ha sido categóricamente dominante en el
siglo XX bajo el liderazgo de Estados Unidos. Esa potencia sólo atravesó
por un breve periodo anexionista de imperio formal. Rápidamente
internacionalizó los imperativos del capitalismo. Recurrió a cierta
ampliación territorial en el hemisferio americano, pero en general
prescindió de las colonias y privilegió los mecanismos de asociación y
subordinación de las elites locales.

Wood resalta que esa forma de imperio puro del capital está regida por
la lógica del beneficio. La ocupación del nuevo espacio es
complementaria o prescindible. La vieja coerción explícita y
transparente es reemplazada por las modalidades opacas e impersonales de
tiranía económica.

El régimen social subyacente es el principal factor diferenciador de los
distintos imperios. Las antiguas formas territoriales, comerciales e
intermedias operaban en sociedades muy distintas al capitalismo
contemporáneo.

*LOS CICLOS HEGEMONICOS*

Otro modelo de dinámicas imperiales privilegia el concepto de hegemonía
para distinguir variedades históricas. Indaga cómo se combinaron la
coerción con el consenso y estudia de qué forma la supremacía económica
empalmó con la expansión territorial y la superioridad geopolítica
(Arrighi, 1999: 42-106).

Este esquema inscribe los imperios en una sucesión de ciclos sistémicos
de acumulación desde el siglo XV, que mixturaron lógicas económicas de
desarrollo productivo y control financiero, con lógicas territoriales de
ventaja militar. Cada hegemonía implicó distintas primacías mundiales,
en la era genovesa (1340-1560), holandesa (1560-1780), británica
(1740-1870) y estadounidense (1930-2000?).

El primer ciclo de ciudades italianas irrumpió en los intersticios del
sistema medieval. Privilegió el comercio de larga distancia mediante una
asociación con el imperio hispánico-portugués. Ese modelo fue sucedido
por la dominación holandesa, que innovó las estructuras estatales y las
técnicas militares sin utilizarlas para el control territorial. Priorizó
las redes financieras y los tejidos comerciales.

La hegemonía británica introdujo, en cambio, el componente territorial y
aprovechó la nueva centralidad del Océano Atlántico, para forjar un
imperio marítimo. Utilizó las ventajas de la insularidad y consolidó un
novedoso estado-nación derrotando al adversario francés. Recurrió al
implante de colonos y al uso de la esclavitud para construir una
supremacía global asentada en el libre-comercio y la preeminencia
industrial.

Estados Unidos conquistó la primacía mundial, luego de completar un
desarrollo interno signado por el exterminio de los indígenas, la
masificación de la esclavitud y el ingreso de los inmigrantes. Potenció
el uso de gigantescos recursos naturales con provechosas estrategias
proteccionistas. En la expansión militar de la frontera interna se
gestaron los cimientos del gendarme planetario del siglo XX (Arrighi,
1999: 288-390).

Este modelo de sucesiones hegemónicas resalta la vigencia de normas
capitalistas comunes a lo largo de cinco centurias. Diverge del enfoque
de Wood, centrado en la existencia de basamentos sociales diferenciados
en los regímenes tributarios, feudales y capitalistas. En este esquema
sólo Inglaterra (con formas intermedias) y Estados Unidos (con plenitud)
se amoldan al último casillero.

La principal ventaja del abordaje de Wood radica en su distinción de los
distintos imperios, en función de nítidas definiciones del capitalismo.
Este sistema se basa en la competencia por beneficios surgidos de la
explotación de los asalariados y no en la preeminencia de circuitos de
intercambios. Por esa razón las ciudades italianas y Holanda encabezaron
variedades de imperios comerciales y sus contrapartes de Roma o España
conformaron modalidades territoriales. El capitalismo estuvo ausente en
los dominios asentados en el liderazgo mercantil o la primacía espacial.

Los imperios de los últimos dos siglos no se distinguieron de sus
precursores por la magnitud de las transacciones comerciales. Ese tipo
de operaciones se ha verificado en todos los sistemas de los últimos dos
milenios. Las diferencias tampoco derivan de la vigencia de modalidades
estatales multinacionales (Gran Bretaña) o continentales (Estados
Unidos), frente a los acotados precursores citadinos (Génova) o
protonacionales (Holanda). Roma y España ya contaron con estructuras
estatales gigantescas.

La novedad del imperio inglés fue la introducción de un soporte singular
del beneficio industrial, que Estados Unidos amplificó posteriormente.
Esta peculiaridad queda borrada si se razona con modelos de acumulación
mundializados desde el siglo XV.

Es cierto que los distintos imperios no dominaron sólo a través de la
fuerza. La hegemonía fue igualmente decisiva. Pero la variedad de
ideologías obedeció a la vigencia de cimientos sociales diferenciados.
La codicia por beneficios surgidos del intercambio (Génova y Holanda) se
asentó en pilares muy distintos a la ambición de lucros derivados del
imperativo de la inversión (Inglaterra y Estados Unidos). Si la
especificidad de cada ciclo es analizada observando esos pilares, queda
despejado el camino para comprender las formas antiguas y contemporáneas
de dominación.

*EL PERÍODO CLÁSICO*

La era del imperio informal iniciada en 1830 -con dominio inglés del
libre comercio- quedó cerrada en 1870 con la reinstalación de un
escenario bélico. Ese retorno a la conflagración entre las principales
potencias generalizó el uso del término imperialismo. Esa noción fue
expuesta por teóricos como Hobson, que contrastaban el nuevo clima de
confrontación mundial con la era previa de equilibrios pos-napoleónicos
(Hobson, 1980).

En ese nuevo marco todas las potencias intentaron renovar sus
credenciales en el campo de batalla. Las rezagadas (Alemania)
ambicionaban el ensanche de su territorio para erigir un imperio formal.
Las ascendentes (Estados Unidos) ya poseían una estructura económica
privilegiada y preparaban el reemplazo del decaído líder inglés. La
efervescencia militarista, la agresividad racista y la intolerancia
chauvinista condujeron al tendal de muertos de la Primera Guerra mundial
(Arrighi, 1978: cap 3).

Los nuevos imperios (Alemania, Japón, Estados Unidos) guerreaban en
alianzas o disputas con sus precedentes (Francia, Inglaterra) por el
control del mercado mundial, en desmedro de los imperios en extinción
(Holanda, Bélgica, España, Portugal). Dirimían con protecciones y áreas
monetarias el reparto de la periferia.

La teoría del imperialismo clásico que postuló Lenin aportó la principal
conceptualización de ese período de traumáticas guerras
interimperialistas y estallidos revolucionarios. El líder bolchevique
atribuía esas conflagraciones a la competencia por mercados externos y
fuentes de abastecimiento, en un escenario de posesiones coloniales ya
repartidas entre las viejas potencias. La compulsión a disputar esos
territorios reforzaba los desenlaces bélicos y reducía los márgenes de
convivencia diplomática.

Partiendo de esa caracterización Lenin escribió un folleto político, que
polemizaba con la expectativa socialdemócrata de evitar la guerra con
propuestas de desarme y cooperación entre potencias rivales. El
dirigente comunista objetaba esos planteos señalando que el militarismo
no era una política equivocada de los capitalistas, sino el cruel
resultado de la competencia por el beneficio.

El líder ruso subrayaba la inutilidad de la persuasión pacifista, cuando
los acaudalados se disponían a resolver sus diferencias en las
trincheras. Remarcaba que el curso militarista obedecía a tendencias
objetivas y a decisiones estratégicas de los poderosos. En la coyuntura
bélica de ese momento, resaltaba el predominio de la rivalidad sobre la
asociación internacional, en las relaciones entre grandes empresas
capitalistas (Lenin, 2006).

El dirigente de la revolución rusa registró con gran realismo las
principales contradicciones de su época, frente a las utópicas
expectativas de sus críticos. Propició políticas internacionalistas de
resistencia a la inmolación de los reclutas y señaló que la paz debía
conquistarse en una lucha simultánea contra el capitalismo

En nuestra interpretación de ese enfoque hemos resaltado esa función
política del texto de Lenin en el contexto omnipresente de la guerra.
Destacamos ese sentido frente a otras interpretaciones centradas en los
aspectos económicos de ese influente libro (Katz, 2011:17-32).

En este último terreno la concepción de Lenin reformulaba la visión
expuesta por Hilferding. Resaltaba la existencia de un viraje general
hacia el proteccionismo y la creciente gravitación de banqueros, que
subordinaban a sus pares del comercio y la industria. También remarcaba
la novedosa gravitación de los monopolios por la creciente escala de las
empresas y la preeminencia de la exportación de capitales, como forma de
absorber las ganancias gestadas en la periferia.

El debate entre marxistas sobre la pertinencia estas caracterizaciones
persisten hasta la actualidad. Varios teóricos resaltan su inadecuación
para el período de entre Guerra (Harvey, 2018), otros señalan la
exageración en el rol del monopolio y la acotada relevancia de
exportación de capital (Heinrich, 2008: (218-221). Algunos también
destacan la extrapolación de rasgos de la economía alemana al resto de
las potencias Panitch, Leo (2014).

Estas objeciones aluden a problemas efectivamente presentes en la teoría
del imperialismo clásico, pero de escasas implicancias en su formulación
original. A Lenin le interesaba demostrar cómo ciertos desequilibrios
económicos desembocaban en conflagraciones inter-imperialistas.
Analizaba de qué forma cada rasgo productivo, comercial o financiero de
la nueva época acrecentaba las rivalidades dirimidas bajo el fuego de
los cañones.

La función primordial de su texto era política. Por eso convergió en la
batalla contra el militarismo con los revolucionarios que objetaban su
mirada económica (Luxemburg). Y por el contrario chocó con pensadores
que compartían su enfoque sobre los cambios financiero-productivos,
desde la vereda opuesta del reformismo (Hilferding). El tono polémico de
sus escritos no estaba referido al proteccionismo, la hegemonía
financiera o los monopolios, sino a la actitud de los socialistas frente
a la guerra.

Otro gran equívoco ha rodeado a la evaluación leninista del imperialismo
como “etapa final” del capitalismo. El dirigente comunista efectivamente
apostaba a una respuesta popular revolucionaria frente al desangre
bélico, que pusiera fin a la tiranía mundial del lucro. El debut del
socialismo en Rusia corroboró la validez de esa expectativa.

El curso posterior de la historia desembocó en otro resultado y el
período analizado por Lenin derivó tan sólo una etapa clásica de los
imperios capitalistas. Logró percibir la singularidad de una fase que
podría haber cerrado la vigencia histórica del capitalismo. Pero los
acontecimientos posteriores no condujeron a esa extinción.

*LOS CAMBIOS DE POSGUERRA*

El fin de las confrontaciones bélicas entre potencias rivales diferencia
al imperialismo de la segunda mitad del siglo XX de su precedente
clásico. Persistieron los enfrentamientos pero sin conflagraciones
generalizadas. Los choques no se extendieron a la esfera militar y
prevaleció una administración geopolítica más concertada. El monumental
arsenal bélico de Occidente fue en general utilizado para afianzar el
despojo de la periferia.

La gestión del nuevo modelo bajo el mando de Estados Unidos incluyó una
novedosa modalidad de imperialismo colectivo. La solidaridad militar
occidental empalmó con la creciente asociación económica internacional
entre firmas de distintas procedencias. La empresa multinacional se
expandió y el proteccionismo perdió peso, frente a las presiones
librecambistas desplegadas por las compañías que antecedieron a la
globalización.

La dimensión de los mercados, la diversificación de los abastecimientos
y la escala de la producción fueron determinantes de este nuevo
escenario. La compulsión a reducir costos y aumentar la productividad
afianzaron las alianzas entre firmas. A diferencia del período
precedente esa interconexión no quedó restringida a compañías de la
misma nacionalidad (Amin, 2013).

Pero como esa internacionalización de la economía no tuvo
correspondencia directa en el plano estatal, el imperialismo continuó
asentado en las viejas estructuras institucionales. Ninguna entidad
global aportó los sistemas legales, las tradiciones sociales y la
legitimidad política requerida para asegurar la reproducción global del
capital.

La supremacía de Estados Unidos fue abrumadora y el imperialismo de ese
período quedó identificado con su impronta. La OTAN se forjó bajo la
conducción del Pentágono y las Naciones Unidas se localizaron en Nueva
York. Ese predominio reflejó una superioridad económica que se
estabilizó con la neutralización de los rivales. La vieja demolición de
los competidores derrotados fue sustituida por el sostén de su
reconstrucción bajo el mando del triunfador. Estados Unidos introdujo un
sistema de alianzas subalternas para contrarrestar el resurgimiento de
sus adversarios.

La primera potencia actuó como un sheriff global. Protegió a todas las
clases dominantes de la insurgencia popular y la inestabilidad
geopolítica. Por el cumplimiento de ese rol obtuvo financiamiento
externo para sostener el dólar y los Bonos de Tesoro. El Pentágono fue
el soporte estructural de Wall Street.

A diferencia del imperialismo clásico, las clases dominantes del Primer
Mundo aceptaron ese padrinazgo militar. Por eso la seguridad colectiva
sustituyó a la defensa nacional como principio rector de la intervención
armada. Washington estableció vínculos privilegiados con las principales
elites del planeta y universalizó su ideología de celebración del
mercado y exaltación del individualismo.

La principal función del imperialismo de posguerra fue contener la
oleada revolucionaria y el peligro del socialismo. Las bases
norteamericanas se afincaron en todo el planeta para contrarrestar los
levantamientos populares en América Latina, África y Asia.

La guerra fría contra la URSS fue otro componente decisivo de esa
acción. Alineó a todas las clases capitalistas en una estrategia de
tensión con el bloque socialista. Esa confrontación fue cualitativamente
distinta a los choques inter-imperiales del pasado por la ausencia de
primacía burguesa en la Unión Soviética.

El sistema de ese país no estaba comandado por una clase dominante,
propietaria de los medios de producción y guiada por la meta de acumular
capital. La burocracia gobernante defendía sus propios intereses y
buscaba una coexistencia con Washington, para zanjar disputas en las
áreas de influencia. Pero no actuaba con el patrón imperial de someter
territorios para acrecentar las ganancias. El acoso de la URSS fue
determinante del militarismo de posguerra y el fin de ese régimen
inauguró la etapa actual de imperialismo del siglo XXI.

*COMPARACIÓN CON EL ANTECEDENTE BRITÁNICO*

En las últimas cuatro décadas se registró un cambio radical en el rol
internacional de Estados Unidos. Una persistente crisis de conducción ha
sucedido a la indiscutible primacía norteamericana de posguerra. Muchos
autores destacan la semejanza de trayectorias declinantes con el
precedente inglés (Roberts, 2016: 39-40). Señalan los parecidos en la
gestión monetaria y la acción política.

Ambas potencias conformaron los únicos imperios capitalistas globales.
En ese casillero no clasificaron los dominadores pre-capitalistas (Roma,
España, Países Bajos) y no capitalistas (Unión Soviética). Otros
imperios fallidos (Francia) o derrotados (Alemania, Japón) nunca
lograron preeminencia planetaria.

El estatus mundial dominante de la dupla anglo-americana se asentó en la
superioridad militar e incluyó también la economía, las finanzas y la
cultura. Ambas potencias lograron supremacía industrial y captura de los
flujos financieros. Ejercieron, además, una influencia intelectual
arrolladora que se verificó en la universalización del inglés como
lengua franca.

Pero el Reino Unido se distinguió de su par transatlántico por su
capacidad de adecuación al repliegue. Exhibió una flexibilidad que
Estados Unidos ni siquiera ha insinuado (Hobsbawm, 2007: cap 3).

El tamaño ha incidido en esa disparidad. En la limitada superficie de
las islas británicas primó la emigración y en la inmensidad del
territorio norteamericano prevaleció la recepción de pobladores.
Mientras que Inglaterra debió conquistar otras regiones para disputar
preeminencia, Estados Unidos se desenvolvió con la llegada de familias
desposeídas. Basó su desarrollo en la tierra y no en incursiones
marítimas externas. Mantuvo ciertos parecidos con la expansión de la
vieja Rusia hacia las estepas desde el núcleo central moscovita.
Recurrió, además, a un modelo auto-céntrico asentado en el mercado
interior y sólo actuó a escala mundial, cuando maduró su proceso
endógeno de acumulación. En ese momento ingresó en la batalla por el
liderazgo imperial.

Pero esa ventaja de tamaño ha sido en un arma de doble filo. Permite
pugnar con rivales equivalentes en el plano territorial (China), pero
obstruye la adaptación que demostró su antecesor a un lugar más apto
para continuar la carrera competitiva.

Esa carencia de flexibilidad norteamericana también deriva de su modelo
industrial. Estados Unidos forjó la empresa verticalmente integrada, con
estructuras burocráticas acordes a su monumental mercado interno. Por el
contrario, Inglaterra se transformó en el primer taller del mundo -con
abastecimiento externo y demandas de clientes foráneos- utilizando
empresas altamente especializadas y flexibles (Arrighi, 1999: 288-322).

Cuando las transformaciones del capitalismo mundial afectaron la
competitividad de ese modelo, Gran Bretaña relegó la industria renovando
su primacía en el comercio y las finanzas. El viejo fabricante se
reconvirtió en un nuevo centro de la intermediación y la banca. Estados
Unidos no ha querido (o podido) emular esa mutación. Preserva una
industria en desventaja, enraizada en la dimensión continental del país
y ensaya dudosas incursiones en la esfera transnacional. Ha intentado
compensar el repliegue fabril con la preeminencia de la moneda, las
finanzas y la tecnología. Pero afronta déficits comerciales y
desbalances de endeudamiento de mayor porte que su antecesor.

La inflexibilidad norteamericana frente a la plasticidad británica tiene
notorios determinantes militares. Estados Unidos ha forjado una
estructura bélica que supera cualitativamente a Inglaterra. Asumió un
rol de protección del capitalismo mundial que los británicos nunca
adoptaron. Ese inédito poder reduce la capacidad de maniobra para
tantear renunciamientos en el escenario multipolar contemporáneo.

Gran Bretaña conocía sus límites para mantener el liderazgo mundial y se
resignó a la pérdida del imperio durante la descolonización. Estados
Unidos tiene cerrados los senderos para repetir esa retirada. Por esa
razón se embarca una y otra vez en infructuosos operativos de
recomposición de su liderazgo.

Inglaterra pudo procesar su salida del primer plano sin renunciar al
intervencionismo externo. Ha participado en incontables operativos
militares desde 1945 y mantiene 145 dispositivos bélicos en 42 países
(Pilger, 2020). Incluso encaró con Thatcher incursiones navales de
reconquista colonial (Malvinas), para apuntalar su arremetida interna
contra la clase obrera y los sindicatos.

Pero esas acciones se enmarcan en la asociación con el sustituto
imperial norteamericano. Por eso el corolario del operativo militar
contra Argentina derivó durante el mando de Blair, en el mayor
acompañamiento subordinado a las guerras de Estados Unidos (Balcanes,
Afganistán, Irak) (Anderson, 2020).

Washington no puede emular ese curso británico de acciones militares
secundarias y complementarias del líder imperial. Ningún socio lo
reemplaza en su papel preeminente y en la función global que continua
ejerciendo.

Estas diferencias inciden en la variable aplicación del concepto de
imperio informal. Esa noción calzaba plenamente con el Reino Unido, pero
tiene una cuestionable pertinencia para el caso norteamericano. Estados
Unidos no dominó desde la posguerra sólo con primacía económica.
Instrumentó un chantaje militar sin precedentes. Es cierto que nunca
asentó su poderío en la ocupación, ni construyó dominios o áreas de
colonización. Pero hizo valer como nadie su poder de fuego.

Gran Bretaña no lideró cruzadas de todo el capitalismo contra las
revoluciones populares o las amenaza del socialismo. Por eso se adaptó
al contexto poscolonial a cambio de acuerdos económicos favorables. El
Pentágono maneja el mayor arsenal de la historia y tiene vedado ese curso.

El reemplazo imperial concertado que siguió el modelo anglo-americano no
se aplica al escenario actual de tensión con China. Por esa razón
Estados Unidos necesita renovar su primacía con exhibiciones de fuerza,
afrontando resultados cada vez más adversos.

Finalmente también gravitan las peculiaridades ideológicas de ambas
potencias. Aunque en su momento de mayor gloria Inglaterra administró
una cuarta parte del planeta, siempre defendió sus intereses económicos
en forma explícita. Invocó ciertamente un designio de “civilización”,
pero más bien recurrió a mensajes de superioridad nacional, basados en
algún mito fundador de su propia historia. No abusaba de mandatos de
salvación de los subordinados de ultramar.

Estados Unidos se forjó en cambio como una nación sin raíces milenarias
y expandió su dominación con ideologías universalistas. Siempre
enmascaró su acción imperial con alegatos de socorro de la humanidad.
Ese auto-engaño no sólo contrasta con la flexibilidad británica.
Potencia todos los ingredientes de megalomanía que atascan a Washington
en un callejón sin salida. Habrá que ver si ahora extiende ese impasse a
Inglaterra, o si por el contrario el Brexit encarna otro episodio de la
flexibilidad británica para amoldarse a una nueva era.

*DOS MUTACIONES DIFERENTES*

Los tres modelos de imperialismo que rigieron desde el siglo XIX
estuvieron estrechamente conectados con el funcionamiento del
capitalismo de cada época. Pero ambas dimensiones no están sujetas al
mismo patrón de transformación. El imperialismo asegura la continuidad
del sistema y cumple un rol protagónico en las grandes crisis. Pero
opera tan sólo como un mecanismo de protección de ese basamento. No
constituye como el capitalismo un modo de producción o una estructura
definitoria de las reglas imperantes en la sociedad.

Es importante reconocer estas diferencias entre el sistema y sus
dispositivos, para notar cómo el imperialismo se amolda a cada período
histórico del capitalismo. No conforma una de esas etapas. Sólo adapta
sus modalidades a los cambiantes requerimientos del sistema. El
capitalismo siempre incluyó modalidades coloniales o imperiales y ha
utilizado cambiantes formas de opresión para ejercer su predominio a
escala creciente.

Por esa razón es tan relevante la dimensión geopolítica y militar del
imperialismo. Permite comprender cómo afronta el capitalismo sus propias
crisis y de qué forma responde a las resistencias populares y a los
desafíos revolucionarios.

El imperialismo presenta contornos económicos e ideológicos afines a la
modalidad prevaleciente del capitalismo, pero su impronta específica
está signada por el aspecto bélico. La identificación corriente del
término con la guerra, las ocupaciones y las masacres expresa una
acertada percepción de su significado. Es también adecuado el registro
del alcance internacional de sus acciones.

Ciertamente existe una faceta económica peculiar del imperialismo que
debe ser estudiada en forma específica. Esa indagación condujo a
importantes hallazgos en las últimas décadas. Se demostró cómo los
capitalistas del centro se apropian de los recursos de los países
subdesarrollados.

El análisis de ese despojo corrobora la gravitación contemporánea del
imperialismo, pero involucra tan sólo un componente del fenómeno. Las
principales firmas de los países avanzados capturan rentas y ganancias
de la periferia, a partir de la dominación geopolítico-militar que
ejercen sus estados a nivel global. El epicentro del imperialismo se
localiza en ese control. Antes de indagar los complejos laberintos de
economía imperial hay que clarificar esos pilares bélicos y estatales
del dispositivo. Por esa razón hemos comenzado por esa dimensión nuestra
evaluación del imperialismo del siglo XXI.

La comprensión de ese dispositivo requiere esclarecer las
transformaciones económicas recientes del capitalismo. Se necesita
clarificar los cambios operados en la dinámica de la plusvalía, la
acumulación y la tasa de ganancia. La evaluación inicial del
imperialismo transita en cambio por otro camino. Antes de indagar las
inversiones externas, los términos de intercambio o las tasas
diferenciales de explotación hay que determinar quién y cómo ejerce la
dominación geopolítico-militar a nivel global.

Estas diferencias de análisis en el estudio del capitalismo y del
imperialismo se verifican en los disimiles resultados de ambas
indagaciones. Mientras que las transformaciones registradas en el primer
sistema están a la vista, los cambios en el segundo dispositivo no han
quedado aún definidos. Son dos procesos sujetos a modificaciones de
distinta índole.

El capitalismo contemporáneo ha mutado en forma radical bajo el impacto
del neoliberalismo, la globalización, la digitalización, la
precarización y la financiarización. Esas transformaciones no tienen
correlato directo en el imperialismo. Los cambios en ambos planos se
desenvuelven a un ritmo diferenciado. La mutación económica es drástica
y sus manifestaciones geopolíticas son difusas. El capitalismo del siglo
XXI es totalmente diferente a su precedente de posguerra y el
imperialismo actual mantiene muchas áreas de continuidad con el modelo
anterior. Esa asimetría presenta numerosas evidencias.

*TRANSFORMACIONES CATEGÓRICAS*

El capitalismo actual emergió de la gran crisis de los años 70. Esa
convulsión quedó cerrada en el nuevo modelo que encarnó el
neoliberalismo. Desde ese momento ha predominado un bajo crecimiento en
Occidente y una significativa expansión de Oriente, que no alcanza para
motorizar la economía mundial. El descenso de Estados Unidos y el
ascenso de China -en un marco de reducido incremento del PBI
global-sintetizan ese escenario (Katz, 2020).

La globalización ha impactado en todas las áreas del sistema. Modificó
la geografía industrial, mediante el desplazamiento de la producción
hacia el continente asiático. Esa región se convirtió en el gran taller
del planeta, en desmedro de la vieja primacía fabril de Europa y Estados
Unidos. Este giro se asienta en el incremento de la explotación de los
trabajadores y en un novedoso proceso de internacionalización
productiva, con significativos correlatos comerciales y financieros.

La mundialización de la economía introdujo un creciente acortamiento de
tiempos en la actividad productiva. Afianzó el protagonismo de las
empresas transnacionales, a través del desdoblamiento internacional del
proceso de fabricación. Profundizó una nueva división global del
trabajo, que apuntala modelos orientados por las exportaciones y
articulados por las cadenas globales de valor. Estos circuitos potencian
el peso de los bienes intermedios, consolidan la especialización
vertical, la subcontratación, la deslocalización de las inversiones y la
fragmentación de los insumos.

Ese drástico cambio del perfil productivo profundizó a su vez la
subdivisión de la vieja periferia, en un grupo de países emergentes que
se industrializa y otro que actualiza el viejo patrón de exportación de
bienes primarios.

La nueva globalización productiva también se asienta en la revolución
informática que alumbró el capitalismo digital. Esa mutación repite
muchas características de procesos análogos de transformación
tecnológica radical, que se verificaron desde el siglo XIX.

La revolución informática facilitó el abaratamiento de la fuerza de
trabajo y de los insumos, mediante una significativa reducción del costo
del transporte y las comunicaciones. Amplió el campo de negocios para
inversiones multimillonarias en procesos de digitalización, que
modificaron el ranking de las grandes firmas. Las empresas de alta
tecnología lideran las ganancias y marcan el paso a todos los actores
del sistema.

Esas transformaciones afianzan, además, un nuevo escenario laboral
signado por la precarización, la inseguridad y la flexibilización. Los
capitalistas instrumentan esos atropellos aprovechando las enormes
reservas de fuerza de trabajo disponible a nivel global. Utilizan el
recurso de trasladar plantas hacia regiones con sindicatos inexistentes,
debilitados o proscriptos, para crear un clima de temor a la pérdida del
empleo. La reconversión de los puestos de trabajo está condicionada por
esa monumental remodelación geográfica de la industria y los servicios.

El proceso laboral registró, además, una diferenciación interna entre
actividades de diseño, elaboración y fabricación, que trastocó todos los
estándares del trabajo manual y mental. Las identidades laborales
quedaron drásticamente afectadas por esa reestructuración.

La financiarización constituye otra mutación visible del capitalismo
contemporáneo. No involucra sólo el gigantesco incremento de los activos
financieros. Incluye significativas modificaciones cualitativas en la
autofinanciación de las empresas, la titulación de los bancos y la
gestión familiar de las hipotecas y las pensiones. Las convulsiones que
genera esa expansión del universo financiero se entrelazan con
conmociones derivadas del deterioro del medio ambiente.

La valorización capitalista socavó durante centurias los basamentos
materiales de la reproducción económica. Pero el desastre ambiental de
las últimas décadas tiende a quebrar los equilibrios ancestrales, que
permitieron construir sociedades basadas en el intercambio con la
naturaleza. Si el calentamiento global continúa profundizando la huella
ecológica, el descalabro en ciernes dejará muy atrás a todas las
convulsiones conocidas.

La debacle ambiental presenta ciertas semejanzas con la demolición
generada por las dos guerras mundiales del siglo pasado. Se han forjado
tendencias destructivas que escapan al control de los propios
capitalistas y pueden desembocar en desastres sin retorno.

Estos peligros emergen periódicamente a la superficie a través de las
crisis capitalistas del siglo XXI. Esas eclosiones no provienen de
arrastres anteriores. Irrumpen como estallidos de los mercados a partir
de las burbujas generadas por la financiarización. La convulsión del
2008 fue ilustrativa de esa variedad de desajustes. Comenzó con el
impago de los deudores subprime y derivó en un traumático colapso de
operaciones interbancarias.

Estas crisis difieren significativamente de las prevalecientes en los
años 30. Ya no están signadas por la deflación y las quiebras bancarias.
En la dinámica contemporánea perdura el rescate estatal de los bancos y
la combinación de expansión monetaria con austeridad fiscal. Esa
secuencia confirma el carácter perdurable del intervencionismo estatal.

Cuando esas crisis financieras precipitadas por la especulación con
títulos y monedas alcanzan intensidades mayúsculas, emergen también los
desequilibrios productivos subyacentes. La vieja y conocida
sobreproducción es la principal causa de esas convulsiones, pero asume
otra escala en la economía mundializada.

Nuevas modalidades de sobreproducción global itinerante impactan sobre
todas las cadenas de valor. Esas tensiones desbordan la tradicional
disputa entre potencias por la colocación de las mercancías sobrantes y
provocan turbulentos procesos de desvalorización del capital.

Las mutaciones en el poder de compra acrecientan a su vez el efecto de
esas crisis contemporáneas. La vieja norma de consumo estable ha sido
reemplazada por modalidades de adquisición más imprevisibles y la
erosión del poder adquisitivo profundiza el deterioro de los ingresos y
la inseguridad laboral. Esa retracción del consumo corona la espiral de
contradicciones del capitalismo actual.

Este repaso de los cambios en el funcionamiento y en las tensiones de
ese sistema ilustra la enorme envergadura de las mutaciones registradas.
El capitalismo del siglo XXI es radicalmente diferente a sus precedentes
de la centuria pasada.

*ALTERACIONES INCIERTAS*

Las transformaciones en la esfera imperial no presentan la misma
contundencia que las modificaciones en el capitalismo. En el primer
terreno se verifica una crisis signada por el reiterado fracaso del
proyecto estadounidense de recuperación del liderazgo mundial.

La correlación que imperaba entre el capitalismo librecambista y la
supremacía inglesa en el siglo XIX o entre el capitalismo
intervencionista y la primacía norteamericana en la centuria posterior,
no se verifica en la actualidad. El capitalismo globalizado, digital,
precarizador y financiarizado se desenvuelve sin un comando
geopolítico-militar. Estados Unidos no logra dirigirlo, ni tiene
reemplazantes a la vista.

La primera potencia persiste como el gendarme del sistema. Con un
presupuesto bélico gigantesco domina los mares, controla los cielos y
maneja las redes informáticas. Todavía resuenan los ecos de la mortífera
advertencia que emitió con el lanzamiento de las bombas atómicas en
Japón y los efectos de las sangrientas incursiones aéreas de las últimas
décadas.

Pero ese poder ha quedado socavado por las limitaciones de una potencia
corroída por crisis internas, que paralizan su función directriz de la
política global. La OTAN subsiste como un mastodonte afectado por agudas
divergencias de financiación. La norma de viejos imperios subordinados
en forma sigilosa (Inglaterra) o conflictiva (Francia) perdura, pero
cada potencia busca su propia reubicación global tomando distancia de la
obediencia a Washington.

Estados Unidos se apoya en ramificaciones regionales para sostener su
poder global. Incentiva el colonialismo tardío de Israel para controlar
el Medio Oriente y acrecienta el arsenal de Australia para custodiar
Oceanía. Mantiene el acompañamiento de Canadá a sus operaciones y
consolida las bases de Colombia para auditar a América Latina. Sus
misiles de Europa del Este apuntan contra Rusia y el armamento provisto
a Japón y Corea del Sur amenaza a China.

¿Pero qué capacidad demuestra Washington para imponer su agenda a esta
red de socios, apéndices o vasallos? En las últimas décadas ha fallado
en todas las regiones. Mantiene la misma primacía formal de posguerra en
un escenario radicalmente opuesto. Exhibe un poder bélico descomunal,
sin la cohesión requerida para hacer valer esa fuerza.

Por esta razón el imperialismo del siglo XXI no presenta una fisonomía
definida. Es una categoría en gestación, que sólo adoptará un contorno
nítido cuando la crisis de Estados Unidos alcance un punto de resolución.

*CONVULSIONES A LA VISTA*

Los estudios sobre el imperialismo florecieron durante la centuria
pasada y disminuyeron drásticamente al comienzo del nuevo milenio. La
propia utilización del término quedó excluida del vocabulario corriente
de las Ciencias Sociales. El neoliberalismo y la globalización
monopolizaron la atención de los analistas y dominaron todas las
reflexiones sobre el capitalismo contemporáneo.

La escalada de guerras regionales, el drama de los refugiados y el
impacto del terrorismo reintrodujeron el interés por el tema. Los
interrogantes sobre el imperialismo quedaron asociados a la evaluación
del alicaído intento estadounidense de recuperar primacía.

En la década pasada esa indagación incluyó una generalizada
revitalización del término imperio. Pero ese cambio de lenguaje no
modificó la sustancia del problema. En los hechos resulta indistinto el
manejo de las dos denominaciones. Imperialismo e imperio encajan por
igual en el rol que desenvuelve Estados Unidos. Desde la posguerra ya no
opera como un contrincante más en el tablero interimperialista y tampoco
devino en un imperio único de todo el sistema.

La primera potencia no ha confrontado en términos bélicos con rivales
equivalentes y tampoco incorporó a su entramado a las principales clases
dominantes o estados de planeta. Se ubicó en la cima de una estructura
asociada de imperialismo colectivo.

Como ese dispositivo se encuentra en plena de remodelación, su
tipificación en plural (imperialismo) o en singular (imperio) no aporta
ninguna clarificación. El sistema de dominación mundial actual no se
asemeja a la era clásica de batallas innterimperiales, ni tampoco
consagra un centro exclusivo de gestión global.

Otras aplicaciones más valorativas de imperio e imperialismo afrontan
más inconvenientes. Suelen ponderar o denigrar las modalidades de la
gobernanza mundial. En las Ciencias Políticas convencionales el primer
término es sinónimo de orden y el segundo de confrontación. Ambos
sentidos eluden indagar la conexión de esas variantes con el
funcionamiento del capitalismo o con las necesidades de las clases
dominantes.

Todos los interrogantes que genera el imperialismo del siglo XXI han
cobrado otra dimensión desde el shock generado por el Gran Confinamiento
del 2020. La crisis de la pandemia ha puesto de relieve la magnitud de
los cataclismos naturales que potencia el capitalismo. El coronavirus
constituye una señal de alarma de la catástrofe en ciernes si no se
logra atemperar el cambio climático.

La paralización mayúscula de la economía y el inédito socorro estatal
para evitar la depresión, confluyeron el año pasado con la contracción
del ingreso de los trabajadores, la ampliación de la precarización
laboral y la consolidación de la desigualdad. La pandemia ha retratado
el funcionamiento de un sistema asentado en la opresión. Ese régimen no
podría subsistir sin la protección que brinda el imperialismo a los
dominadores.

Ese dispositivo cumple numerosas funciones, pero prioriza el
sometimiento de los trabajadores. Es un mecanismo construido para lidiar
con las resistencias populares masivas. El imperialismo incluye la
intervención militar contra esos levantamientos y el fomento de la
guerra entre los propios desposeídos para desviar el descontento popular.

Las grandes revoluciones populares fueron el principal trasfondo de las
acciones bélicas del sistema. Esas sublevaciones determinaron el curso
seguido por el imperialismo clásico y su corolario de posguerra. La
variante actual quedará también signada por la dinámica que asuman las
rebeliones de los oprimidos. Pero la arena más inmediata de definición
del imperialismo del siglo XXI se localiza en el choque que opone a
Estados Unidos con China. Abordaremos ese tema en nuestro próximo texto.

*REFERENCIAS*

-Amin, Samir (2013). Transnational capitalism or collective
imperialism?, 23-03.

-Anderson, Perry (2020) ¿Ukania perpetua? New Left Review, 125, nov dic

-Arrighi, Giovanni (1978). Geometría del imperialismo, Siglo XXI, México.

-Arrighi, Giovanni (1999). El largo siglo XX. Akal, Madrid.

-Harvey, David (2018). Realities on the Ground, http://roape.net/2018/02/05

-Heinrich, Michael (2008). Crítica de la economía política: una
introducción a El capital de Marx, Escolar y Mayo Editores, 2008 Madrid.

-Hobsbawm, Eric, (2007). Guerra y paz en el siglo XXI, Editorial
Crítica, Barcelona.

-Hobson, John Estudio Del Imperialismo (1980) [1902], Madrid, Alianza.

-Katz, Claudio (2011). Bajo el imperio del capital, Luxemburg, Buenos Aires.

-Katz, Claudio (2020). América Latina en el capitalismo contemporáneo.
I-Economía y crisis 7-2-2020, www.lahaine.org/katz

-Lenin, Vladimir (2006). El imperialismo, fase superior del capitalismo
Buenos Aires, Quadrata

-Panitch, Leo (2014). Repensando o marxismo e o imperialismo para o
século XXI, Tensões Mundiais. Fortaleza, v. 10, n. 18, 19.

-Pilger, John (2020). El virus más letal no es el covid-19, es la
guerra. 19-12, https://rebelion.org

-Roberts Michael (2016). The long depression, Haymarket Books, 2016.

-Wood, Ellen Meiksins (2003) Empire of capital, Londres/Nueva York, Verso.

Claudio Katz

Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del
EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

In
OBSERVATORIO DE LA CRISIS
https://observatoriocrisis.com/2021/02/11/la-indefinicion-imperial-contemporanea/
11/2/2021

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