sexta-feira, 30 de outubro de 2026

 

El desmantelamiento del Estado Social Europeo

por Dmitry Orlov. En Club Orlov. Traducción automática verificada por Comunidad Saker Latinoamérica

Para comprender cómo Europa ha llegado a su actual y grave situación, debemos hacer primero un breve viaje al pasado. En 1917 tuvo lugar la Revolución rusa. Los bolcheviques llegaron al poder en Rusia y crearon la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), que se convirtió en el primer Estado social del mundo. El término «Estado social» es preferible al de «Estado socialista». El «socialismo» remite a una ideología —que puede ser comunista, socialista o incluso capitalista— y tiene que ver con las intenciones, no con los resultados; por el contrario, el «Estado social» se refiere directamente a estructuras económicas observables.

Un Estado social proporciona gratuitamente todos los elementos más esenciales: vivienda gratuita, atención sanitaria gratuita, cuidado infantil y educación gratuitos. Si es posible, provee también algunos servicios adicionales: escuelas de música, clases de ballet gratuitos y campamentos de verano para los niños gratuitos, y balnearios y sanatorios gratuitos para las personas mayores. Aquello que no es gratuito —alimentos, ropa, mobiliario, transporte público, etc.— resulta, en un Estado social, asequible para prácticamente todo el mundo. Un Estado social no lucha contra la pobreza; sencillamente no la tolera.

En la URSS, algunos de estos servicios gratuitos eran de una calidad excelente —la educación, la atención sanitaria primaria, las artes y las ciencias—, mientras que otros no siempre gozaban de la misma calidad ni estaban siempre disponibles. ¿Pero, al ser gratuitos, qué clase de ingrato se quejaría de un regalo? Junto con el programa socialista se incluía, además, la igualdad de derechos para las mujeres y las minorías étnicas, un sistema meritocrático de movilidad social que prácticamente eliminó cualquier vestigio de jerarquía de clases, entre otras muchas ventajas. Alguna gente que no se adaptó a este programa con la suficiente rapidez acabó disfrutando de talar árboles en Siberia. Con el tiempo, surgió una especie de sistema de clases a partir de la jerarquía del Partido Comunista soviético; y esto eventualmente terminó por arruinar el Estado social soviético, por la sencilla razón de que obstaculizaba el enriquecimiento de estos miembros jerárquicos.

En el camino aconteció la Segunda Guerra Mundial. Hitler invadió Rusia y, como resultado, la esfera de control soviética se expandió hasta abarcar toda Europa del Este, incluida una generosa porción de lo que había sido la Alemania nazi. Después de la guerra, los dirigentes soviéticos se dedicaron a remodelar sus nuevos dominios a su propia imagen: proveyendo abundantes beneficios gratuitos e instaurando regímenes socialistas que desarrollaron el Estado social en toda Europa del Este.

Mientras tanto, Europa Occidental permaneció sumida en una especie de sistema de clases semifeudal, dominada por una aristocracia degenerada y una oligarquía capitalista. En este sistema, la propiedad privada se extendía a casi todo, el acceso a los bienes y servicios dependía de la capacidad de pago, las mujeres carecían de igualdad de derechos y abundaban la discriminación étnica y racial, junto con otros horrores propios de la época medieval. Las evidentes deficiencias de este sistema retrógrado alimentaban un descontento social constante. Los partidos socialistas y comunistas periódicamente amenazaban con alcanzar el poder, a pesar de todos los esfuerzos por suprimirlos.

Para peor, Europa Occidental se encontraba bajo control estadounidense; y los estadounidenses parecen sufrir una especie de deformidad mental congénita: son incapaces de comprender cualquier sistema que no sea el suyo. Y entonces insistieron a ciegas en cierta apariencia de gobernanza democrática allí donde pudieron, lo que complicaba la tarea de reprimir a los partidos socialistas y comunistas. Esta estrategia no funcionó en todas partes: España, Portugal y Grecia permanecieron bajo dictaduras durante un periodo bastante prolongado.

Huelga decir que los estadounidenses se sentían profundamente contrariados cada vez que los europeos occidentales —al observar todas las ventajas gratuitas que se ofrecían justo al este de sus fronteras y sentir una envidia más que justificada— optaban por votar a partidos comunistas o socialistas. Otro defecto congénito de los estadounidenses es su odio implacable hacia cualquier cosa que huela a socialismo o comunismo. No obstante, para aplacar a su propia población se vieron obligados a hacer la vista gorda ante la introducción de políticas socialistas en toda Europa occidental. Con el tiempo, incluso los estadounidenses se vieron forzados a introducir algunas medidas de corte socialista, como la garantía de permiso por maternidad —aunque sin remuneración— y unas pensiones de jubilación tan exiguas que apenas permiten la supervivencia. Pero lo hicieron sin el menor convencimiento, volviendo atrás siempre que tuvieron ocasión. Es bien sabido que nunca llegaron a incluir la igualdad de derechos para las mujeres en su Constitución.

Algunas décadas más tarde, la URSS se desmoronó. Los defensores del modelo social soviético consideraron esta capitulación como un acto de traición por parte de la jerarquía del Partido Comunista, con Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin a la cabeza de los traidores. Al verse privados de la generosidad rusa, gran parte de los países de Europa del Este cayeron en la pobreza. Lo mismo ocurrió en Rusia: tras el colapso, la proporción de la población que vivía en la pobreza pasó de un 2 % estimado en 1989 a casi un 24 % en 1998. Pero entonces, bajo el mandato de Vladímir Putin, el país se recuperó con gran rapidez y hoy se encuentra en una situación mejor que nunca. Incluso logró preservar gran parte del modelo social soviético, manteniendo la atención sanitaria básica gratuita, una educación mayoritariamente gratuita, tipos de interés subvencionados en las hipotecas para familias con hijos y otros muchos beneficios. La economía rusa es hoy decididamente empresarial y capitalista —con trabas burocráticas mínimas para crear una empresa privada—, pero mantiene una participación estatal de hasta el 50 %, concentrada sobre todo en grandes empresas y sectores industriales estratégicos.

Tras el colapso de la URSS, los estadounidenses sufrieron una especie de daño cerebral. Se convencieron de que la desbandada voluntaria de la URSS, orquestada por algunos traidores comunistas, constituía en realidad su victoria en la Guerra Fría y que, a partir de ese momento, podían dirigir el planeta entero a su antojo. Se extralimitaron al intentar hacerlo y ahora se encaminan, a su vez, hacia un colapso al estilo de la URSS; pero ese es un tema para otro artículo.

Mientras tanto, en Europa, ha llegado el momento de desmantelar el Estado social. Analizaremos más adelante las condiciones económicas que han hecho esto necesario; pero, por ahora, abordemos la cuestión del momento: las protestas. La perspectiva de desmantelar el Estado social ha provocado importantes protestas en toda Europa —desde París hasta Milán, Barcelona y Bruselas, e incluso hasta Tirana—. Estas protestas son comúnmente descriptas como una reacción al aumento de los precios o como una exigencia de reformas políticas concretas, pero tales interpretaciones resultan demasiado superficiales. En el fondo, estas protestas reflejan un cambio estructural más profundo: la transición de un Estado social a un sistema de gestión del descontento.

Quienes ostentan el poder ya no intentan atender las demandas de la población —pues consideran que sería inútil—, sino que se centran en gestionar la forma en que dichas quejas se canalizan políticamente. Existe una divergencia entre lo que reclaman los manifestantes y las respuestas que ofrecen las autoridades. Esencialmente, los manifestantes y los que están en el poder no comparten las mismas preocupaciones. Los manifestantes exigen medidas como el aumento del salario mínimo, la congelación de precios o la financiación de escuelas y hospitales. Las autoridades responden con una doctrina policial que incluye el uso generoso de gases lacrimógenos, cañones de agua, balas de goma, detenciones prolongadas, procesos judiciales acelerados y la creación de un gulag digital. No se trata de alcanzar la justicia, sino de gestionar los síntomas de un colapso social inminente.

Esta brecha entre los manifestantes y quienes gestionan el sistema tiene un fundamento económico. El peso del sector manufacturero en la economía de la Unión Europea ha caído hasta representar aproximadamente el 14 % del PIB. La industria automotriz se está desmoronando. La industría química ha visto el cierre de casi un centenar de instalaciones en un solo año. Europa carece de recursos industriales clave: más del 90 % de sus tierras raras provienen de China, cerca de la mitad de su gas se importa de Estados Unidos y los costos de la energía en Europa son aproximadamente cuatro veces más caros que los de EE.UU.

En este contexto de declive económico, la distribución de la riqueza se desplaza hacia la cúspide: el 1 % más rico de la población posee casi una cuarta parte de la riqueza total, mientras que la mitad más pobre solo posee el 3 %. Además, el 10 % de los hogares más ricos de la zona euro concentra aproximadamente el 57 % de la riqueza neta total. Esto es una mayoría sólida y decide dónde es gastado el dinero. En consecuencia, los dividendos y las ganancias corporativas aumentan, mientras que los salarios reales de los trabajadores comunes declinan. Estos no son problemas aislados, sino más bien una única catástrofe unificada: el excedente económico se extrae de la economía real y se concentra en la cima, al tiempo que se desmantela el Estado social.

Como consecuencia política de este proceso, la riqueza se transforma en poder. En Francia, las preferencias políticas de los más acomodados tienen, aproximadamente, 1,5 veces más peso que las de los más pobres a la hora de formar gobierno; una brecha que no ha dejado de ampliarse desde 2017. Mientras es mantenida una fachada pseudodemocrática, la distribución real de la influencia política ha devenido profundamente antidemocrática. La oligarquía se ha consolidado no mediante la supresión de las elecciones, sino a través de la erosión de los mecanismos de control y contrapeso —como el poder judicial, los medios de comunicación y los organismos independientes—, cuya función es exigir responsabilidades a los oligarcas.

A medida que los pobres se empobrecen más y la clase media se reduce, la ira se redirige hacia cualquier objetivo, excepto hacia aquellos que realmente se benefician de esta redistribución de la riqueza. Paralelamente, surge una subclase parasitaria cuyos ingresos dependen de preservar el statu quo en lugar de transformarlo: el personal de seguridad, reclutado de los mismos estratos sociales que los manifestantes, tiene un mayor interés en mantener la estabilidad que en buscar la justicia. La disciplina y la movilización represiva no se enmarcan como coacción, sino como una respuesta necesaria ante diversas amenazas.

El modelo europeo está evolucionando alejándose de la democracia y del Estado social, aunque no hacia una dictadura clásica. Por el contrario, el nuevo modelo constituye un régimen formal y superficialmente democrático, pero en la práctica oligárquico: se siguen celebrando elecciones, pero sus resultados son manipulados sistemáticamente; el Estado de derecho existe solo de nombre, mientras que las instituciones capaces de exigir responsabilidades a la oligarquía han sido neutralizadas; el orden se mantiene mediante la fuerza, al tiempo que las demandas sociales se desestiman por considerarse impracticables o extremistas.

Existe un único objetivo primordial en todo este proceso: la preservación de la riqueza por parte de la minoría adinerada. Este propósito va de la mano con la garantización de la estabilidad general del sistema financiero mundial. Para ello, resulta necesario limitar el gasto deficitario adicional y el endeudamiento público que ya no encuentra respaldo en el crecimiento económico. Tales tácticas fiscales solo pueden sostenerse si el crecimiento económico supera al ritmo de aumento de la deuda pública; de lo contrario, el camino conduce directamente a la quiebra nacional. En la Unión Europea, el crecimiento de la deuda superó al crecimiento económico durante la crisis financiera mundial de 2008-2009 y la posterior crisis de deuda soberana europea; en aquel periodo, la ratio de deuda pública sobre el PIB aumentó drásticamente, mientras la actividad económica se contraía o se estancaba.

Los estudios sobre las economías de la UE revelan una relación negativa no lineal: cuando la ratio de deuda pública sobre el PIB alcanza niveles elevados o crecientes, tiende a frenar el crecimiento económico a largo plazo una vez superados ciertos umbrales. Los expertos aún debaten sobre el momento exacto en que se cruzaron dichos umbrales. Un influyente estudio de 2010, elaborado por Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, señaló que una ratio de deuda sobre el PIB del 90 % constituía un punto de inflexión. Si comparamos esto con los datos más recientes de Eurostat, observamos que, en el segundo trimestre de 2026, la ratio media de deuda bruta de las administraciones públicas sobre el PIB en la Unión Europea se situaba en el 82,9 %, cifra que ascendía al 88,8 % en la zona euro. A estas alturas, en el cuarto trimestre de 2026, cabe suponer que la situación fiscal de la UE se ha deteriorado aún más; Europa habría superado ya el punto de inflexión definido por Reinhart y Rogoff, iniciando un declive no lineal.

Así pues, el Estado social europeo será desmantelado. Las protestas públicas generalizadas conducirán a la represión, no a la reforma. Los votantes europeos no desean verse privados de todos los maravillosos servicios que se han acostumbrado a recibir del Estado social, pero su opinión no le interesa en absoluto a la oligarquía gobernante.

Es más, desde el punto de vista de la oligarquía gobernante europea, limitarse a dejar que el Estado social se disuelva en la nada no sería suficiente. En palabras inmortales de Friedrich Nietzsche: «Lo que está cayendo, hay que empujarlo». Analicemos los pasos concretos que dieron para hacer que este proceso fuera inevitable y se perpetuara a sí mismo.

El primer paso consistió en inundar Europa de migrantes. No se trataba de inmigrantes dispuestos a aprender el idioma y la cultura local, a integrarse y a desempeñar un papel productivo en la sociedad europea; eso solo habría prolongado la agonía. El recién llegado ideal es un parásito absoluto, hostil hacia todo lo europeo, ocioso, alienado y vicioso. Estos recién llegados competirían con la población local por los servicios estatales, sobrecargando al máximo el Estado social y conduciéndolo a un modo de fallo.

El segundo paso consistió en introducir una serie de medidas supuestamente ecologistas, que sustituyeron la generación de energía tradicional —basada en combustibles fósiles— por fuentes intermitentes y de corta vida útil (aunque consideradas renovables y respetuosas con el medio ambiente), como la eólica y la solar. Estas fuentes no son capaces de cubrir la carga base necesaria para la producción industrial. Adicionalmente, Europa perdió el acceso a fuentes de energía rusas asequibles y estables, incluidos los oleoductos y gasoductos.

En un intento por compensar esta pérdida, la Unión Europea importó una cifra récord de 12,18 millones de toneladas métricas de gas natural licuado (GNL) procedente de Rusia durante los primeros nueve meses de 2026. Esto supone un incremento interanual del 9,5 %, lo que se tradujo en unos pagos totales de la UE a Rusia de aproximadamente 7.880 millones de euros a lo largo de dicho periodo. Actualmente, el GNL ruso representa cerca del 20 % del total de las importaciones de GNL de la UE, lo que convierte a Rusia en el segundo mayor proveedor de la Unión, solo por detrás de Estados Unidos.

Aunque, dada la situación en el golfo Pérsico y la pérdida del GNL catarí, pueda parecer una medida descabellada, la UE decidió bloquear todas las importaciones de GNL ruso a partir de principios de 2027. Si bien Catar suministraba anteriormente cerca del 20 % de la capacidad mundial de exportación de GNL, gran parte de su capacidad productiva ha resultado dañada o destruida en el transcurso de la guerra regional en la que están implicados Israel, Estados Unidos e Irán. En caso de que cesaran las hostilidades, su reconstrucción llevaría prácticamente una década. Desde la perspectiva de la UE, prescindir del 20 % de sus importaciones de GNL en pleno invierno es una forma excelente de agravar aún más una crisis energética ya de por sí desesperada.

El tercer paso consistió en adoptar otras medidas contundentes destinadas a llevar al gobierno a la bancarrota. Una forma excelente de lograrlo es tomar todo el capital que podría destinarse a reactivar el crecimiento económico o a reforzar el Estado social y arrojarlo a un agujero negro. Pero ¿cómo encontrar un agujero negro en el que verter el dinero? Resulta que es bastante sencillo: existe precisamente un agujero negro de este tipo, acechando nada menos que en Europa. Algunos todavía lo llaman «Ucrania», mientras que otros preferirían no denominarlo de ninguna forma.

Hasta la fecha, la Unión Europea y sus Estados miembros han despilfarrado 231.500 millones de euros en concepto de apoyo financiero, militar, económico y humanitario a la antigua Ucrania. Una buena parte de esa suma —alrededor de un tercio— fue malversada por funcionarios ucranianos corruptos o evaporada en forma de sobornos para funcionarios de la UE, quienes realizaban frecuentes peregrinajes a Kiev, regresando con maletas repletas de efectivo en su equipaje diplomático. Gran parte del resto se desperdició en inútiles acciones militares contra unas fuerzas rusas que avanzaban constantemente; en el proceso, más de un millón y medio de soldados ucranianos fueron masacrados, todo ello para enriquecer a los funcionarios de la UE y a la junta de Kiev. La antigua Ucrania brindó una oportunidad inmejorable para dilapidar sumas astronómicas de dinero.

El cuarto paso consistió en preparar a Europa para la guerra, malgastando los fondos restantes en la adquisición de armamento y en una campaña de reclutamiento militar bastante infructuosa. En este aspecto, la antigua Ucrania ha resultado ser de gran ayuda: sus agentes de reclutamiento —conocidos como «TeTseKa»— se han vuelto expertos en el reclutamiento forzoso de civiles, secuestrándolos en plena calle y sometiéndolos a palizas hasta que se doblegan. Siguiendo la mejor tradición de la Marina británica de la época colonial, las palizas continúan hasta que la moral mejora. Sin embargo, en lugar de la ración diaria de medio litro de brandy o ron, a la carne de cañón ucraniana se le administran ahora sustancias basadas en metanfetaminas, diseñadas específicamente para anular el miedo, el hambre y el dolor. Estas mejores prácticas ucranianas resultarán, sin duda, muy eficaces en las futuras guerras de Europa.

Aunque el enemigo teórico de Europa ha sido, es y será siempre Rusia —Rusia, Rusia, Rusia—, esto es una artimaña bastante transparente. Rusia no tiene ningún interés en atacar o invadir Europa: no tiene la menor necesidad de cargar con quinientos millones de pensionistas, inmigrantes y jóvenes malcriados. Y si a Europa se le ocurriera cometer la mayor estupidez imaginable —atacar a Rusia—, su destino quedaría sellado en un abrir y cerrar de ojos. Rusia tiene una plenitud de medios a su disposición y es absolutamente seguro que recurrirá a las armas nucleares si esto llega a ser necesario.

La UE ya no cuenta con la protección del paraguas nuclear estadounidense, dado que a Estados Unidos no le interesa iniciar una guerra nuclear con Rusia por causa de Europa. De hecho, el arsenal nuclear británico es, en realidad, estadounidense; no puede utilizarse sin el permiso de Washington —permiso que, por las razones ya expuestas, no llegará—. Por su parte, Rusia podría neutralizar la capacidad de disuasión nuclear francesa en el mismo instante en que la burocracia militar gala intentara autorizar el uso de su arsenal, un conjunto de armas nucleares más bien testimonial. A la luz de lo anterior, una guerra entre Europa y Rusia queda totalmente descartada.

En la otra mano, una guerra entre naciones europeas seguiría un patrón bastante tradicional y podría estallar en cuanto se completen los preparativos necesarios. Si, por ejemplo, una región de Francia se volviera ingobernable —con alborotadores ocupando los centros urbanos mientras la policía abandona el lugar—, el ejército alemán podría intervenir para restablecer el orden con mucha más facilidad que el ejército francés; este último, lógicamente, se opondría a ser desplegado contra sus propios compatriotas.

Cuando los rusos decidan, simplemente, dejar a su suerte a Ucrania occidental —permitiendo que se llene de cárteles criminales—, Polonia, Hungría y Rumanía podrían intentar limpiar la zona, para luego acabar enfrentándose entre sí por el control de esos restos. Al fin y al cabo, se trata de territorios que, en el pasado, les pertenecieron. Existen, además, otras muchas fantasías irredentistas y agravios históricos por toda Europa que podrían explotarse de forma similar.

Todo este escenario plantea una gran incógnita: ¿serán suficientes estos preparativos para garantizar una transición fluida hacia una Europa pos-Estado social —estable y controlable—, en la que el orden financiero internacional se mantenga intacto y la oligarquía europea conserve su riqueza y su poder? Solo el tiempo lo dirá; pero, desde luego, al resto del mundo le convendría ir preparando las palomitas de maíz, ¡porque observar todo esto desde una distancia segura promete ser, cuando menos, interesante!

Em

Sakerlatam

https://sakerlatam.blog/el-desmantelamiento-del-estado-social-europeo/

30/6/2026 

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